Diálogos en el jardín (I)


28 de marzo de 2015


En los Jardines del Real Alcázar de Sevilla, con un pavo real. Foto de Sergio R.


El Helenismo es un periodo de la historia de la Antigua Grecia caracterizado por ser un tiempo de cambios, de crisis de modelos de pensamiento, cultura y opinión. Supone en muchos aspectos el fin de Grecia tal y como hasta entonces sus ciudadanos y vecinos la habían entendido; no obstante, es una fase que comienza allá por finales del siglo IV a.C., tras las conquistas de Alejandro Magno, por lo que los límites, geográficos pero también sociales, de lo que significaba "lo griego" se habían ampliado y de alguna manera confundido y mezclado, al englobarse nuevos países, pueblos y culturas dentro de la esfera griega. El periodo es quizá el más relevante en lo que a avances científicos se refiere dentro de una historia antigua de Grecia, en gran parte debido al enriquecedor contacto con otras culturas, con hitos tan significativos como la creación del Templo de las Musas -de donde viene la palabra Museo- y Biblioteca de Alejandría.

Es un momento en fin de transformación, donde las viejas estructuras, válidas hasta entonces para el anterior sistema, dejan de ser incluso operativas en el nuevo mundo que estaba surgiendo. En ese universo cambiante, de crisis, una importante tradición reflexiva griega, la filosofía, ofrece también alternativas, con sistemas como la ética estoica o el epicureísmo. En este sentido, es interesante, siguiendo al historiador del arte John Onians, el hecho de que

Todas estas diferentes filosofías tenían la intención de producir ataraxia o imperturbabilidad, un antecedente de la moderna concepción del equilibrio mental.
- JOHN ONIANS,  Arte y pensamiento en la época helenística - 


Así, además de la explicación racional y física del mundo de la filosofía más clásica, la filosofía del helenismo parece intentar comprender qué pasa con el ser humano, una variante más espiritual de la filosofía que a su vez recuerda a propuestas orientales como el Budismo. Y es que, de nuevo según este autor, a las posibilidades que se conocían en Grecia se añadieron otras descubiertas en África y en Asia.

Siempre me ha parecido una bella imagen que estas filosofías, más delicadas, inconclusas y más flexibles por poco dogmáticas que los sistemas de pensamiento de un Aristóteles, sean conocidas en la historiografía como Jardines Helenísticos: el huerto, el jardín cerrado, se convierte en un remanso de paz donde se encuentra la comunidad de amigos con la intención de dialogar al tiempo que se pasea y se cuidan las plantas. Estas filosofías pueden así ser criticadas por presentarse como un refugio, si se quiere cobarde, frente a un mundo violento y cambiante al que no se sabe dar respuesta. Sin embargo, también es posible verlas como un necesario espacio para la pausa, un lugar de tranquilidad interior necesario que se requiere para el conocimiento de uno y los demás; desde ahí, para la transformación personal.

Tontamente, estas ideas me acompaña siempre que me encuentro con gente como Sergio R. en los Jardines del Alcázar de Sevilla para contarnos novedades... Agradecido, disfrutando del jardín y de la amistad.

Recientemente Sergio R. me recuerda en fin que Nomad Garden está preparando algo en relación al jardín entendido como espacio de encuentro en el entorno de su objeto de estudio, los Jardines del Real Alcázar de Sevilla. A la espera del evento, recuerdo también en este blog el enlace para descargar la aplicación desarrollada por los "Jardineros Nómadas" para visitar de otra manera este singular espacio de la ciudad.

Lo podéis descargar gratuitamente aquí.




A disfrutar.


Inmersión


15 de febrero de 2015


La he tenido durante mucho tiempo a la vista, junto a la mesita de noche. No era la última imagen que veía antes de dormirme, pero sí que le echaba a veces un ojo cuando no conseguía pegarlo. La miraba casi como una invitación a dejarme caer, a reposar sin miedo a las consecuencias en esa anulación parcial del ego que es el sueño. Me refiero a una postal que me regalaron donde se reproduce el Salto en el vacío de Yves Klein. La foto apareció en el año 1960 en un falso periódico editado para la ocasión. ¡Un hombre en el espacio! era uno de los publicitarios titulares que acompañaron a la imagen. Pocos años antes la URSS había puesto en órbita el primer satélite artificial de la historia, el Sputnik: con él empezaba la llamada carrera espacial. Se estaba así haciendo realidad ese viejo sueño de la humanidad de volar, más allá de los cielos, de alcanzar las altas esferas. Es por ello que Klein pretendió también lanzarse al espacio...


La foto es evidentemente un montaje: hecha por el amigo del artista Harry Shunk, Klein se lanzó desde lo alto de un muro de la calle Gentil Bernard de Fontenay-aux-Roses, en París, en realidad a una lona sostenida por varios colaboradores que aparecen en la foto original y que fueron posteriormente eliminados y sustituidos por una toma de la calle vacía con un ciclista al fondo, ajeno al supuesto prodigio del «artista del espacio» Yves Klein. Aunque la gente no se creyera el engaño, la imagen fue divulgada como auténtica, en una irónica crítica a los medios de comunicación que venía a recordarnos que no todo lo que aparece en ellos es información, ni siquiera que sea verdad. La realidad como un (foto)montaje no deja de ser un tema muy actual, especialmente desde que irrumpieron las redes sociales y la infinita multiplicación y manipulación de las imágenes e historias que ello ha supuesto. En la línea de Klein, siguiendo en parte su estela, muchos artistas actuales han ahondado en esta cuestión, caso del propio proyecto Sputnik de Joan Fontcuberta, en el que el fotógrafo catalán se autorretratata como si fuera un cosmonauta soviético al tiempo que se presenta como descubridor de unas imágenes y fotografías reveladoras e inéditas que en realidad, rizando el rizo, son pura ficción. De todos modos, este análisis crítico de los medios de comunicación no era lo más importante para Klein y su obra; es un comentario que aquí se hace desde la situación presente que quizá se le escapó a una época como los años 50 y 60 del siglo XX aún no tan saturada de imágenes como la actual.

Dejo a un lado interpretaciones históricas y me paro entonces a mirar de nuevo la foto de Klein. El artista mira hacia arriba, con su cuerpo combado haciendo una curva que sugiere, con un pie aún tocando el muro del que salta, una cierta elevación antes de precipitarse: es un momento álgido, un clímax, el instante máximo de elevación justo antes de la caída -no obstante, la obra también se tituló Obsesión de la levitación. La foto está así tomada en un momento que sugiere que Klein puede tanto estrellarse contra el suelo como salir volando. Es una acción poética, sí, también, como ya sugerí al comienzo de este texto, una invitación a descubrir, algo que va desde el mismo sueño desde el que la contemplo en la mesilla de noche hasta vivir el inexplorado presente. Es de hecho una foto que miro en momentos en los que tengo que tomar decisiones como la que ahora me toca y que iré concretando en otras entradas a medida que se defina. Metáfora así del atreverse, la invitación de Klein es de un feliz optimismo, no eufórico ni autosatisfecho, más bien realista -al fin y al cabo tomó precauciones antes de tirarse del muro- y, sobre todo, inmediato, en el sentido de no enfocado al futuro, a las expectativas o al resultado.

Lo que viene a ser entregarse a la vida. Dejarse flotar y no luchar contra the Undercurrent, la corriente subyacente, esa que está en otra imagen que me gusta mirar como invitación a la inmersión, esa portada del bonito disco de Bill Evans y Jim Hall... 


La cara de Klein en la foto, la amplío y veo una expresión de miedo, el motor del deseo. Y recuerdo a Joseph Campbell, que al hablar del Viaje del Héroe decía:

en la cueva a la que temes entrar 
yace el tesoro que buscas





Encuentros

30 de enero de 2015

En los comienzos de su proceso como buscador espiritual, el misterioso Gurdjieff habló una vez dedicándole un libro de sus Encuentros con Hombres Notables, personas de las que aprendió, en un primer momento uno está tentado a decir, de su ejemplar presencia, de su largo camino recorrido, de una honda y continuada trayectoria como rastreadores de la verdad, de su inalcanzable status de sabiduría, pero…

Últimamente estoy teniendo encuentros con personas, no solo hombres, también mujeres, notables. No son gurús, ni chamanes, no son grandes sabios que viven en la montaña; no hay entre estas personas hombres de blanca y larga barba ni mujeres envueltas en humildes pero bellas túnicas junto al fuego de un oráculo. Son personas en un principio normales, algunas de ellas viejas amigas mías, otras, personas que hacía tiempo que no veía y con las que no me atrevía quedar porque, pensaba por vergüenza y desvalorización hacia mí, no tenía nada que contarles. No obstante, me decido no solamente a encontrarme con estas personas sino a procurar simplemente estar. Escuchándolas, empiezo a sentir sus historias: ese día en que él pasó por una situación de pánico y experimentó el desamparo más absurdo cuando no tenía dinero en el aeropuerto y habían perdido sus maletas. Aquella otra que llegó a su casa después de un malísimo día de trabajo y encontró su habitación especialmente vacía y se lamentó de no tener una pareja que le arrope en esas noches solitarias. Aquella otra, en fin, que se da cuenta de que su pareja no es consciente, porque no la ve actualmente, de cómo está ella. Al mismo tiempo, les comento mis dilemas cotidianos, mis dudas y miedos actuales, dónde estoy en definitiva. También les comento mis alegrías, mis pequeños logros, a la vez que estas personas me recuerdan sus recientes momentos felices junto con los tristes, lo que se pueda en fin, sin forzar pero sin enmascarar, porque no hay necesidad. Y noto cómo el encuentro -que quizá había casi planificado, seleccionando aunque fuera inconscientemente los temas de los que podría hablar, tal vez incluso la ropa con la que me iba a presentar- ese encuentro pre-programado en mi mente desaparece y se convierte en una sorpresa. Se convierte en un verdadero encuentro.

Entonces a su vez estas personas se convierten, quizá podrían llevar esas barbas blancas y largas o esas túnicas de sacerdotisa de las que antes hablé. Entonces los hombres notables de Gurdjieff fueron posiblemente eso, gente que ha vivido y vive y se muestra contigo. Y todo ese largo camino que supuestamente llegaba a una meta en la que terminar se vuelve un algo inexistente. Cuando cada persona es un espejo, una oportunidad para encontrarse con uno mismo. 

Grande Raccordo Anulare (y II)


22 de enero de 2015

En este año recién terminado me dio por ver la serie True Detective y, como a más de uno o una le ha pasado, quedé fascinado a momentos por el personaje de Rust Cohle, por su drama interior y sus peculiares y a veces divertidas divagaciones filosóficas. En cierta ocasión, en un viaje en coche con su compañero Marty, Rust nota algo en el ambiente que le despierta el mal sabor en la boca... a aluminio, cenizas... Una sensación de estar atrapado en algo de lo que no puede salir, una condena, una obsesión por el tiempo entendido como algo cíclico. Los hechos se repiten, pasan una y otra vez sin solución de continuidad, es más, lo que hacemos en esta vida no es posible cambiarlo porque se repetirá en la siguiente. Esta cuestión se traduce en la imposibilidad de no poder reparar nada, lo cual para Cohle es motivo de un constante pesimismo. 


Un fugaz momento en el que una bandada de pájaros dibuja una espiral en el aire.
Visión o certidumbre de Rust Cohle (Matthew McConaughey) en True Detective


La idea de un eterno retorno está en Friedrich Nietzsche; nunca me queda muy claro a qué se refiere con estas palabras este filósofo igual de atormentado que el personaje de Matthew McConaughey en la serie, de hecho se me suele olvidar. En estas situaciones acudo a una Historia de la Filosofía que desde aquí recomiendo, la de Gilbert Hottois. Busco de nuevo entre sus páginas a Niezsche y leo que el propio Nietzsche consideraba eso del Eterno Retorno de lo Mismo como la idea más difícil y terrible. Cito de Hottois:

«En efecto, si el tiempo es infinito, se puede pensar que todo -todas las constelaciones de fuerzas y de formas, todas las configuraciones espacio-temporales, todas la alegrías y todos los sufrimientos- volverá, y volverá una cantidad infinita de veces, es decir, eternamente. Cada instante es como eterno, y también cada acto. El individuo con la fuerza suficiente como para soportar esta idea no tiene ninguna razón para lamentar haber hecho o no haber hecho tal o cual cosa, pues desde una eternidad y por la eternidad eso fue y será realizado de esa manera. Así se descubrirá, según Nietzsche, la inocencia del devenir y el amor fati (el amor del destino). Al acceder a ese nivel de conciencia, el individuo coincide con la voluntad de poder y con la finalidad. Un hombre así es sobrehumano: imprimir en el devenir el carácter del ser es la forma superior de la voluntad de poder... Decir que todo vuelve es aproximar al máximo el mundo del devenir y del ser: cima de la contemplación.»

A la luz de esta declaración de Nietzsche, Cohle, pues, evidentemente, no soporta la idea, al menos al principio de la serie. Es consciente de que no puede controlarlo todo, de que en realidad no es responsable de sus actos, pero un fuerte resquemor, que se puede llamar orgullo o importancia personal, le impide aceptar eso que se le presenta como una verdad; se resiste, lucha contra la inocencia del devenir y el amor del destino, y eso le impide dejarse llevar. Hay mucha ira y deseo de venganza: el tiempo, el mundo todo, parece deberle algo.

Ni Nietzsche ni Cohle hablan del karma, aunque la idea está latente. Tampoco hablan de lo que ciertas tradiciones espirituales de la India llaman Rueda del Samsara, ese círculo en torno al cual giramos, condenados a repetirlo y repetirnos y que nos produce sufrimiento.

Budistas como Pema Chödrön nos recuerdan que esto se produce en la media en que nos apegamos a las cosas que nos gustan y rechazamos las que no. Así, nos gustan las alabanzas, el reconocimiento público, la ganancia, y nos aferramos a ello, haciendo que nuestra vida gravite en torno al placer y al miedo a perderlo. Del mismo modo rechazamos -en realidad, tratamos de- la crítica, la culpa, el fracaso o el abandono. Se configura así una realidad dualista, de pares de opuestos, que nos dividen y nos sumergen en esa noria que es el samsara.

Por lo demás, no quiere esto sugerir que neguemos las cosas que nos generan placer, sino que tengamos atención de no engancharnos a ella. Porque cuando no estén esos placeres, sufriremos. Mientras estemos atrapados en ese círculo del deseo, el apego y el rechazo de la experiencia, seguiremos girando en ese gran anillo del samsara. La vida de todos modos nos va dando pistas, señales si se quiere, de dónde estamos: en forma de tensiones musculares, reacciones del cuerpo casi siempre, experiencias dolorosas de pérdida, rechazo, abandono o desamparo. Si nos resistimos, si intentamos corregir esa postura dolorosa o esa sensación triste que tenemos, volveremos a luchar contra la inocencia del devenir y el amor del destino, como hizo Cohle. En lugar de ello, estas experiencias son presencias, atajos si no para salir, al menos para ver la rueda. Los mensajes aparecerán una y otra vez, tomando formas diversas que siempre querrán mostrarnos que bajo la rueda se esconde esa única cuestión esencial.

El universo no conspira contra uno...
¿O va a querer la vida hacernos daño?

El Jardín Nómada


30 de diciembre de 2014


Mis jardineros nómadas favoritos


Desde que llegué a Sevilla, los Reales Alcázares, sus palacios y sus jardines, han sido siempre para mí lugares de los más especiales de la ciudad. Recuerdo cuando descubrí, siendo estudiante, que podía entrar en el lugar y retirarme un poco en algunos rincones del jardín a leer, escribir, a veces dibujar, para vivir la ciudad a otro ritmo, a un tiempo más pausado y recogido. 

Este año, Sergio R., Salas M. y Fran P. me propusieron conocer más los jardines de este entorno a través del proyecto Nomad Garden; me mostraron una espectacular cartografía botánica de los jardines del Alcázar a diferentes niveles -mapas de aromas, de floración, de alturas de las plantas, etc.- que celebraban la complejidad del jardín como espacio cultural y que eran el puente para generar un catálogo botánico, por qué no una aplicación digital. Me pidieron que les ayudara a elaborar las noticias históricas de las diferentes especies que allí se encuentran. Las plantas se convertían así en una oportunidad para viajar por el tiempo y el espacio, me explico, para hablar de las diferentes culturas que las habían traído al Alcázar y a Sevilla y además para trasladarnos a los lugares de origen de esas plantas. En gran medida, tomar conciencia de la riqueza vegetal que nos rodea y ponerla en valor. Interactuar, y no solo consumir, con el entorno.

El pre-proyecto dejó de ser una pre-maqueta -cuando uso estas palabrejas me refiero a esto-, en definitiva, se concretó: puede verse más información en el siguiente enlace aquí. Recientemente además hemos creado una extensión del trabajo en el Alcázar, surgida en parte de la necesidad de que las entradas de cada planta no se quedaran solo en la aplicación digital prevista para el Alcázar, sino que esas entradas pudieran gozar de más espacio, permitir así, de forma paralela a la colaboración con la propia institución, que el proyecto fuera creciendo. Este proyecto, el Alcázar Vegetal, lo podéis ver en:

https://alcazarvegetal.wordpress.com

Estoy muy agradecido por este trabajo y no podía dejar terminar el año sin reflejarlo aquí. Os deseo lo mejor para el próximo año.

Un feliz saludo.






Grande Raccordo Anulare (I)


14 de  diciembre de 2014


Circular por la ciudad de Roma, ya sea al volante o como peatón, como cualquiera que haya estado allí sabrá, ha sido y sigue siendo una tarea digamos que no apta para principiantes. En mi reciente visita a esta ciudad -en la que, como ya comenté viví una buena temporada-, me llamó la atención que ciertos rituales viarios que conocí entonces continuaran a día de hoy, más de diez años después, aún vigentes: la rapidez con la que la luz para peatones de los semáforos del centro cambia de verde a naranja, o el que este último color sea la única opción posible para los coches a partir de cierta hora de la noche en la que ya no se detienen, en definitiva, el bautismo de fuego que supone cruzar sin paso de peatones la Piazza Venezia. Es el centro histórico, cargado de una densidad, física sí, pero también cultural y simbólica, energética y de memoria, que solo puede dar un espacio que viene siendo habitado, visitado, odiado y reverenciado desde hace cientos de años.

No solo por el centro, también volví a frecuentar partes de la periferia, llena igualmente de recuerdos muy presentes para mí: un parque de atracciones que montan a veces en una plazoleta de Ostia Lido tiene un nivel de evocación y viaje de sueños similar a veces a mis encuentros nocturnos con un lugar tan emblemático como el Panteón, en la Piazza della Rotonda. Así, una manera de recorrer esa periferia de la ciudad es tomar con el coche el Grande Raccordo Anulare, GRA en la señalización de carreteras italiana. Imagino que construido para aligerar el tráfico casi imposible por el centro romano, el GRA es la autopista urbana más extensa de Italia, una autopista que, como decía el director Federico Fellini, circunda la ciudad de Roma como un anillo de Saturno, frase esta última con la que empieza un documental como Sacro GRA (aquí un poco de información) por entero dedicado a este peculiar símbolo moderno de identidad romana, y en el que por lo demás puede verse un poco el día a día de algunas personas que viven en los márgenes -es decir, lo marginal- de una gran capital tan llena de clichés como Roma.

El GRA está -también, cómo no- cargado de historia; por un lado, a quienes nos apasiona la Historia, así con mayúsculas, resulta muy sugerente ver cómo a medida que conducimos por él vemos desfilar una serie de desvíos que nos conectan con el centro histórico, desvíos que tienen los nombres de las carreteras de la época clásica con las que efectivamente coinciden en gran parte en su trazado y que son atravesadas perpendicularmente por el GRA. Nos recuerdan además que no vamos por una autopista cualquiera, sino que de nuevo y todavía estamos en Roma. El contraste en definitiva de ver nombres como Via Aurelia, Casilina, la Appia... en señalización moderna y no en antiguas placas de mármol como podemos haber visto previamente en el centro me produjo esta vez un efecto sorprendente, surrealista. Es como estar fuera del tiempo o, si se quiere, al borde del tiempo.

Por otro lado, el GRA está lleno de microhistorias, como las que se relatan en el documental, también de leyendas urbanas, como esa que dice que existe gente que se ha quedado atrapada en el GRA sin poder encontrar la salida, dando vueltas en un tiovivo gigante. El GRA se me antoja así como un vórtice alrededor de un centro del mundo, onphalos u ombligo como es Roma.

Así, no me parece casualidad que Fellini hablara precisamente de los anillos de Saturno. El planeta toma su nombre de la divinidad romana asociada al Tiempo, un dios que fue llamado Cronos por los griegos. Una cuestión espacial, física, se hace pues temporal con este nombre. El GRA me recuerda la circularidad del tiempo o, más bien, que siempre damos vueltas en torno a lo mismo


Trevor (Christian Bale) y María (Aitana Sánchez Gijón) en la cafetería del aeropuerto en El Maquinista (2004)

Recuerdo un sueño... Se escucha By this river de Brian Eno. La oí con mucha atención en la carretera, en cierto viaje nocturno por ese Grande Raccordo Anulare de Roma que de nuevo se me aparece en el sueño. Compartiendo una melancolía placentera, agradable. En el sueño tengo que llevar a alguien al aeropuerto, es de noche, como aquella vez en el Grande Raccordo Anulare, no una sino varias veces, y ver cómo esa persona se aleja. Entre medio de esas repeticiones, hablamos y nos contamos cómo estamos, más o menos nos ponemos al día, al menos nos dejamos contarnos cosas, hasta qué punto hay ganas de hablar realmente o salir del paso, eso no lo sé decir, una manera muy parecida a cómo Trevor en la película El Maquinista acude puntualmente, día tras día, a hablar con la camarera del aeropuerto. En el GRA, una luz de farola, otra, otra, van pasando, el piano de Brian Eno da ritmo a ese dejar atrás de las luces de la carretera. Yo siento que efectivamente, como dice la letra de la canción, voy respondiendo con expresiones de otro tiempo...

You talk to me 
As it from a distance
And I reply
With impressions chosen from another time, time, time,
From another time. 

La sensación de que estamos dando vueltas a un único tema, una sola cuestión. Y de encontrar un pasaje, una zona intermedia que ayuda a poner un foco de atención, que da luz sobre cuál es ese tema en torno al cual nuestra vida parece girar. Ver pues que estamos en el anillo y no en el centro, en una suerte de periferia y no en la esencia. Por qué no, esto nos da una alegre lucidez de dónde estamos. 

Una y otra vez


19  de octubre de 2014


Los Visitantes, conectados

Entro en la sala, oscura, un poco cansado de haber visto -y recorrido- la fascinante obra de Richard Serra. Lo que quería visitar a toda costa del Guggenheim de Bilbao, el viaje que te proponen las esculturas de metal de Serra, ya ha pasado y no tengo expectativas y quizá por ello me sorprende lo que empiezo a no solo a ver, sino también a oír: una pegadiza melodía, cadenciosa, lánguida, me hace dejar el embotamiento y cerrazón con las que venía. El sonido está amortiguado, susurrado más bien, y noto que viene de distintos puntos de la sala. Hay unas pantallas por las que tengo que pasar una a una para intentar comprender lo que estoy oyendo. En las imágenes que se proyectan, una casa noble y vieja, que conoció tiempos mejores, con un porche lleno de gente de aspecto nórdico, me da la bienvenida. Aires de fin de fiesta. A la izquierda creo recordar hay un hombre tocando la batería, veo después un joven que toca una guitarra eléctrica mientras una mujer duerme de espaldas a él, otro que toca un piano, en diferentes habitaciones de gusto decimonónico que, entiendo, son de la propia casa del porche... la melodía sube de volumen y noto que se hace más intensa en alguna de las pantallas: todos están tocando la misma canción. Aquí podéis ver en cualquier caso un fragmento.

La situación me recuerda un poco a la escena de la película Magnolia de Paul Thomas Anderson en la que los diferentes protagonistas entonan una misma canción, el Wise up de Aimee Mann, un ratito de luz y compasión con uno mismo que experimentan mientras todos están pasando por sus horas más bajas. La diferencia es que en la videoinstalación esa unión momentánea entre los personajes es más real, ya que pueden oírse unos a otros: observo que todos tienen auriculares, están de algún modo más conectados. Todo está así transcurriendo de manera simultánea, están tocando en soledad y juntos a la vez. El tema es repetitivo y muy sencillo, de pocos acordes, lo cual permite que la canción sea adornada con arreglos y variaciones por parte de cada uno de los instrumentos, enriqueciéndose a cada momento. Al poco, ya estoy tarareando la canción: una y otra vez caigo en mis maneras femeninas. Recorro la sala y compruebo que si me acerco a algunas de las pantallas puedo escuchar en detalle la voz y/o instrumento de la persona que allí se proyecta, es como recorrer la casa y acercarte a la habitación donde interpreta la canción esa persona. La canción es larga, me dicen después que 64 minutos que fueron grabados de un tirón. Es bonito ver cómo en todo ese tiempo a momentos cada persona entra o sale del tema, se relaja o se emociona. Me viene en ese momento que esta obra de video arte, al igual que la escultura de Serra, necesita del movimiento del cuerpo del visitante para acceder a ella, un movimiento que en ambas obras se hace de manera  espontánea, en la escultura guiado por las propias curvas del metal, en esta por la misma música. Es bonito así, y también, sentir que estás dentro.

Es triste y sedante, como los mejores temas de Bon Iver. Bon Iver, quien por cierto reparte letras de sus canciones en los directos para que todo el mundo las pueda cantar con él. Se dice que así el dolor es más soportable. La tristeza compartida.

No está Bon Iver pero sí que participan de todos modos aquí personas famosas del mundo de la música, islandesa en este caso. Algunos Sigur Rós o las gemelas de Múm acompañan en fin al artista que ha ideado la obra, Ragnar Kjartansson, que es por cierto el que está tocando la guitarra en la bañera. Escucho en la audioguía lo que motivó al artista islandés para realizar esta obra. La relación con la que entonces era su mujer estaba pasando por un proceso de alejamiento que finalmente terminaría con la ruptura. Para hacer más llevaderos estos momentos el artista decidió componer una canción. Lo hizo a partir precisamente de unos versos de su exmujer. Invita amigos músicos para grabar el tema, los Visitantes que vienen a la decadente mansión donde tiene lugar la grabación de como ya he dicho 64 minutos en una sola vez. Fue en el 2012, por cierto en otoño, como ahora.

Leo en declaraciones a la prensa que Ragnar pretendía retratar la melancolía con esta canción. Uno de los efectos de la melancolía es la dejadez, la inacción cercana a la depresión. El hecho de que Ragnar pase los 64 minutos en la bañera no me parece casual al respecto.



San Juan de Gaztelugatxe

La entrada al Guggenheim y el inesperado encuentro con Ragnar Kjartansson y sus visitantes fue solo una parada más en el viaje que he hecho con mi amigo David C. por la costa del País Vasco. Es parte de un proyecto del que todavía no quiero dar detalles, solo adelantar que tiene que ver con todo esto de lo que hasta ahora he escrito: la música, por supuesto, las olas del mar y el hecho de enfrentar la soledad.

La soledad existe, evidentemente, y da miedo. Mal entendida, aunque con frecuencia es como se entiende, la soledad parece sinónimo de desamparo, de pérdida de conexión con el mundo. Eso es más bien, creo, la tristeza melancólica, inoperante, de la que habla Ragnar en su obra. Cuando se experimenta esa sensación de soledad aparenta ser eterna, como que nada va cambiar. En realidad, salvo extremas excepciones, es al contrario, no estamos solos. En primer lugar, puedes tener personas justo delante de ti que están sintiendo exactamente lo mismo que tú, pero tu soledad, que es más importante, te hace no acercarte a ellas. En segundo lugar, tienes a todo el universo que es uno mismo. Un sí mismo que se hace por lo demás con las otras personas

La soledad en negativo, así vista, se me presenta como una ilusión puramente mental, una estrategia más del ego que, para sentirse diferente y especial, afirma que es algo separado de las personas y el mundo todo, en una ecuación que parece tomar la forma de soledad= tristeza: "yo soy tristeza", parece decirnos el ego, "y nada va a cambiar", añade, con tono rígido y absoluto. Esa locura egoica, citando libremente a Aimee Mann en Wise up, "no se va a parar hasta que madures". Traducido de otro modo... hasta que te rindas.

Es una emoción más, a veces más intensa, otras más sutil. Y como toda emoción, la tristeza no es eterna a no ser que queramos que lo sea. En cualquier caso las emociones no se pueden negar y conviene, eso sí, dejarlas manifestarse, no rechazarlas de primera, abrazarlas si es posible, porque sí tiene un punto de realidad: vendrán, por supuesto, una y otra vez, para recordarnos dónde estamos, a qué nos estamos enfrentando o qué estamos evitando en nuestras vidas. Por cierto que la tristeza no es exclusiva, convive con muchas otras emociones e historias. Lo loco, neurótico, egoico o llámese como quiera, es perpetuarlas al creer que son parte fija de nuestra personalidad, cuando solo son tendencias.

De hecho, Ragnar posiblemente salió de la bañera tras los 64 minutos de grabación.