Murmullos de la Tierra

18 de mayo de 2014


Creo que fue viendo la película de Star Trek -la antigua, la de Leonard Nimoy o Señor Spock- como me enteré de la existencia de esta sonda lanzada al espacio exterior a finales de los años setenta del pasado siglo. Contenía en su interior un disco donde se habían registrado sonidos, saludos en diversos idiomas -incluido, de manera fascinante, el de las ballenas- y músicas de diferentes partes del mundo. El nombre de la sonda: The Voyager, la viajera. El astrónomo Carl Sagan fue uno de sus inspiradores y participó incluso en el comité científico que realizó la selección de músicas que iban a representar al género humano ante posibles oyentes extraterrestres, porque tal era el motivo de enviar a la Voyager a las regiones interestelares, más allá del Sistema Solar: rastrear la posible existencia de vida inteligente fuera de la Tierra y, al mismo tiempo, dejar constancia de que hay vida en el propio planeta Tierra. Al fin y al cabo, ser oídos y confirmar que el ser humano no está solo en el Universo. Un mensaje en una botella a la deriva en el inmenso mar espacial.


El Disco Dorado: jeroglíficos visuales, electrónicos y sonoros. ¡Música para todas las galaxias!

Entonces, siempre he pensado, si algún día nos extinguimos el único rastro, la única huella, de nuestro paso por el cosmos ante otros seres vivos que habiten otros mundos sería este disco. Se recopila aqui por tanto supuestamente lo más representativo de la polimorfa creatividad musical humana. En este sentido, junto a clásicos como Bach o Beethoven, junto a la formidable música popular de los diferentes continentes -por cierto que aquí dejo la lista de temas seleccionados- siempre me ha encantado el hecho de que junto a todo ello esto se encuentre también flotando por el espacio, alegrando la vida intergaláctica. Y que seguirá sonando cuando ya nos hayamos ido.


En todo esto de la Voyager pensaba cuando esta primavera mis amigos Salas M. y Sergio R. me dieron a conocer antropoloops. Concepto alternativo a la world music, y empezando por recopilar diferentes músicas del mundo, antropoloops es un proyecto surgido un poco de la necesidad de dar a conocer esas músicas a las que normalmente no tenemos acceso y que paradójicamente y al mismo tiempo son muchas veces de dominio público, es decir, no tienen derechos de autor. Es un viaje por el planeta a través de algo que realmente nos une como especie, algo que compartimos todos y todas, componentes del género humano, realmente un lenguaje en ese sentido universal por encima de las diferencias y las marcas sociales o de clase que impone el idioma... la música. Para más información de las intenciones de sus autores, visitad su página web, muy recomendable también por su diseño.


De hecho, el diseño es importante también en la configuración del proyecto, ya que antropoloops se basa en tomar fragmentos de esas canciones o músicas de diferentes partes del mundo, las recorta y produce un bucle o loop para con dichas piezas crear canciones nuevas. Este collage musical se corresponde con los propios collages visuales que conforman las ilustraciones que, como la portada de un disco, se elaboran específicamente para cada canción. Las ilustraciones están compuestas a partir de recortes de las propias portadas de los discos originales de donde se toman los fragmentos musicales. Es decir, en todo momento se sabe de dónde vienen, tanto la música como la imagen, y cómo se conectan con otras.

Esto de la procedencia se puede ver también en el mapa: en el concierto que dieron en la Isla de la Cartuja, en Sevilla, se pudo ver cómo en un mapamundi que se proyectaba tras la mesa de mezclas se iban iluminando diferentes regiones del planeta a medida que se iban incorporando los fragmentos que a modo de loops componen la canción. Así, incluyendo además los años de grabación de las pistas de música, se obtenían resultados como este:





Os dejo con el tema que abre el disco y se corresponde con este mapa, todos descargables, por cierto:

https://soundcloud.com/antropoloops/sacromontes-gettin-fuzzy
 
Si estamos solos en el Universo, pienso que podemos acercarnos un poquito más entre nosotros y nosotras. Aunque sea empezando por la música.



Apropiación simbólica


7 de mayo de 2014


Hay siempre una intención en la creación de las imágenes. Unas veces es más velada, otras más evidente, lo cierto es que la representación artística ha estado sometida a lo largo de la historia a diversos condicionantes: una obra de arte, en tanto que creación humana, implica una visión del mundo por parte de quien la crea, que varía según su condición política y socioeconómica, de dónde y con quién se han criado las personas que la realizaron. Que puede ser incluso un arma, eso también lo sabían historiadores del arte como Gombrich, de origen judío austríaco, y otros de su generación como el berlinés Rudolf Wittkower. Ambos pudieron comprobar cómo el nazismo destruyó obras de arte y promocionó otras a su favor como parte de su estategia de propaganda destinada a imponer su visión del mundo, por la fuerza, sí, y también con ello en el plano simbólico.

Cineastas, artistas de todo tipo, científicos, obreros... también Gombrich, Wittkower y muchas otras personas dedicadas a la enseñanza y estudio de la historia del arte tuvieron que huir de sus lugares de origen y desarrollar su labor fuera de su hogar debido a la locura nazi. Muchos murieron antes de poder exiliarse. Quizá por ello los historiadores del arte alemanes y austriacos de la época que no aceptaron y sufrieron el nazismo tuvieron muy claro, por experiencia vital propia, que cualquier representación artística, por muy pretendidamente veraz que sea, esconde una manipulación y significados más profundos. Hubo historiadores alemanes de esa quinta, como el muy a su pesar brillante Erwin Panofsky, que en su afán casi neurótico por explicarlo todo llegaron a conclusiones a veces muy rebuscadas... pero es que tras haber vivido la brutalidad inhumana del nazismo muchos de estos investigadores necesitaban de nuevo la explicación lógica, la razón, como bálsamo y aliada para que la historia, el mundo todo, volviera a cobrar sentido.


Alberto Durero, Melancolía I, 1514. Este complejo grabado del genial artista de Núremberg es una de las obras de arte a las que Panofsky le dio más vueltas. Alberto Durero fue en general uno de los artistas alemanes favoritos de Panofsky: quizá el hecho de estudiarlo tan insistentemente fue un intento por su parte de recuperarlo del "secuestro de lo alemán" que había llevado a cabo el nazismo, un rapto, una apropiación, que hizo que gran parte de la ciudadanía alemana, durante un tiempo tras la guerra, rechazara su patrimonio histórico, literario y artístico por asociarlo automática y digamos definitivamente con el régimen nazi.


El régimen nazi se encargó de desprestigiar lo que era diferente a su concepción del mundo, magnificando las pequeñas diferencias de color de piel, sexualidad, religión, etc. para hacer pasar a los "no nazi" por casi seres ajenos a lo humano. Al considerar a judíos, gitanos o polacos como otros, como seres inferiores y estorbo en el desarrollo de los "únicos humanos", esas personas no acordes con el ideal nazi de raza aria podían ser percibidas como la mala hierba que no deja crecer al árbol. Eran pues objeto de exterminio: esta idea se normalizó además en el régimen nazi por una inversión de la moral natural y por lo que la filósofa Hannah Arendt llamó la banalización del mal. 

Y, al igual que la ley de los países civilizados presupone que la voz de la conciencia dice a todos "no matarás", aun cuando los naturales deseos e inclinaciones de los hombres les induzcan a veces al crimen, del mismo modo la ley común de Hitler exigía que la voz de la conciencia dijera a todos "debes matar", pese a que los organizadores de las matanzas sabían muy bien que matar es algo que va contra los normales deseos e inclinaciones de la mayoría de los humanos. El mal, en el Tercer Reich, había perdido aquella característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de construir una tentación. Muchos alemanes y muchos nazis, probalemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio (que los judíos eran enviados a la muerte lo sabían, aunque quizá muchos ignoraran los detalles más horrendos), de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse con ellos. Pero, bien lo sabe el Señor, los nazis habían aprendido a resitir la tentación.

- HANNAH ARENDT, Eichmann en Jersusalén -


El nazismo, en su superioridad, su competitividad radical, su miedo y su ira en fin, todas las emociones y pensamientos que nos impiden ver al otro y solo contemplar nuestro ombligo, había proclamado en definitiva y en grado extremo su separación con el resto del género humano. Esa separación suponía además una propia desconexión con lo que nos hace realmente humanos: la compasión, la entrega, el valor... El amor. Era el triunfo del hombre-máquina, ese al que no le duele, porque su falta de contacto consigo mismo se lo impide, sentirse separado de los demás y de sí mismo.

Para las personas inmersas en la visión del nazismo, esa percepción de sentirse superiores y especiales con respecto a los demás era incluso la salvación, la única realidad verdadera. Precisamente por ello -y con esto retomo un poco la idea de la entrada anterior- historiadores como Gombrich, Panofsky, Wittkower o Aby Warburg, del que hablaré en otra ocasión, se fian aún menos del criterio de veracidad cuando las obras de arte representan pueblos lejanos y exóticos, es decir, lo que se conoce como el otro. La estrategia de apropiación simbólica nazi, de tomar una representación de un determinado tipo de persona o cosa como verdadera y convertirla en cliché, no fue pues algo nuevo, sí lo fue la intensidad y el grado de fanatismo que con el nazismo alcanzó.

 
Wittkower señaló cómo a lo largo de la historia, en el arte antiguo, medieval o moderno, el extranjero, el forastero, el bárbaro y la raza diferente fueron con frecuencia dotados de una apariencia grotesca y monstruosa, y así lo hicieron los fotógrafos y cineastas nazis cuando tomaron intencionadamente primeros planos de gentes de otras culturas que vivían en condiciones de pobreza provocadas muchas veces por los propios nazis, en un ejemplo más, ahora nada sutil, de la manipulación de la imagen. Los nazis se apropiaban de la condición humana bajo la ecuación "solo los nazis son humanos", y esto no dudaron en expresarlo simbólicamente, apropiándose de las imágenes, realzando algunas y rechazando otras, en puro artificio al servicio del caos.




La vuelta al orden se pudo entonces intentar con la razón, como hizo no sin abusar Panofsky. También se puede con la escucha de nuestras necesidades interiores más profundas como seres humanos, con el contacto con lo que en esencia somos; Antonio Gramsci, que vivió y sufrió el ascenso del fascismo en Italia y precisamente estudió concienzudamente eso de la apropiación simbólica, propuso al respecto: contra el pesimismo de la razón hay un optimismo de la voluntad.

Esta frase me inspira. Se tarda mucho tiempo, generaciones a veces, en aceptar los cambios. Claro que sí. Al mismo tiempo, opino que el poner voluntad en el sentido de conciencia, en hacer ver que los clichés son solo eso, clichés, estereotipos, refugios mentales nacidos del miedo o la inconsciencia, puede favorecer el cambio.



Invención de estereotipos



11 de abril de 2014


Hacia 1960, el historiador del arte Ernst Gombrich publicó el que posiblemente sea uno de sus libros más influyentes, Arte e ilusión. Un poco como anuncia el título, Gombrich, muy en resumen, se plantea aquí la cuestión de si la llamada creación artística imita la realidad o si por el contrario depende de tradiciones anteriores, de conocimientos y esquemas mentales que llevan consigo los artistas a la hora de materializar sus ideas en una obra de arte; en definitiva, de si podemos crear algo realmente nuevo. Sin dar nunca una respuesta definitiva, pone en tela de juicio eso que se conoce como criterio de veracidad de la imagen, es decir, si lo que se representa es o no real. Hasta dónde llega la representación y hasta dónde la realidad.


Gombrich leyendo con sus nietos
Gombrich despliega para desarrollar esta pregunta una serie de capítulos en torno al tema, capítulos que pueden leerse tranquilamente incluso por separado: a mí de hecho es uno de esos libros que me gusta retomar una tarde de verano y abrirlo por un capítulo a ver qué pasa. Es un libro que te acompaña y no se te impone, en el sentido de que desaparece con su lectura la asociación común entre texto académico y pesadez. Es un libro feliz, escrito por un viejo sabio que te acompaña, sin imponerte una opinión, en un viaje por la historia, la sociología, el arte. Como suele ser habitual en Gombrich, en el texto subyace en todo momento la invitación de dejar atrás nuestras ideas preconcebidas y, como los nenes, volver a mirar.


En uno de los capítulos del libro llamado "La verdad y el estereotipo", en fin, Gombrich habla de un texto popular en Europa a finales del siglo XV, conocido como La Crónica del Mundo o Crónica de Núremberg, por ser esta la ciuad alemana donde se editó por primera vez en 1493, poco después por tanto de que Colón llegara a América y empezara precisamente a cambiar para la civilización europea su percepción de cómo era el planeta. La Crónica del Mundo era una historia universal ilustrada que reunía varias vistas de ciudades importantes de la época, a modo casi de colección de postales, solo que realizadas en grabados. El historiador, parándose a mirar detenidamente esos grabados, manifestaba entonces su sorpresa -y la persona que lo está leyendo con él, ahí una de las claves del libro- al constatar cómo dos ciudades tan distantes entre sí como Damasco y Mantua pudieran ser exactamente iguales: así, podemos ver en ambos grabados una típica ciudad medieval europea, con su perímetro de muralla, sus casas de tejados a dos aguas y sus campanarios de iglesias románicas y góticas, tan características de Europa central, no tanto de la italiana Mantua... mucho menos de Damasco.


Grabados en madera de la Crónica del Mundo, con Damasco y Mantua,1493. Encuentra las diferencias.

Resulta evidente que el ilustrador de la Crónica no visitó esos lugares y, si acaso estuvo en alguno de ellos, optó por representarlos con esquemas y elementos visuales que le eran conocidos. Siguiendo lo que dice Gombrich, no debemos pensar que esto decepcionara a los posibles lectores de la Crónica de Nurémberg, antes bien, la persona que acudiera a esta crónica podía comprobar que los nombres de Mantua o Damasco correspondían efectivamente a ciudades. Para que el lector reconociera que eran ciudades, además, estas debían ser representadas en un lenguaje visual que le fuera familiar, de tal modo que si un señor de Núremberg u otra típica ciudad centroeuropea tomaba el libro y veía las ilustraciones, dichas ilustraciones, cuanto más se parecieran a localidades como Núremberg, aunque fuera de manera estereotipada, mucho mejor, más fácil podía adaptar a su esquema de pensamiento que Mantua y Damasco eran ciudades, y además, ciudades reales. La representación de palacios, ruinas clásicas o mezquitas cupuladas podrían de hecho hacer pensar al contrario que se trataba de ciudades de ensueño, del pasado o fantásticas. Se amolda por tanto lo nuevo, lo desconocido, a patrones establecidos, a imágenes familiares, más fáciles de asimilar según los esquemas mentales de la cultura que los crea, en este caso la centroeuropea.

Por cierto, se da un hecho muy curioso y también aparentemente contradictorio en adoptar imágenes preconcebidas y hacerlas pasar como reales en las descripciones que se hacen no ya de ciudades, sino de algunos habitantes de los lugares exóticos que por entonces, a finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, estaban explorando los europeos por motivos de su creciente expansión colonial. Así, un marinero mercante inglés llamado John Locke -nada que ver en un principio con el filósofo empirista- escribió un relato de su viaje a las costas de África occidental en 1561. Lo tituló de manera significativa como La verdadera cara de África. Sin embargo, en esta pretendida descripción veraz de lo que vio allí con sus propios ojos, nos habla de que en esas regiones del planeta habitan unos seres monstuosos "sin cabeza, que tienen la boca y los ojos en el pecho". Sin llamarlo por su nombre, Locke está usando un personaje habitual de las narraciones de la Antigüeda clásica, ya descrito por autores como el romano Plinio el Viejo en su enciclopédica Historia natural, conocido como la blemia. Como el cíclope, el ser de un solo ojo, u otros monstruos clásicos, son clichés, estereotipos de lo que para los clásicos era lo salvaje, que sobrevivieron durante la Edad Media en mapas y márgenes de manuscritos habitando lugares "paganos" adonde no había llegado el mensaje divino, y que aparecen de nuevo con fuerza en este relato de la Edad ya Moderna, en pleno siglo XVI.


Una blemia y otras "razas exóticas" en el Libro de las maravillas del mundo de Sir John Mandeville, hacia 1410


Aunque fantásticos, los personajes aquí usados por Locke pertenecían a un lenguaje conocido por los posibles lectores de su crónica, lo cual paradójicamente los hacía más creíbles que si hubiera hablado de la belleza de las oscuras pieles de los habitantes reales de lo que hoy es Nigeria. Con esta descripción del marinero inglés, no se rompía el esquema mental preconcebido, se reafirmaba la percepción habitual de la humanidad que entonces se tenía y además se confirmaba la superioridad de los europeos: la afirmación de Locke de que en esa región africana había visto a las antiguas blemias equivalía a decir que allí habitan seres no humanos. Bárbaros, es decir, no civilizados y por ello inferiores, en el sentido que ya lo usaron griegos y romanos como Plinio para diferenciarse de otros pueblos de la Antigüedad y justificar así su supremacía y sus conquistas. La estrategia colonial subyacente es clara: al considerar de manera negativa a las gentes de esos lugares, poniéndolos al nivel de monstruos, se los separa del género humano, no se los ve como tales. Así, son aptos para ser "civilizados", para implantarles a la fuerza una cultura ajena, incluso para esclavizarles.


Chimamanda Adichie
La historia de Locke y su verdadera cara de África la cuenta una escritora ocupada desde la narración literaria por este tema de los estereotipos culturales, Chimamanda Ngozi Adichie. Nigeriana afincada en Estados Unidos, me la dio a conocer mi amiga María C. a través de una conferencia que podéis ver aquí, por cierto hay disponibles subtítulos en español. Chimamanda comienza su charla contando cómo de pequeña empezó a escribir historias que imitaban los libros que por entonces leía y que eran no por casualidad los más accesibles, libros de autores americanos o ingleses: historias en las que los protagonistas eran rubios con ojos azules, a veces nevaba y hablaban del tiempo diciendo el buen día de sol que hacía.


En Estados Unidos comentaron esos incios suyos diciéndole que eran "poco africanos". Claro y ¿qué es ser africano? Habla Chimamanda de cuando una estudiante estadounidense le dijo que sabía por una novela que los hombres en Nigeria son abusadores sexuales, a lo que la autora le respondió con sarcasmo que sí, que del mismo modo ella había leído American Psycho y desde entonces había comprendido que todos los jóvenes en USA son asesinos en serie. En cualquier caso no consiste en tener solo una historia, la oficial y admitida, que no es sino, al fin y al cabo, el estereotipo que configura nuestra zona de confort y que muchas veces por miedo a lo desconocido mantenemos en forma de creencia de lo que es la realidad. Se trata, frente a esa historia única, en conocer la complejidad de las múltiples historias.

Es así como creamos la historia única, mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y otra vez, hasta que se convierte en eso.

Ver la complejidad y admitir que la realidad no obedece solo a un punto de vista, menos si ese punto de vista es dominante. Creo que vale para un pueblo o cultura en un principio desconocida, también para nuestro encuentro cotidiano con las personas, ya que los prejuicios y clichés los formamos a diario. Como dice en fin Chimamanda Adichie, los estereotipos no son peligrosos porque sean definitivos, sino porque son incompletos. Y aún así, añado, en ocasiones los tomamos como reales.

Guerrilla verde


11 de marzo de 2014


La idea fue de MV. Me llamó una tarde de octubre del año 2008, en Sevilla, un momento en el que no estaba pasando por una buena racha, la verdad. Decía que tenía una sorpresa preparada y que necesitaba mi ayuda. Yo acudí al punto de encuentro, él vino en coche. Cuando abrió el maletero, me quedé totalmente atónito: lo tenía hasta arriba lleno de plantas. No solo simplemente macetas de flores, había incluso algún pequeño naranjo.

- He ido al vivero - me dijo con una media sonrisa.
- Ya veo, ya ... ¿qué hacemos con esto?
- Bueno, lo primero es que necesitan agua.

Nos montamos en el coche. Ya estaba oscureciendo y el calor persistía, como suele ser habitual en los primeros meses del otoño sevillano. Me senté en el puesto de copiloto y vi una regadera a mis pies, MV lo tenía todo pensado. Condujo más o menos rápido hasta una rotonda, creo que allí en Barqueta o Alamillo, una donde hay una fuente pública, y recargamos la regadera. Le dimos de beber un poco a las plantas y continuamos. MV llamaba por teléfono a algunos amigos y amigas, quería aprovechar que ya habíamos quedado para prolongar la velada un poquito más, MV les pedía que no se fueran a casa después de la cena. La historia, según yo escuchaba de las conversaciones, seguía siendo para el resto una sorpresa.


Un jardín portátil en el maletero de MV

Tras la cena fuimos a una plazoleta que hay en Triana, la Plaza Chapina, al final de la calle Castilla, MV dejó el coche por allí, donde hay un Centro de Día de Mayores. Entonces MV expuso su propuesta: buscarles un hogar a las plantas que había traído. Había elegido un parterre seco y sin vegetación que había en esa plaza para levantar en esa noche, con toda la nocturnidad y alevosía, un jardín... efímero o no, lo que durara, con la intención de que al día siguiente quien pasara por esa plaza se encontrara con la sorpresa de tener un nuevo espacio ajardinado. La propuesta cuajó con sonrisas, abrazos y aplausos. El título de la actuación fue el de Green Guerilla o Guerrilla verde, como otros movimientos similares de intervención jardinera no oficial que se dan sobre todo en América y Europa. Nos pusimos manos a la obra.


El espacio a intervenir...

Empezamos entonces a sacar las plantas del maletero, haciendo una cadena más o menos organizada hasta el parterre -el coche estaba cerca, sí, pero si alguien conoce cómo es encontrar aparcamiento en Sevilla se hará una idea de que no estaba precisamente delante-. En el mismo coche había también azadas y otros útiles para cavar, MV, efectivamente lo tenía todo pensado. Recuerdo las risas, las miradas, la sorpresa constante de hacer lo que estábamos haciendo. Era como jugar, como sentirse niños y niñas, con esa satisfacción que da también el trabajo físico hecho con intención. Recuerdo cómo yo, que no me encontraba muy bien por entonces, me alegraba por momentos. Sabíamos, mientras cavábamos las zanjas, mientras regábamos, mientras nos cerciorábamos de que no pasaba ningún coche de policía, que nuestra pequeña aportación verde la quitarían al día siguiente.


Y, la verdad, no nos importaba. Estábamos ahí cada persona del grupo con sus cosas e historias internas y también al mismo tiempo compartiendo una bonita experiencia que sabíamos íbamos a recordar, por qué no como un momento de unión, independientemente de donde estuviéramos mañana.




 



Teníamos también unas tarjetitas de esas que se hunden en la tierra para escribir el nombre de la planta y su precio en el vivero. Escribimos en ella mensajes, pensamientos, deseos, inspiraciones, para quien se encontrara los próximos días con aquello. Un poco como si las plantas le hablaran a la gente. En cualquier caso, una invitación anónima e implícita a poblar la ciudad de algo que pensamos que en ella falta, las plantas. Reproduzco algunos que no se pueden ver en las fotos:


¡Por lo verde vale vivir!

¡¡No me pises, riégame!!

Cuidar las plantas con nuevo amor

La flor de una noche...

Guerrilla verde

Pacifista daltónico, menos dólares y más verde

Como todo recién nacido, necesitamos cuidado. 
¡¡Mímanos!!

El romero embriagador



Gracias también era un mensaje escrito en una de las cartelas. Gracias a MV por la absurda y preciosa idea de hacer realidad esta aventura, que no por pequeña deja de ser grande. Gracias a las personas que la protagonizaron, estéis donde estéis. A los pocos días de terminar nuestro jardín furtivo, éste fue efectivamente desmantelado por los sevicios de limpieza del ayuntamiento, si bien con el tiempo volvió a ser plantado el parterre, esta vez desde la oficialidad. De alguna manera, en alguien del ente público la idea cuajó.



Este blog está a punto de cumplir un año, por lo que también quiero aprovechar para dar las gracias a aquellas personas que lo han seguido y, de paso, dar la bienvenida a aquellas que lo pisan por primera vez. La primavera ya está aquí.


P.D.: con el permiso de las personas implicadas, incluyo un par de fotos más del evento. En primer lugar, una del parterre tras la intervención. Se nos ve además arriba contemplando aquello...




...Y, en segundo lugar, la Guerrilla verde al completo.




De nuevo, muchas gracias.


Belleza intermitente


30 de enero de 2014


Jep Gambardella en su terraza frente al Coliseo (fuente: salonkritik.net)

Cuando te cuentan la última incursión en el cine de Paolo Sorrentino La Gran Belleza, te da la impresión de haberla ya visto, y no hablo solo de los referentes cinematográficos, que son evidentes y creo que conscientes, sino del propio argumento, el del Casanova vividor que entra en la tercera edad hastiado de todo y que, sin embargo, no puede bajarse del carrusel de fiestas en el que ya lleva tantos años que se ha convertido en su única posibilidad de estar en el mundo. Después ves la película, a ser posible en el cine, y experimentas algo más. Viví en Roma un año y, puedo decir sin nostalgias a la vez que con todo mi agradecimiento, que fue uno de los mejores años de mi vida. Eso creo que influye.

Pero, ¿qué Roma es la que vemos en la película? La advertencia al comienzo del film, citando el libro Viaje al fin de la noche de Céline para ello, de que todo lo que vamos a ver -hombre, animales, ciudades y cosas- es imaginado no me parece casual. El comienzo, como toda la propia peli en general, es de un claroscuro efectista: Roma de día, desde el Gianicolo, el Jardín Botánico de Roma desde el que se domina la ciudad en una de sus mejores vistas, con el agua cristalina de la Fontana dell´Acqua Paola, donde canta un surreal coro de mujeres y un turista japonés se desmaya, no sabemos si por el calor o por el afamado síndrome de Stendhal que hace que un viajero, "abrumado por tanta belleza", no pueda soportarla y desfallezca; y súbitamente, la noche romana, el luminoso de Martini en una terraza atestada de gente y Raffaella Carrà en versión techno a todo trapo, caspa y voluptuosidad. En ambas caras de este contraste, siempre una Italia estereotipada de cuyos clichés no puede escapar, menos tras el escenario que ha quedado en el país tras la era Berlusconi. Entiendo en este sentido que la película no haya gustado tanto a la crítica italiana.

El plano del protagonista, Jep Gambardella (Toni Servillo) parado en medio de la fiesta, encendiéndose con vista cansada su enésimo cigarro. En el ojo del huracán, un momento de lentitud y silencio, Jep está celebrando su 65 cumpleaños. No sabe cómo se siente:

-¿Y cómo está el señor? ¿Está triste? - le pregunta su criada el día después de la fiesta.
- No... raro
- Pues lo prefiero triste.

Me suena.

Y lo sabe, en el fondo lo sabe, que todo está resguardado bajo la cháchara y el ruido. Que desde su primera y única novela juvenil no ha vuelto a publicar nada donde hable de sus verdaderos sentimientos. En otra situación, le dirá precisamente a uno de sus colegas que no cite a grandes autores para parecer más inteligente, que hable de sí mismo, de lo que siente. Y a Jep le vienen ganas de escribir, a lo que este colega le pregunta de si le ha pasado algo, a lo que Jep, el gran Gambardella, responde socarronamente que no,  que por qué, que en Roma pasan muchas cosas, le devuelve la pregunta con aquello de por qué le iba a pasar algo a él.

No solo los diálogos, la propia ciudad de Roma, visualmente tan potente, le sirve al protagonista de escenario de esta toma de conciencia -que curiosamente, y de modo ambivalente, al mismo tiempo evita-. Para empezar, el escenario dentro del gran escenario: el Coliseo, a la vista desde la terraza donde Jep organiza sus juergas. Me gusta en este sentido cómo están usados, y muy bien creo sabiendo lo que es la ciudad, los parques, las fuentes, los espacios abiertos donde se ven los altos pinos romanos, lugares que en contraste con la terraza de Gambardella y el Coliseo son, dentro de la loca Roma, remansos de paz; son lugares donde hay poca gente y, especialmente, suele haber agua. Más sugerentes aún, los claustros de los conventos: a veces, en pausa, Gambardella mira descaradamente a las monjas, a los niños de las escuelas católicas, vislumbrando algo, se puede pensar que con malicia o arrogancia. También con cariño, así de ambivalente es Jep, así de anhelante, también. En su apartamento, también, un techo al que mira y se relaja en la contemplación, de nuevo, del agua, esta vez del mar - "¿lo ves Ramona?", le pregunta a una de las mujeres con las que consigue recuperar algo de lo que viene a ser intimidad.

No sabemos, intuimos apenas, que esto duele, Gambardella lo esconde con un cigarrillo y vaso de whiskey en la misma mano. La sensación de desencanto, de no llegar a crear algo auténtico. La mediocridad, eso sí, bien vivida en exceso a través de fiestas, snobismo y lujos absurdos. La sensualidad real, esa que echamos tanto de menos, como la primera vez, se encuentra exagerada en la vida de Jep Gambardella. La música sigue sonando y la conga, la mejor de Roma porque no va a ninguna parte, sigue moviéndose de manera automática.

El tiempo ha pasado y Gambardella sabe qué es lo importante. Lo ha visto, más de una vez, sabe de la mentira del mundo. Como la luz de un faro, que por un instante alumbra sobre el punto en el que estamos y entonces podemos, apenas un momento, ver, para que al segundo siguiente el rayo de luz se vaya. A ráfagas, intermitente, la gran belleza.



Hari


 27 de enero de 2014


Una fotografía, una búsqueda en el google, una postal...Un yo estuve allí... ¿sí? Vuelvo a un tema del que escribí en noviembe del año precisamente pasado. Cuánto hay de realidad y cuánto de invención en un recuerdo. Según nuestra percepción presente, las cosas del pasado cambian. Muchas veces las adornamos según lo que estamos viviendo en nuestra circunstancia actual, manipulamos pues desde nuestra visión de quién -creemos que- somos ahora. Más aún, otras veces directamente hemos olvidado ese instante pasado y lo que hacemos es recrearlo en un deseo último, y yo diría esforzado, de confirmarnos en nuestro devenir en el tiempo, de buscarle un sentido ficticio así a nuestro guión de vida. Otras veces, en cambio, olvidamos. Simplemente, desaparece. Entonces solo nos queda la sensación, el gusto calmo y reparador de un sueño que no recordamos.




Hari, de nuevo, una y otra vez.


Es díficil olvidar cuando realmente eso significa dejar pasar. Recuerdo precisamente en este sentido el viaje de Kris Kelvin al planeta Solaris, según la película de Andréi Tarkovski. El cosmonauta Kelvin llega a una estación espacial en un planeta remoto, muy lejos de casa, para realizar una investigación sobre las posibilidades de existencia de vida en ese lugar. Pasa mucho tiempo solo, apenas ve a los dos compañeros que comparten con él investigación y alojamiento en la inmensa estación. En su aislamiento, en un cierto momento, empieza a recibir la "visita" de Hari, su antigua mujer, podemos decir, con todo lo que puede conllevar la siguiente frase, tal y como la recordaba desde la última vez que la vio. Kelvin puede de nuevo tocar, besar, abrazarla, cuidarla...también malentenderla, golpearla, incluso matarla. De hecho, acaba con ella, lo cual no evita que al poco tiempo vuelva a aparecer como si nada. Fantasma surgido de los sueños y de la obsesión de reparar de alguna manera su historia, Kelvin se encuentra ahí atrapado en un círculo del que no ve el modo de salir. Mientras, fuera de la estación, en el mundo extraterrestre en el que le toca vivir, Kelvin se está perdiendo el devenir de la nueva vida. Quizá...

¿Qué es esto de Hari? ¿Esa imagen que no se ve, pero que está en la cabeza, ese recuerdo que no hace sino debilitar a Kelvin? En Solaris, que a eso vamos, esto de la memoria se me plantea como una recreación, por qué no un implante -lo cual me recuerda al test emocional Voight-Kampff de Blade Runner, me extenderé en otra si surge sobre esto-, aunque ese implante lo hacemos desde el presente nosotros mismos, complicándolo o aliñándolo con nuestros bloqueos del momento actual. Cómo queremos recordar más que a algo a alguien, cómo lo hacemos para pretender olvidar y curiosamente no se olvida.

Oliver Sacks habla en sus libros en general con mucha ternura e interés sobre la condición humana, su complejidad y sus diferencias, y cómo éstas plantean en realidad oportunidades para conocernos mejor antes que problemas a reparar. En uno de ellos, y ya que estamos interplanetarios, Un antropólogo en Marte, al hilo del relato del caso clínico de Franco Magnani, el artista que recreaba siempre su pueblo natal Pontito en sus pinturas, reflexiona Sacks sobre estos temas del olvido y el recuerdo:

Se puede nacer con el talento de una memoria prodigiosa, pero no con una predisposición a recordar; se recuerda sólo tras los cambios y separaciones de la vida: separaciones de gentes, de lugares, de sucesos y situaciones, especialmente si han sido de gran importancia, si han sido profundamente amados u odiados. De este modo, lo que pretendemos es tender un puente, reconciliar o integrar las discontinuidades de la vida, mediante el recuerdo, y más allá de esto, mediante el mito y el arte. La discontinuidad y la nostalgia son particularmente profundas si, al crecer, abandonamos o perdemos el lugar donde nacimos o pasamos nuestra infancia, si nos convertimos en expatriados o exiliados, si el lugar o la vida en que fuimos criados ha cambiado hasta quedar irreconocible o destruido. Todos, en definitiva, somos exiliados del pasado.

Me gusta la imagen de exiliados del pasado. Es como la expulsión del paraíso. La sensación de que desde entonces se nos debe algo.



Un playa en Portugal donde estuve. Al menos, una foto de ella.


Los días pasan y, si uno va adquiriendo, con paciencia, sin forzar, la habilidad de tocar y soltar, poco a poco vas dejando pasar. Los recuerdos, los lugares y personas que en ellos aparecen, si no son tal y como los recordamos, creo que no supone que estemos desprestigiando o infravalorándolos. Casi sin darme cuenta  te encuentras extrañamente feliz. Feliz sin hacer nada especial, sin conseguir un contrato extra contigo mismo. Hay, lo veo así, un perdón en ese momento en el que el recuerdo te conquista con cariño, saltándose la idea de que hay un principio y un final perfecto para todo. Ahí el cierre con el recuerdo, con el pasado, creo que es sincero y pacífico.

Que tengáis el mejor de los 2014 posibles.


Una Underwood en el Muro de los Navarros


27 de diciembre de 2013


Un paseo por el Muro de los Navarros es como viajar en el tiempo a la Sevilla de, al menos, el año 98. La calle conecta dos antiguas puertas de entrada de la ciudad histórica, las de Carmona y Osario. Esta última es un área del centro todavía no muy aburguesada -o gentrificada, el término que prefiráis-, caótica por la presencia de un tráfico mal regulado, cruce de caminos típico de una puerta de entrada a una ciudad, zona de paso, un espacio aún por definir. Alguna fachada combada con bajo apuntalado, el bar "Eme", la tienda de pinturas, el encanto está en su autenticidad.


Una zona en fin que, dentro del centro de Sevilla, se percibe como limítrofe. Quizá por ello hasta hace poco existía allí un concesionario de coches. Ahora su local lo ocupa la reconversión de una iniciativa, de la que ya he hablado aquí, conocida como Taller de Palabras. María José B., Marta G.V. y sus colegas se dedican entre otras cosas a impartir talleres de escritura creativa. En ellos se presentan, muestran, analizan, textos de autores tan fantásticos en todos los sentidos, y tan queridos por mí, como Calvino o Cortázar, para reconocer técnicas narrativas con las que contar a la hora de escribir. Hacen un acercamiento, en el sentido no dogmático, desde la educación no formal, haciendo fácil lenguajes que muchas veces tienen que ver con las vanguardias artísticas más exquisitas y, a veces, distantes. Hacen que estas literaturas se puedan ver como parte del mundo.


Hasta hace poco estos talleres de escritura y las catas literarias -que consisten en conocer a un autor a través de la lectura de textos suyos, probando fragmentos de su obra, un bocadito para ver qué nos parece- los llevaban a cabo en su sede en Sevilla Este, en librerías como la extravagante o en la Biblioteca Pública. Aunque siguen siendo portátiles, desde octubre ya tienen una casa para realizar sus talleres en ese local del Muro de los Navarros. Precisamente es un cuento de uno de esos autores que gustan de comentar, Julio Cortázar, el que da nombre a este espacio que es también tienda, Casa Tomada -pinchad aquí para ver su web, hay más cosas de las que digo. Si os pasáis por allí, lo cual recomiendo por si no tenéis muy claro todavía algún regalito para Reyes, veréis una magnífica máquina de escribir Underwood. Me encantó saber que pertenecía al dueño del local cuando todavía era un concesionario. De alguna manera, ya estaba allí, era parte del lugar, de la propia zona, como ahora también lo es Casa Tomada.


El escaparate de Casa Tomada, con la Underwood


El Muro de los Navarros, la Puerta Osario, es una parte del casco antiguo a la que le tengo por lo demás especial cariño por ser una de las primeras zonas donde viví en la ciudad, lo que me lleva a pensar si el salto atrás en el tiempo del que hablé es algo más personal de lo que pudiera parecer. Lo cierto es que desde que me mudé a otras zonas dejé de frecuentar esta. Me alegra poder acercarme por aquí de nuevo, no tanto por nostalgia sino por los buenos motivos que supone este espacio.

Por los cambios, proyectos, pre-proyectos, feliz año nuevo a todos y todas.