Invención de estereotipos



11 de abril de 2014


Hacia 1960, el historiador del arte Ernst Gombrich publicó el que posiblemente sea uno de sus libros más influyentes, Arte e ilusión. Un poco como anuncia el título, Gombrich, muy en resumen, se plantea aquí la cuestión de si la llamada creación artística imita la realidad o si por el contrario depende de tradiciones anteriores, de conocimientos y esquemas mentales que llevan consigo los artistas a la hora de materializar sus ideas en una obra de arte; en definitiva, de si podemos crear algo realmente nuevo. Sin dar nunca una respuesta definitiva, pone en tela de juicio eso que se conoce como criterio de veracidad de la imagen, es decir, si lo que se representa es o no real. Hasta dónde llega la representación y hasta dónde la realidad.


Gombrich leyendo con sus nietos
Gombrich despliega para desarrollar esta pregunta una serie de capítulos en torno al tema, capítulos que pueden leerse tranquilamente incluso por separado: a mí de hecho es uno de esos libros que me gusta retomar una tarde de verano y abrirlo por un capítulo a ver qué pasa. Es un libro que te acompaña y no se te impone, en el sentido de que desaparece con su lectura la asociación común entre texto académico y pesadez. Es un libro feliz, escrito por un viejo sabio que te acompaña, sin imponerte una opinión, en un viaje por la historia, la sociología, el arte. Como suele ser habitual en Gombrich, en el texto subyace en todo momento la invitación de dejar atrás nuestras ideas preconcebidas y, como los nenes, volver a mirar.


En uno de los capítulos del libro llamado "La verdad y el estereotipo", en fin, Gombrich habla de un texto popular en Europa a finales del siglo XV, conocido como La Crónica del Mundo o Crónica de Núremberg, por ser esta la ciuad alemana donde se editó por primera vez en 1493, poco después por tanto de que Colón llegara a América y empezara precisamente a cambiar para la civilización europea su percepción de cómo era el planeta. La Crónica del Mundo era una historia universal ilustrada que reunía varias vistas de ciudades importantes de la época, a modo casi de colección de postales, solo que realizadas en grabados. El historiador, parándose a mirar detenidamente esos grabados, manifestaba entonces su sorpresa -y la persona que lo está leyendo con él, ahí una de las claves del libro- al constatar cómo dos ciudades tan distantes entre sí como Damasco y Mantua pudieran ser exactamente iguales: así, podemos ver en ambos grabados una típica ciudad medieval europea, con su perímetro de muralla, sus casas de tejados a dos aguas y sus campanarios de iglesias románicas y góticas, tan características de Europa central, no tanto de la italiana Mantua... mucho menos de Damasco.


Grabados en madera de la Crónica del Mundo, con Damasco y Mantua,1493. Encuentra las diferencias.

Resulta evidente que el ilustrador de la Crónica no visitó esos lugares y, si acaso estuvo en alguno de ellos, optó por representarlos con esquemas y elementos visuales que le eran conocidos. Siguiendo lo que dice Gombrich, no debemos pensar que esto decepcionara a los posibles lectores de la Crónica de Nurémberg, antes bien, la persona que acudiera a esta crónica podía comprobar que los nombres de Mantua o Damasco correspondían efectivamente a ciudades. Para que el lector reconociera que eran ciudades, además, estas debían ser representadas en un lenguaje visual que le fuera familiar, de tal modo que si un señor de Núremberg u otra típica ciudad centroeuropea tomaba el libro y veía las ilustraciones, dichas ilustraciones, cuanto más se parecieran a localidades como Núremberg, aunque fuera de manera estereotipada, mucho mejor, más fácil podía adaptar a su esquema de pensamiento que Mantua y Damasco eran ciudades, y además, ciudades reales. La representación de palacios, ruinas clásicas o mezquitas cupuladas podrían de hecho hacer pensar al contrario que se trataba de ciudades de ensueño, del pasado o fantásticas. Se amolda por tanto lo nuevo, lo desconocido, a patrones establecidos, a imágenes familiares, más fáciles de asimilar según los esquemas mentales de la cultura que los crea, en este caso la centroeuropea.

Por cierto, se da un hecho muy curioso y también aparentemente contradictorio en adoptar imágenes preconcebidas y hacerlas pasar como reales en las descripciones que se hacen no ya de ciudades, sino de algunos habitantes de los lugares exóticos que por entonces, a finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, estaban explorando los europeos por motivos de su creciente expansión colonial. Así, un marinero mercante inglés llamado John Locke -nada que ver en un principio con el filósofo empirista- escribió un relato de su viaje a las costas de África occidental en 1561. Lo tituló de manera significativa como La verdadera cara de África. Sin embargo, en esta pretendida descripción veraz de lo que vio allí con sus propios ojos, nos habla de que en esas regiones del planeta habitan unos seres monstuosos "sin cabeza, que tienen la boca y los ojos en el pecho". Sin llamarlo por su nombre, Locke está usando un personaje habitual de las narraciones de la Antigüeda clásica, ya descrito por autores como el romano Plinio el Viejo en su enciclopédica Historia natural, conocido como la blemia. Como el cíclope, el ser de un solo ojo, u otros monstruos clásicos, son clichés, estereotipos de lo que para los clásicos era lo salvaje, que sobrevivieron durante la Edad Media en mapas y márgenes de manuscritos habitando lugares "paganos" adonde no había llegado el mensaje divino, y que aparecen de nuevo con fuerza en este relato de la Edad ya Moderna, en pleno siglo XVI.


Una blemia y otras "razas exóticas" en el Libro de las maravillas del mundo de Sir John Mandeville, hacia 1410


Aunque fantásticos, los personajes aquí usados por Locke pertenecían a un lenguaje conocido por los posibles lectores de su crónica, lo cual paradójicamente los hacía más creíbles que si hubiera hablado de la belleza de las oscuras pieles de los habitantes reales de lo que hoy es Nigeria. Con esta descripción del marinero inglés, no se rompía el esquema mental preconcebido, se reafirmaba la percepción habitual de la humanidad que entonces se tenía y además se confirmaba la superioridad de los europeos: la afirmación de Locke de que en esa región africana había visto a las antiguas blemias equivalía a decir que allí habitan seres no humanos. Bárbaros, es decir, no civilizados y por ello inferiores, en el sentido que ya lo usaron griegos y romanos como Plinio para diferenciarse de otros pueblos de la Antigüedad y justificar así su supremacía y sus conquistas. La estrategia colonial subyacente es clara: al considerar de manera negativa a las gentes de esos lugares, poniéndolos al nivel de monstruos, se los separa del género humano, no se los ve como tales. Así, son aptos para ser "civilizados", para implantarles a la fuerza una cultura ajena, incluso para esclavizarles.


Chimamanda Adichie
La historia de Locke y su verdadera cara de África la cuenta una escritora ocupada desde la narración literaria por este tema de los estereotipos culturales, Chimamanda Ngozi Adichie. Nigeriana afincada en Estados Unidos, me la dio a conocer mi amiga María C. a través de una conferencia que podéis ver aquí, por cierto hay disponibles subtítulos en español. Chimamanda comienza su charla contando cómo de pequeña empezó a escribir historias que imitaban los libros que por entonces leía y que eran no por casualidad los más accesibles, libros de autores americanos o ingleses: historias en las que los protagonistas eran rubios con ojos azules, a veces nevaba y hablaban del tiempo diciendo el buen día de sol que hacía.


En Estados Unidos comentaron esos incios suyos diciéndole que eran "poco africanos". Claro y ¿qué es ser africano? Habla Chimamanda de cuando una estudiante estadounidense le dijo que sabía por una novela que los hombres en Nigeria son abusadores sexuales, a lo que la autora le respondió con sarcasmo que sí, que del mismo modo ella había leído American Psycho y desde entonces había comprendido que todos los jóvenes en USA son asesinos en serie. En cualquier caso no consiste en tener solo una historia, la oficial y admitida, que no es sino, al fin y al cabo, el estereotipo que configura nuestra zona de confort y que muchas veces por miedo a lo desconocido mantenemos en forma de creencia de lo que es la realidad. Se trata, frente a esa historia única, en conocer la complejidad de las múltiples historias.

Es así como creamos la historia única, mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y otra vez, hasta que se convierte en eso.

Ver la complejidad y admitir que la realidad no obedece solo a un punto de vista, menos si ese punto de vista es dominante. Creo que vale para un pueblo o cultura en un principio desconocida, también para nuestro encuentro cotidiano con las personas, ya que los prejuicios y clichés los formamos a diario. Como dice en fin Chimamanda Adichie, los estereotipos no son peligrosos porque sean definitivos, sino porque son incompletos. Y aún así, añado, en ocasiones los tomamos como reales.

Guerrilla verde


11 de marzo de 2014


La idea fue de MV. Me llamó una tarde de octubre del año 2008, en Sevilla, un momento en el que no estaba pasando por una buena racha, la verdad. Decía que tenía una sorpresa preparada y que necesitaba mi ayuda. Yo acudí al punto de encuentro, él vino en coche. Cuando abrió el maletero, me quedé totalmente atónito: lo tenía hasta arriba lleno de plantas. No solo simplemente macetas de flores, había incluso algún pequeño naranjo.

- He ido al vivero - me dijo con una media sonrisa.
- Ya veo, ya ... ¿qué hacemos con esto?
- Bueno, lo primero es que necesitan agua.

Nos montamos en el coche. Ya estaba oscureciendo y el calor persistía, como suele ser habitual en los primeros meses del otoño sevillano. Me senté en el puesto de copiloto y vi una regadera a mis pies, MV lo tenía todo pensado. Condujo más o menos rápido hasta una rotonda, creo que allí en Barqueta o Alamillo, una donde hay una fuente pública, y recargamos la regadera. Le dimos de beber un poco a las plantas y continuamos. MV llamaba por teléfono a algunos amigos y amigas, quería aprovechar que ya habíamos quedado para prolongar la velada un poquito más, MV les pedía que no se fueran a casa después de la cena. La historia, según yo escuchaba de las conversaciones, seguía siendo para el resto una sorpresa.


Un jardín portátil en el maletero de MV

Tras la cena fuimos a una plazoleta que hay en Triana, la Plaza Chapina, al final de la calle Castilla, MV dejó el coche por allí, donde hay un Centro de Día de Mayores. Entonces MV expuso su propuesta: buscarles un hogar a las plantas que había traído. Había elegido un parterre seco y sin vegetación que había en esa plaza para levantar en esa noche, con toda la nocturnidad y alevosía, un jardín... efímero o no, lo que durara, con la intención de que al día siguiente quien pasara por esa plaza se encontrara con la sorpresa de tener un nuevo espacio ajardinado. La propuesta cuajó con sonrisas, abrazos y aplausos. El título de la actuación fue el de Green Guerilla o Guerrilla verde, como otros movimientos similares de intervención jardinera no oficial que se dan sobre todo en América y Europa. Nos pusimos manos a la obra.


El espacio a intervenir...

Empezamos entonces a sacar las plantas del maletero, haciendo una cadena más o menos organizada hasta el parterre -el coche estaba cerca, sí, pero si alguien conoce cómo es encontrar aparcamiento en Sevilla se hará una idea de que no estaba precisamente delante-. En el mismo coche había también azadas y otros útiles para cavar, MV, efectivamente lo tenía todo pensado. Recuerdo las risas, las miradas, la sorpresa constante de hacer lo que estábamos haciendo. Era como jugar, como sentirse niños y niñas, con esa satisfacción que da también el trabajo físico hecho con intención. Recuerdo cómo yo, que no me encontraba muy bien por entonces, me alegraba por momentos. Sabíamos, mientras cavábamos las zanjas, mientras regábamos, mientras nos cerciorábamos de que no pasaba ningún coche de policía, que nuestra pequeña aportación verde la quitarían al día siguiente.


Y, la verdad, no nos importaba. Estábamos ahí cada persona del grupo con sus cosas e historias internas y también al mismo tiempo compartiendo una bonita experiencia que sabíamos íbamos a recordar, por qué no como un momento de unión, independientemente de donde estuviéramos mañana.




 



Teníamos también unas tarjetitas de esas que se hunden en la tierra para escribir el nombre de la planta y su precio en el vivero. Escribimos en ella mensajes, pensamientos, deseos, inspiraciones, para quien se encontrara los próximos días con aquello. Un poco como si las plantas le hablaran a la gente. En cualquier caso, una invitación anónima e implícita a poblar la ciudad de algo que pensamos que en ella falta, las plantas. Reproduzco algunos que no se pueden ver en las fotos:


¡Por lo verde vale vivir!

¡¡No me pises, riégame!!

Cuidar las plantas con nuevo amor

La flor de una noche...

Guerrilla verde

Pacifista daltónico, menos dólares y más verde

Como todo recién nacido, necesitamos cuidado. 
¡¡Mímanos!!

El romero embriagador



Gracias también era un mensaje escrito en una de las cartelas. Gracias a MV por la absurda y preciosa idea de hacer realidad esta aventura, que no por pequeña deja de ser grande. Gracias a las personas que la protagonizaron, estéis donde estéis. A los pocos días de terminar nuestro jardín furtivo, éste fue efectivamente desmantelado por los sevicios de limpieza del ayuntamiento, si bien con el tiempo volvió a ser plantado el parterre, esta vez desde la oficialidad. De alguna manera, en alguien del ente público la idea cuajó.



Este blog está a punto de cumplir un año, por lo que también quiero aprovechar para dar las gracias a aquellas personas que lo han seguido y, de paso, dar la bienvenida a aquellas que lo pisan por primera vez. La primavera ya está aquí.


P.D.: con el permiso de las personas implicadas, incluyo un par de fotos más del evento. En primer lugar, una del parterre tras la intervención. Se nos ve además arriba contemplando aquello...




...Y, en segundo lugar, la Guerrilla verde al completo.




De nuevo, muchas gracias.


Belleza intermitente


30 de enero de 2014


Jep Gambardella en su terraza frente al Coliseo (fuente: salonkritik.net)

Cuando te cuentan la última incursión en el cine de Paolo Sorrentino La Gran Belleza, te da la impresión de haberla ya visto, y no hablo solo de los referentes cinematográficos, que son evidentes y creo que conscientes, sino del propio argumento, el del Casanova vividor que entra en la tercera edad hastiado de todo y que, sin embargo, no puede bajarse del carrusel de fiestas en el que ya lleva tantos años que se ha convertido en su única posibilidad de estar en el mundo. Después ves la película, a ser posible en el cine, y experimentas algo más. Viví en Roma un año y, puedo decir sin nostalgias a la vez que con todo mi agradecimiento, que fue uno de los mejores años de mi vida. Eso creo que influye.

Pero, ¿qué Roma es la que vemos en la película? La advertencia al comienzo del film, citando el libro Viaje al fin de la noche de Céline para ello, de que todo lo que vamos a ver -hombre, animales, ciudades y cosas- es imaginado no me parece casual. El comienzo, como toda la propia peli en general, es de un claroscuro efectista: Roma de día, desde el Gianicolo, el Jardín Botánico de Roma desde el que se domina la ciudad en una de sus mejores vistas, con el agua cristalina de la Fontana dell´Acqua Paola, donde canta un surreal coro de mujeres y un turista japonés se desmaya, no sabemos si por el calor o por el afamado síndrome de Stendhal que hace que un viajero, "abrumado por tanta belleza", no pueda soportarla y desfallezca; y súbitamente, la noche romana, el luminoso de Martini en una terraza atestada de gente y Raffaella Carrà en versión techno a todo trapo, caspa y voluptuosidad. En ambas caras de este contraste, siempre una Italia estereotipada de cuyos clichés no puede escapar, menos tras el escenario que ha quedado en el país tras la era Berlusconi. Entiendo en este sentido que la película no haya gustado tanto a la crítica italiana.

El plano del protagonista, Jep Gambardella (Toni Servillo) parado en medio de la fiesta, encendiéndose con vista cansada su enésimo cigarro. En el ojo del huracán, un momento de lentitud y silencio, Jep está celebrando su 65 cumpleaños. No sabe cómo se siente:

-¿Y cómo está el señor? ¿Está triste? - le pregunta su criada el día después de la fiesta.
- No... raro
- Pues lo prefiero triste.

Me suena.

Y lo sabe, en el fondo lo sabe, que todo está resguardado bajo la cháchara y el ruido. Que desde su primera y única novela juvenil no ha vuelto a publicar nada donde hable de sus verdaderos sentimientos. En otra situación, le dirá precisamente a uno de sus colegas que no cite a grandes autores para parecer más inteligente, que hable de sí mismo, de lo que siente. Y a Jep le vienen ganas de escribir, a lo que este colega le pregunta de si le ha pasado algo, a lo que Jep, el gran Gambardella, responde socarronamente que no,  que por qué, que en Roma pasan muchas cosas, le devuelve la pregunta con aquello de por qué le iba a pasar algo a él.

No solo los diálogos, la propia ciudad de Roma, visualmente tan potente, le sirve al protagonista de escenario de esta toma de conciencia -que curiosamente, y de modo ambivalente, al mismo tiempo evita-. Para empezar, el escenario dentro del gran escenario: el Coliseo, a la vista desde la terraza donde Jep organiza sus juergas. Me gusta en este sentido cómo están usados, y muy bien creo sabiendo lo que es la ciudad, los parques, las fuentes, los espacios abiertos donde se ven los altos pinos romanos, lugares que en contraste con la terraza de Gambardella y el Coliseo son, dentro de la loca Roma, remansos de paz; son lugares donde hay poca gente y, especialmente, suele haber agua. Más sugerentes aún, los claustros de los conventos: a veces, en pausa, Gambardella mira descaradamente a las monjas, a los niños de las escuelas católicas, vislumbrando algo, se puede pensar que con malicia o arrogancia. También con cariño, así de ambivalente es Jep, así de anhelante, también. En su apartamento, también, un techo al que mira y se relaja en la contemplación, de nuevo, del agua, esta vez del mar - "¿lo ves Ramona?", le pregunta a una de las mujeres con las que consigue recuperar algo de lo que viene a ser intimidad.

No sabemos, intuimos apenas, que esto duele, Gambardella lo esconde con un cigarrillo y vaso de whiskey en la misma mano. La sensación de desencanto, de no llegar a crear algo auténtico. La mediocridad, eso sí, bien vivida en exceso a través de fiestas, snobismo y lujos absurdos. La sensualidad real, esa que echamos tanto de menos, como la primera vez, se encuentra exagerada en la vida de Jep Gambardella. La música sigue sonando y la conga, la mejor de Roma porque no va a ninguna parte, sigue moviéndose de manera automática.

El tiempo ha pasado y Gambardella sabe qué es lo importante. Lo ha visto, más de una vez, sabe de la mentira del mundo. Como la luz de un faro, que por un instante alumbra sobre el punto en el que estamos y entonces podemos, apenas un momento, ver, para que al segundo siguiente el rayo de luz se vaya. A ráfagas, intermitente, la gran belleza.



Hari


 27 de enero de 2014


Una fotografía, una búsqueda en el google, una postal...Un yo estuve allí... ¿sí? Vuelvo a un tema del que escribí en noviembe del año precisamente pasado. Cuánto hay de realidad y cuánto de invención en un recuerdo. Según nuestra percepción presente, las cosas del pasado cambian. Muchas veces las adornamos según lo que estamos viviendo en nuestra circunstancia actual, manipulamos pues desde nuestra visión de quién -creemos que- somos ahora. Más aún, otras veces directamente hemos olvidado ese instante pasado y lo que hacemos es recrearlo en un deseo último, y yo diría esforzado, de confirmarnos en nuestro devenir en el tiempo, de buscarle un sentido ficticio así a nuestro guión de vida. Otras veces, en cambio, olvidamos. Simplemente, desaparece. Entonces solo nos queda la sensación, el gusto calmo y reparador de un sueño que no recordamos.




Hari, de nuevo, una y otra vez.


Es díficil olvidar cuando realmente eso significa dejar pasar. Recuerdo precisamente en este sentido el viaje de Kris Kelvin al planeta Solaris, según la película de Andréi Tarkovski. El cosmonauta Kelvin llega a una estación espacial en un planeta remoto, muy lejos de casa, para realizar una investigación sobre las posibilidades de existencia de vida en ese lugar. Pasa mucho tiempo solo, apenas ve a los dos compañeros que comparten con él investigación y alojamiento en la inmensa estación. En su aislamiento, en un cierto momento, empieza a recibir la "visita" de Hari, su antigua mujer, podemos decir, con todo lo que puede conllevar la siguiente frase, tal y como la recordaba desde la última vez que la vio. Kelvin puede de nuevo tocar, besar, abrazarla, cuidarla...también malentenderla, golpearla, incluso matarla. De hecho, acaba con ella, lo cual no evita que al poco tiempo vuelva a aparecer como si nada. Fantasma surgido de los sueños y de la obsesión de reparar de alguna manera su historia, Kelvin se encuentra ahí atrapado en un círculo del que no ve el modo de salir. Mientras, fuera de la estación, en el mundo extraterrestre en el que le toca vivir, Kelvin se está perdiendo el devenir de la nueva vida. Quizá...

¿Qué es esto de Hari? ¿Esa imagen que no se ve, pero que está en la cabeza, ese recuerdo que no hace sino debilitar a Kelvin? En Solaris, que a eso vamos, esto de la memoria se me plantea como una recreación, por qué no un implante -lo cual me recuerda al test emocional Voight-Kampff de Blade Runner, me extenderé en otra si surge sobre esto-, aunque ese implante lo hacemos desde el presente nosotros mismos, complicándolo o aliñándolo con nuestros bloqueos del momento actual. Cómo queremos recordar más que a algo a alguien, cómo lo hacemos para pretender olvidar y curiosamente no se olvida.

Oliver Sacks habla en sus libros en general con mucha ternura e interés sobre la condición humana, su complejidad y sus diferencias, y cómo éstas plantean en realidad oportunidades para conocernos mejor antes que problemas a reparar. En uno de ellos, y ya que estamos interplanetarios, Un antropólogo en Marte, al hilo del relato del caso clínico de Franco Magnani, el artista que recreaba siempre su pueblo natal Pontito en sus pinturas, reflexiona Sacks sobre estos temas del olvido y el recuerdo:

Se puede nacer con el talento de una memoria prodigiosa, pero no con una predisposición a recordar; se recuerda sólo tras los cambios y separaciones de la vida: separaciones de gentes, de lugares, de sucesos y situaciones, especialmente si han sido de gran importancia, si han sido profundamente amados u odiados. De este modo, lo que pretendemos es tender un puente, reconciliar o integrar las discontinuidades de la vida, mediante el recuerdo, y más allá de esto, mediante el mito y el arte. La discontinuidad y la nostalgia son particularmente profundas si, al crecer, abandonamos o perdemos el lugar donde nacimos o pasamos nuestra infancia, si nos convertimos en expatriados o exiliados, si el lugar o la vida en que fuimos criados ha cambiado hasta quedar irreconocible o destruido. Todos, en definitiva, somos exiliados del pasado.

Me gusta la imagen de exiliados del pasado. Es como la expulsión del paraíso. La sensación de que desde entonces se nos debe algo.



Un playa en Portugal donde estuve. Al menos, una foto de ella.


Los días pasan y, si uno va adquiriendo, con paciencia, sin forzar, la habilidad de tocar y soltar, poco a poco vas dejando pasar. Los recuerdos, los lugares y personas que en ellos aparecen, si no son tal y como los recordamos, creo que no supone que estemos desprestigiando o infravalorándolos. Casi sin darme cuenta  te encuentras extrañamente feliz. Feliz sin hacer nada especial, sin conseguir un contrato extra contigo mismo. Hay, lo veo así, un perdón en ese momento en el que el recuerdo te conquista con cariño, saltándose la idea de que hay un principio y un final perfecto para todo. Ahí el cierre con el recuerdo, con el pasado, creo que es sincero y pacífico.

Que tengáis el mejor de los 2014 posibles.


Una Underwood en el Muro de los Navarros


27 de diciembre de 2013


Un paseo por el Muro de los Navarros es como viajar en el tiempo a la Sevilla de, al menos, el año 98. La calle conecta dos antiguas puertas de entrada de la ciudad histórica, las de Carmona y Osario. Esta última es un área del centro todavía no muy aburguesada -o gentrificada, el término que prefiráis-, caótica por la presencia de un tráfico mal regulado, cruce de caminos típico de una puerta de entrada a una ciudad, zona de paso, un espacio aún por definir. Alguna fachada combada con bajo apuntalado, el bar "Eme", la tienda de pinturas, el encanto está en su autenticidad.


Una zona en fin que, dentro del centro de Sevilla, se percibe como limítrofe. Quizá por ello hasta hace poco existía allí un concesionario de coches. Ahora su local lo ocupa la reconversión de una iniciativa, de la que ya he hablado aquí, conocida como Taller de Palabras. María José B., Marta G.V. y sus colegas se dedican entre otras cosas a impartir talleres de escritura creativa. En ellos se presentan, muestran, analizan, textos de autores tan fantásticos en todos los sentidos, y tan queridos por mí, como Calvino o Cortázar, para reconocer técnicas narrativas con las que contar a la hora de escribir. Hacen un acercamiento, en el sentido no dogmático, desde la educación no formal, haciendo fácil lenguajes que muchas veces tienen que ver con las vanguardias artísticas más exquisitas y, a veces, distantes. Hacen que estas literaturas se puedan ver como parte del mundo.


Hasta hace poco estos talleres de escritura y las catas literarias -que consisten en conocer a un autor a través de la lectura de textos suyos, probando fragmentos de su obra, un bocadito para ver qué nos parece- los llevaban a cabo en su sede en Sevilla Este, en librerías como la extravagante o en la Biblioteca Pública. Aunque siguen siendo portátiles, desde octubre ya tienen una casa para realizar sus talleres en ese local del Muro de los Navarros. Precisamente es un cuento de uno de esos autores que gustan de comentar, Julio Cortázar, el que da nombre a este espacio que es también tienda, Casa Tomada -pinchad aquí para ver su web, hay más cosas de las que digo. Si os pasáis por allí, lo cual recomiendo por si no tenéis muy claro todavía algún regalito para Reyes, veréis una magnífica máquina de escribir Underwood. Me encantó saber que pertenecía al dueño del local cuando todavía era un concesionario. De alguna manera, ya estaba allí, era parte del lugar, de la propia zona, como ahora también lo es Casa Tomada.


El escaparate de Casa Tomada, con la Underwood


El Muro de los Navarros, la Puerta Osario, es una parte del casco antiguo a la que le tengo por lo demás especial cariño por ser una de las primeras zonas donde viví en la ciudad, lo que me lleva a pensar si el salto atrás en el tiempo del que hablé es algo más personal de lo que pudiera parecer. Lo cierto es que desde que me mudé a otras zonas dejé de frecuentar esta. Me alegra poder acercarme por aquí de nuevo, no tanto por nostalgia sino por los buenos motivos que supone este espacio.

Por los cambios, proyectos, pre-proyectos, feliz año nuevo a todos y todas.








Cuando es de todos


26 de noviembre de 2013


Uno de los Nómadas que Plensa ha repartido por el mundo. Cielo, agua, viento y palabras.

Recientemente Jaume Plensa ha recibido por su trayectoria artística el Premio Velázquez, uno más en su ya de por sí galardonada y reconocida carrera. Independientemente de que según declaraciones oficiales el ministro Wert ha manifestado su gusto personal por la obra de Plensa -cuestión que dicho sea de paso casi me impide escribir esta entrada-, la noticia me ha llevado a acercarme algo más a su obra, escuchar al artista y ver qué pasa. Un poco aclararme por qué me llama la atención.

Hay dos elementos que creo que son claves por constantes en las creaciones de Plensa: por un lado la figura humana, su representación, a través sobre todo de retratos que curiosamente son anónimos, no personas con nombre y apellidos, vale decir, entonces, universales; por otro lado el mundo textual que nos rodea, los mensajes que recibimos, las preguntas que hacemos y nos hacemos, que al final vienen a estar no solo fuera sino incluso dentro de nosotros, todo lo cual conforma lo que de normal conocemos por cultura. De hecho una de las piezas caractarísticas de Jaume Plensa son esas grandes esculturas compuestas de letras que a veces dialogan entre sí, al sentarse frente a frente, y otras con el paisaje en el que se encuentran insertas. Estas figuras están caladas, por lo que el aire -y los pensamientos y lenguajes del mundo que por él viajan- pasa a través de ellas; incluso es posible entrar como espectador dentro de las esculturas. Así, en estas obras el cuerpo y las palabras se convierten en dos elementos que forman parte de un todo indisoluble.

Tengo la sensación de que las palabras flotan, nos van tatuando como una tinta invisible y, de pronto, alguien lee en tu piel y pasa a convertirse en tu cuerpo, en tu amante.



Imagen de The Pillow Book, de Peter Greenaway
Esta afirmación de Plensa me recuerda en un primer momento la peli The Pillow Book. Creo sin embargo que él está hablando de algo más profundo, más existencial. Se me antoja más bien como que Plensa con sus esculturas está lanzando una pregunta sobre de qué estamos hechos. Claro, esto es una interpretación propia de la obra de este artista con la que no sé si él estaría de acuerdo. Aunque, escuchándolo, me da que no le queda tan lejos. En fin, precisamente lo que me toca su obra a nivel personal es lo que me está haciendo escribir esta entrada.



El nómada, en ciertas ocasiones viene a preguntarse, como el propio Plensa en sus obras Where are you? el de qué estoy hecho, el quién soy, a través del dónde estás, un tema en el que ya me extendí en otra entrada. Plensa siente que de todos modos hay algo constante en todo ser humano, que es que todos y todas en este planeta, independientemente del mundo de los textos, de la cultura que sea, acabamos por preguntarnos y desear lo mismo. La obra de este artista, muchas veces realizada creo que no por casualidad para espacios públicos, me parece que supone un compromiso por intentar clarificar, ver, las relaciones entre la figura humana y su mundo de significados y símbolos de manera global, en un diálogo universal. Como él viene a decir, siendo un nómada que en sus viajes ha terminado por ver más lo que nos une que lo que nos separa.



Twins (Gemelos)


Hay otro tipo de obras de Plensa que considero intentan dar salida a esa inquietud por saber de qué estamos hechos. Son una serie de cabezas, talladas en una piedra tradicional dentro de la estatuaria monumental, el alabastro. Estos digamos retratos no obstante tienen una serie de cualidades que les aportan un significado diferente a una simple descripción realista; por lo pronto están ligeramente achatadas, lo que les da un aspecto más vertical de lo normal, al modo de por ejemplo muchas esculturas medievales, recurso éste que dota a estas imagénes de cierta aspiración espiritual. Por lo demás, el propio alabastro es una piedra bastante especial por ser muy traslúcida, de tal manera que si pusiéramos una fuente de iluminación en su interior la escultura casi brillaría, como si la propia persona que representa la escultura irradiara luz, por lo que aunque no estén caladas como los Nómadas estas esculturas de piedra sólida, aparentemente compacta, también son permeables al entorno, al juego de lleno y vacío. Y por último, lo que más me llama la atención por la serenidad que transmiten, son esculturas que tienen los ojos cerrados.


Odilon Redon, Los Ojos Cerrados, 1890
No de alabastro, pero con ojos cerrados, resulta la obra Dream. Fue un encargo realizado por el pueblo minero de Saint Helen, en Inglaterra, población cuyo sustento económico dependía de la extracción de carbón hasta que el gobierno de Margaret Thatcher decidió cerrar la mina. Plensa construyó un original monumento a la memoria colectiva del pueblo en lo que era la entrada a la mina: una alargada cabeza de 20 metros de una niña que con los ojos cerrados nos invita a recordar y soñar el pasado, el presente y el futuro de los habitantes de Saint Helen, en lo que es para mí un homenaje velado -y bonito- a Los Ojos Cerrados de Odilon Redon.





Aunque esto es un encargo para una situación socioeconómica local y concreta, no deja de ser por lo demás esta obra una reformulación más de la pregunta universal de saber quiénes somos, obra que hay que poner en clara relación a su vez con la serie de cabezas de alabastro. Estas creaciones de Plensa nos proponen una mirada más sosegada que la visión de los textos, las letras, los confusos mensajes del mundo. Como las grandes estatuas clásicas de un Buda, la invitación es por tanto la de mirar hacia dentro.


Dream (Sueño), 2009


Que el encontrar un sentido a la vida, el querer ser felices, es algo común que queremos todos los seres humanos, creo que está claro, es nuestro a nivel individual porque sentimos que nos mueve al cambio y a la vez es algo universal que nos supera, nos hace participar en algo que es más grande que nosotros y nosotras. Algunas personas le dan salida a esta moción a través del arte. No es algo ni mejor ni peor, solo es así. Jaume Plensa nos lo dice de este modo:

Hay un grupo de gente, que podríamos llamar artistas, que se obsesionan en congelar el momento, fijarlo de alguna manera...fijarlo de alguna manera que deje ser experiencia personal para pasar a ser experiencia colectiva. Y esto creo que es un momento muy bonito de la creación, cuando ya no es tuyo sino de todos.

Me gusta esa idea. Creo también que me gusta lo que propone Plensa. Al menos, una propuesta más para meditar.

«Jamás deberíamos hablar de nuestra memoria...»


  ..., porque si algo tiene es que no es nuestra; trabaja por su cuenta , nos ayuda engañándonos o quizá nos engaña para ayudarnos;

11 de noviembre de 2013


Esto lo escribió Julio Cortázar allá por el año 67 en para mí uno de sus libros más sugerentes, La vuelta al día en ochenta mundos. Es un conjunto de textos, antes que verdaderos capítulos, que no guardan entre ellos ninguna relación narrativa, lineal, una cosa viene detrás de otra y tal, que a modo casi de diario de ocurrencias se acerca desde diversas sensibilidades a la cuestión del viajar: viajar desde el aburrimiento del trabajo de la oficina, desde las metáforas, desde los juegos del arte, a partir de un anuncio de -y es que en él aparece un viajero barquito- Old Spice... con el tema latente, que sí considero que conecta a todas las entradas del libro, de si viajar no va ser otra cosa que escapar de la cotidianeidad -el cangrejo, como lo llama Cortázar. Por supuesto básicamente es un homenaje a otro Julio fantástico viajero, Julio Verne.

El cangrejo no siempre se puede abandonar, reconoce Cortázar, que ya por estos años rondaba los 50 añitos, pero en la medida de lo posible todo el libro participa de una aspiración frente ese cangrejo de duro caparazón, condensada en un imagen que me parece bellísima, la de esa «respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen peces de recuerdo, alianzas fulminantes de tiempos y estados y materias que la seriedad, esa señora demasiado escuchada, consideraría inconciliables.»

Los recuerdos, la memoria... Otro bicho, una última imagen, la memoria que semeja la araña esquizofrénica. Esta metáfora de la araña, y la propia cita con la que empiezo hoy, pertenecen al capítulo-entrada Acerca de la manera de viajar de Atenas a cabo Sunión. En este texto se detiene Cortázar a explicar lo que nos pasa cuando, por ejemplo, vemos una foto que nos hemos hecho en unas vacaciones ya muy antiguas; o cuando queremos rememorar una excursión realizada con otra persona y las anécdotas de ésta, sucedidas cuando nosotros no estábamos presente -ni siquiera era quizá nuestro viaje-, podemos recordarlas como si las hubiéramos vivido, como si hubiéramos físicamente estado allí; o en definitiva cuando viajamos mientras escuchamos o leemos una narración de un viaje, en cualquier caso, cuando dudamos de si nuestro recuerdo, tan vívido, es verdaderamente nuestro, vale decir, real. Mejor aún, cuando la araña más tramposa es, cuando todo se mezcla: «Tres viajes en uno, el real pero ya transcurrido, el imaginario pero presente en la palabra, y el que otro hará en el futuro siguiendo las huellas del pasado y a base de los consejos del presente.» Como afirma Cortázar en otro lugar del libro, se trata en parte del -para mí peligroso por frecuente- sentimiento de no estar del todo.

Su amigo Carlos, que había hecho la excursión antes que Cortázar, le había explicado a éste cómo llegar de Atenas al cabo Sunión, qué autobús tenía que tomar y todo eso. Con este precedente, os dejo con el escrito original:


Templo de Hércules. Veinte mil leguas de viaje submarino
«Entonces, de vuelta a París, pasó esto: cuando conté mi viaje y se habló del paseo a Cabo Sunión, lo que vi mientras narraba mi partida fue la plaza de Carlos y el autocar de Carlos. Primero me divirtió, después me sorprendí; a solas, cuando pude rehacer la experiencia, traté aplicadamente de ver el verdadero escenario de esa banal partida. Recordé fragmentos, una pareja de labriegos que viajaban en el asiento de al lado, pero el autocar seguía siendo el otro, el de Carlos, y cuando reconstruía mi llegada a la plaza y mi espera (Carlos había hablado de los vendedores de pistacho y del calor) lo único que veía sin esfuerzo, lo único realmente verdadero era esa otra plaza que había ocurrido en mi casa de París mientras se la escuchaba a Carlos: y el autocar de esa plaza esperaba en mitad de la cuadra bajo los árboles que lo protegían del sol quemante, y no en una esquina como yo sabía ahora que estaba la mañana en que lo tomé para ir a Cabo Sunión.
Han pasado diez años, y las imágenes de un rápido mes en Grecia se han ido adelgazando, se reducen cada vez más a algunos momentos que eligieron mi corazón y la araña [...] sigue siendo la plaza de Carlos y el autocar de Carlos, inventados una noche en París mientras él me aconsejaba llegar con tiempo para encontrar asiento; son su plaza y su autocar, y los que busqué y conocí en Atenas no existen para mí, desalojados, desmentidos por esos fantasmas más fuertes que el mundo, inventándolo por adelantado para destruirlo mejor en su último reducto, la falsa ciudadela del recuerdo.»