En ningún lugar



Fiona Tan, A Lapse of Memory, 2007 


Un hombre se despierta enmedio de un palacio. El sitio parece serle totalmente ajeno y, al mismo tiempo, familiar, un poco como cuando te despiertas totalmente desubicado (la pregunta ¿dónde estoy?) y todavía estás viendo en las paredes de tu bien conocido cuarto el último lugar que habitaste en el sueño; más bien es como si este señor hubiera abierto los ojos tras dormir y de nuevo ese palacio, al que no esperaba volver a encontrar, sigue siendo estando ahí, siendo su ... ¿casa? Este hombre, blanco, de aspecto occidental, que no parece recordar cómo ha llegado allí -ni desde cuándo, ni siquiera si puede irse- se levanta y sigue a su pesar una serie de acciones que se nos presentan como rutinarias. Así, pasea por salas de aspecto exótico, realiza rituales aún más exóticos, al menos a los ojos de un europeo clase media que por su apariencia podría ser el señor en cuestión: ceremonia del té, chi kung... Contempla un mundo al que no sabe cómo ha llegado pero al que intenta adaptarse. Una voz femenina, que no es evidentemente la suya, narra el deambular de este personaje de apariencia occidental por espacios y rituales de aspecto oriental. Lo oriental es usado pues como una metáfora del extrañamiento del personaje.

Este cuento realizado en formato video lo vi hará un par de años en una exposición que el CAAC de Sevilla dedicó a su autora, Fiona Tan. Medio indonesia y medio holandesa, por tanto también, como el señor que aparece en la película, con una identidad dividida entre oriente y occidente, la crisis identitaria está pues narrada aquí en clave espacial: rodada en un edificio de estética orientalizante, éste no es otro no obstante que el Royal Pavilion de Brighton, construido en pleno Reino Unido intentando, eso sí, imitar los estilos arquitectónicos que podían verse en la colonias asiáticas del por entonces imperio británico. En ese espacio ya de por sí contradictorio, oriental en occidente, tiene lugar la puesta en escena de la investigación de un personaje que no parece exactamente saber dónde está. Todo mixto, indefinido, inconcreto y, bueno, extraño.

El dónde estoy supone el plantearnos seriamente el gran abismo quién soy... y asegurarnos de si lo que contamos al respecto es verdad. ¡Qué difícil! En otra entrada hablé de la pareja artística compuesta por Marina Abramovic (actualmente de moda otra vez por Lady Gaga, en fin) y Ulay. Entre el proceso vivencial y la exploración antropológica, el trabajo de este dúo plantea el hecho de hasta qué punto es real lo que nos muestran; si, precisamente, por realizar este trabajo en el terreno del arte y de la necesidad de un público, en lugar de llevarlo a cabo por ejemplo en un entorno terapéutico, no lo hacen de cara a la galería y terminan así por caer en la misma trampa de la mercantilización del arte y del amor que pretenden a propósito cuestionar con sus obras, es una pregunta que considero lícita hacerse de vez en cuando. Creo de todos modos que esta confusión a la hora de intentar saber quién es tu pareja, quiénes somos a los ojos del otro -o la otra- es algo a lo que casi nadie en nuestra cultura puede escapar para siempre. Abramovic&Ulay me llega que lo saben. Quizá por eso deciden con su obra reconocer la red cultural en la que están inmersos y, sin embargo, intentar trabajar con ello. Y ya que rescato artistas ya citadas en este blog, Esther Ferrer, que afirma en relación a esto de narrarnos y explorarnos:

Lo que yo considero un hecho autobiográfico, una auténtica autobiografía, implica sobre todo "la voluntad de", de contar tu vida para o por los otros, o narrarse a uno mismo, para y por sí mismo, con fecuencia es también una búsqueda de identidad.
-ESTHER FERRER, Autobiografía a pesar mío-


Autorretrato en el tiempo de Esther Ferrer, 1981-2009


Otra artista a la que el CAAC dedicó una exposición, Agnès Varda, ha trabajado como pocas el paso del tiempo. Vi con algunos Stammtisch -entre los que estaba el ahora emigrado Manolo T.- sus Daguerrotypes en el cine. Los daguerrotipos eran retratos que se hacían con una técnica anterior a la invención de la fotografía, pero basada en el mismo principio de fijar en una superficie plana una imagen del mundo exterior. La película no habla sin embargo, al menos no directamente, de retratos fotográficos sino de los tipos humanos de la calle Daguerre, comerciantes, transeúntes o habitantes de esa calle de la capital de Francia. Recordamos, gracias al mirar lento, objetivo en el sentido de sin juicio, de la cámara de Varda cómo en cualquier calle, en cualquier persona, en cualquier mínima acción humana, surge la vida y pasan cosas aunque por nuestro ritmo frenético habitual solemos interpretar que no, que nuestra imagen, nuestro daguerrotipo, ya está fijado para siempre y el cambio no es posible... Pero no la he traído solo por esto a la señora Varda, sino porque viendo en la exposición algunos de los videos que realizó de mujeres francesas que narraban su historia de vida, se podía comprender en ellos cómo en ocasiones intentamos construir quiénes somos precisamente por nuestro transcurrir en el tiempo. Leo entonces en No soy yo, de la historiadora del arte Estrella De Diego«mirarse en el espejo para darse de bruces con una imagen fracturada, una historia, la propia, que se rompe y se fragmenta, a su manera un acto fallido con algo de fracaso cada vez.»


Agnès Varda, autorretrato quebrado


De narrarnos a través de otros y otras, a narrarse uno mismo: Lucas Samaras se autorretrató a través de polaroids entre 1969 y 1971. Su cara y su cuerpo aparecen a veces adoptando expresiones atípicas, disfrazadas, incluso desfiguradas. No es fácil aprehender realmente el yo, el intento incluso muestra la vacuidad del proyecto del autorretrato, en la media en que una y otra vez más estamos manipulando nuestra propia presentación externa. El mismo artista explicó cuál fue su problemática mediante una autoentrevista. La siguiente frase de entre sus declaraciones me parece al respecto reveladora: cuando digo "Yo" más de una persona debe ser contabilizada.

Fuera del cine y la fotografía, un artista británico que practica el travestismo, Grayson Perry, nos propone investigar la identidad también a través del cuerpo. Para ello utiliza no una descripción naturalista o figurativa de su físico sino un lenguaje plástico basado en lo simbólico, lo alegórico incluso, representándose él mismo como un Mappa Mundi -aquí lo podéis ver en detalle, en inglés británico, eso sí- a la manera de los mapas medievales en los que el mundo se extendía e identificaba en la figura de Cristo, sólo que lo que aquí vemos es un hombre corriente, con sus miedos y sus sueños, sus historias y cicatrices. Los supuestos lugares geográficos que se señalan en esta peculiar cartografía son en realidad las instituciones, valores y referencias que han marcado la construcción de Grayson Perry como persona. Su vida como mapa y como reflejo del mundo, macrocosmos y microcosmos contenidos. Perry ha titulado a estos dibujos con un curioso nombre: Map of nowhere, mapa de, precisamente, ningún lugar.


Grayson Perry como Mappa Mundi
  

Hoy me ha dado por citar intentos, algunos en mi opinión brillantes, de personalidades artísticas más o menos famosas por actualizar y plantear esta cuestión del quién soy en términos visuales. Son sólo algunos ejemplos, que a mí me gustan y me conmueven, pero las posibilidades son, como las personas, los gustos y las mismas formas, infinitas. Hay gente que ha hecho arte al ocuparse de buscar una solución a ese conflicto esencial, y quizá con ello han encontrado cierta calma a esa voluntad de saber. Pero hay otros caminos.


Narciso según Caravaggio 
Tiene que ser en el fondo más fácil...Se me ocurre volver a Delfos, pararnos con calma frente al templo que allí hubo una vez dedicado al dios Apolo y leer con atención lo que según, entre otros, Sócrates, estaba escrito en el frontón de ingreso: conócete a ti mismo. Y precisamente porque hablamos de lo visual, quiero recordar una última referencia, también como Apolo, clásica, quiero recordar una historia que me gusta, la de Narciso. Este chico se enamoró de su propia imagen en el espejo del agua. De su propia imagen, nunca de sí mismo. Esa imagen lo atrapó, se acercó tanto para verla que cayó al agua y se ahogó, se fue del mundo. Y la ninfa Eco, de la que solo queda una voz, una voz sin cuerpo que repite la de los demás, se enamoró de Narciso, del Narciso que no podía verse en su reflejo. Ella también se fue del mundo.




Puede ser que conocerte a ti mismo no es solamente conocer tu imagen.

Por cierto:

14 de octubre de 2013 


Forzar la realidad


«¡Estéis donde estéis, es el punto de entrada!»
- KABIR -

9 de octubre de 2013

Hoy es un día que te despiertas con la salida del sol. Has dormido bien, no sabes si poco o mucho, eso sí, bien. Ese mosquito que lleva tres noches revoloteando en tu oreja, si lo ha hecho también esta última, al menos no lo has oído. Abres los ojos, te acercas un poco la sábana, te tapas otro poco del fresco de la mañana y suspiras con una sonrisa; la frase ¿qué tengo que hacer hoy? simplemente no está.

Te levantas y tomas lo primero que hay de ropa en el cajón. Desayunas en silencio, sales de casa. Caminas sintiendo que no eres el centro de todo, que los acontecimientos, la gente, el mundo, no giran en torno a tu persona. Hoy no es el día en que vas a cambiar tu vida, en el que aparece la mágica solución final. Precisamente por eso, descansas y te mueves libremente.


No sé por qué hoy me ha dado por hablarte a ti... que soy yo: ... and at once i knew i was not magnificent - y enseguida supe que no era magnífico. Holocene, la canción de Peter Gabriel versionada por Bon Iver. El video que se hizo para promocionar el tema está rodado en unos espectaculares paisajes de Islandia. La acción transcurre a cámara lenta: un niño se levanta solo en una casa y sale a andar. Puede que llueva... ¿y? Termina tumbado en la tierra tras haberse echado a rodar por una colina, lanzar piedras, subir una pared de rocas. En realidad no ha hecho tantas cosas, solo mirar y admirar lo que hay. Explorar lo que va surgiendo. Agotado y feliz, un buen día.







Todo el intento de solucionar definitivamente tu vida... pues hoy carece de importancia. Definir un cómo tienen que ser las cosas e intentar amarrarlo todo ahí, supeditar la realidad a ese ideal, nos obceca y nos impide siquiera entrever las oportunidades. La cuestión es vivir con la conciencia de que todo es mucho más flexible, y desde ahí contemplar y participar en lo cambiante de la realidad. Creo que verdaderamente en eso consiste ser realista.



Armaduras


25 de septiembre de 2013


De niño me dio por leer muchos cómics de superhéroes, que son más que humanos, más que héroes. Iron Man no era de mis favoritos, pero lo leí también -al fin y al cabo era miembro de Los Vengadores, ¡ese cómic sí que me gustaba!-. Recuerdo cómo algún episodio me marcó. Quiero decir, me parecía que hablaban de otra cosa que no veía frecuentemente en este tipo de historietas. Cosas que iban más allá de una aventura y que me creaban cierto malestar.

Hay un número de Iron Man en el que James Rhodes, el segundo Hombre de Hierro después de Tony Stark, decide enfrentarse a un problema que lo trae por la calle de la amargura y que le está afectando a la salud, y por tanto a su rendimiento como Iron Man, problema que se resume en unas terribles jaquecas. Tras haber probado con la medicina tradicional y no encontrar solución a su mal, decide tomar un camino alternativo para reparar su migraña. Para ello le hace una visita a Michael Twoyoungmen, un descendiente de indios nativos norteamericanos con fuertes conexiones con lo espiritual y la naturaleza -es prácticamente lo mismo-, también conocido no por casualidad como Shaman. Curiosamente, James Rhodes le hace la visita como Iron Man, es decir, vestido con la armadura que le da sus poderes. Al más puro estilo de Las Enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda, que deduzco que algún guionista new age de la Marvel se habría leído en algún momento, la propuesta de Shaman para la sanación de James Rhodes es en definitiva un viaje iniciático: con la ayuda de unos "polvos mágicos", James y Michael se dan un paseo por un mundo en el que las habituales leyes de la lógica y la razón que parecen servirnos para existir en éste no tienen ninguna validez. Todo cambia a cada instante de manera vertiginosa, todo se cuestiona, y sin embargo, James no parece tener miedo. Os pongo la página clave donde la historia toma un giro vital para James-Iron Man:




James va a tener entonces un verdadero insight, una toma de conciencia brutal que le hará gritar, llorar y temblar en todo su ser: es esa armadura que le ha dado seguridad en multitud de ocasiones, tan molona (pensaba él), con la que puede volar, tener poderes y salvar al mundo una y otra vez, la que le está precisamente provocando las jaquecas. La que le está matando. Mientras tanto, Shaman simplemente espera, acompañando que no guiando, a que sea el propio James el que entre en una nueva etapa en su viaje de autoconocimiento. Lo hace; se da cuenta de que la armadura, la coraza, le ha protegido del exterior pero también de su propio interior, ocultándole partes de su ser, de su historia, que preferiría no conocer porque quebrarían la imagen de perfección que la armadura le ha ayudado a construir. James se había identificado hasta tal punto con su armadura que notaba que no iba a ser nada sin ella; creía incluso que no hay nada detrás. El cuerpo le estaba avisando de que esto no era así, que era un ficción de su mente acomodada en la cobertura que le daba la coraza, y lo estaba haciendo en forma de fuertes dolores de cabeza. Le estaba avisando de que la armadura, que si bien durante un tiempo le ha sido útil para sobrevivir en el mundo, ha terminado por convertirse en una carga que ya no le permite ser él mismo. El episodio termina con James abandonando la armadura de Iron Man en esa otra dimensión ilógica. Liberado, respira tranquilo mientras se pregunta si todo aquello ha sido un sueño, si Shaman realmente ha estado allí con él. Un suave viento hace desaparecer estos cuestionamientos. Las jaquecas no están y puede pensar con claridad.

Noto que la armadura, con su correspondiente máscara, no es algo exclusivo de Iron Man. No siempre es tan evidente su existencia, porque pienso en armadura y me viene la imagen de una coraza firme, rocosa y pesada. Muchas veces sin embargo presenta una forma flexible, como una cota de malla. Es, de todos modos, igualmente rígida, en el sentido que siempre hace el mismo tipo de movimientos, las mismas estructuras de pensamiento, los mismos patrones de comportamiento. Como nos da seguridad, y ese es al fin y al cabo su papel, no vemos la necesidad de deshacernos de ella -de hecho, no creemos ni que exista, efectivamente pensamos por el contrario que somos esa armadura, que ésta es parte de nuestro carácter. Hasta que viene una crisis que nos desborda, una sensación profunda de que algo no va bien, que nos hace comprender que el viejo traje -y con él, las viejas ideas, las viejas creencias, las viejas reacciones- si bien nos ha servido en cierto momento del pasado para protegernos, no nos va a funcionar ahora, al contrario, es más bien una prisión a la hora de reaccionar con libertad en un mundo que es cambio constante.

Claro, no podemos abandonar la armadura como hace James en la historieta. Al menos no físicamente, pero sí de manera simbólica. Viéndola, comprendiendo porqué nos la pusimos y sobre todo llevando a cabo una desidentificación con la armadura. Al fin y al cabo, somo mucho más que un disfraz, ¿no?

Pre-proyectos y pre-maquetas



5 de septiembre de 2013


Antes que el cambio de los meses de diciembre a enero, el verdadero comienzo de año es para mí, y supongo que para muchos que organizan su tiempo en base al calendario escolar, el mes de septiembre. Sí, sí, ya sé, la vuelta al cole, despedirnos lentamente de la playa, coleccionables de punto de cruz entre otras montañas de basura potencial atiborrando los quioscos, todo eso y más ligado por un lado a un deseo de cierta rutina y, por otro, al de empezar nuevos proyectos para sacudirnos el letargo. En este sentido, un vago entusiasmo cubre cada una mis acciones. Es una sensación algo vacilante, ya que parece que una vez que me instale en la ciudad, que haya hecho la habitual ronda de saludos, quedadas y encuentros con todas las personas que me interesa volver a ver tras las vacaciones, que en fin se efectúe la puesta a punto, la fuerza con la que aparentaban querer nacer esos proyectos gestados en el veraneo rápidamente va a desinflarse y, más que proyectos, van a confirmarse simplemente como pre-proyectos, castillos en el aire. Total, era muy difícil, para qué lo vamos a intentar, todo un clásico. El calor y la parcial apatía del verano parecen extenderse sin solución de continuidad. 


¿Qué impide que las ideas bajen de la cabeza y se concreten en algo físico, terreno? Básicamente creo que existen dos obstáculos que además se entremezclan y apoyan entre sí. Uno sería la dispersión, que puede tener forma de duda continua y replanteo mental constante o bien la necesidad de preparar planes B alternativos, constantes, por si la primera opción falla -los planes entonces pueden ser B, C, D y así hasta el final del abecedario-. El otro obstáculo, que comienza muchas veces una vez concretado un tanto el pre-proyecto, aunque otras veces sólo existen en nuestra imaginación, son las propias trabas del sistema, la exasperante burocracia, el secretismo de una administración que realmente en ocasiones no facilita las cosas y alimenta una frustración, incluso pereza, que te hace desaparecer del proyecto. Un poco como... la secuencia de la propia desaparición física de Tuttle, el personaje de Robert De Niro en la película Brazil de Terry Gilliam. Devorado por el papeleo...

Otra película: hace poco volví a ver Little Miss Sunshine, a verla y a emocionarme con ella de nuevo. En esa visión del mundo comercial de cierta clase socioeconómica norteamericana, una visión por lo demás que tendemos a imitar también a este lado del Atlántico, donde el ente social y las propias relaciones se estructuran rígidamente en base al binomio vencedores y vencidos, éxito y fracaso, la pequeña Olive, viendo lo que le rodea en su ambiente familiar -su padre un motivador profesional desmotivado y casi arruinado, un tío con tendencias suicidas, un hermano adolescente depresivo e inadaptado- le pregunta tiernamente y muerta de miedo a su abuelo, expulsado del asilo por traficar heroína, si ella es (también) una fracasada. El abuelo le responde que el fracasado no es el que no consigue logros, sino el que no lo intenta. Olive, la más grande de todos, puede entonces dormir tranquila. El abuelo... también, no digo más para quien no haya visto este precioso cuento moderno.



Olive y su familia (se incluye la furgoneta) en Little Miss Sunshine, mis perdedores favoritos.


«Lo que sigue importando para mí es hacer las cosas». Esta frase es de sentido común, la dice mucha gente, por ejemplo, una de las artistas españolas que mejor me cae, Esther Ferrer. Me gusta de todos modos desde dónde lo dice: no desde la dispersión, lanzando anzuelitos a diferentes aguas a ver dónde pican; tampoco por el mero hecho de romper la desidia. No, no habla del hecho maquinal de hacer, de producir febril-fabrilmente, sino de atreverse a hacer. Y atreverse a fluir en el proceso de hacer, a dejarse sorprender por el misterio de lo que pueda venir. Pero empezar y no quedarse en las ideas; creo que el quedarnos bloqueados fabricando ideas sin intentar materializarlas genera un efecto similar de insatisfacción en nuestra persona que la propia actividad de hacer cosas por hacer, por llenar un vacío. Al pre-poyecto propongo entonces siguiendo a la Ferrer las pre-maquetas. Al menos estas implican una fisicidad, además de una primera visualización, como ella comenta en el video que adjunto:

«... en el pensamiento los inconvenites no son más que teóricos y los accidentes, no existen; y cuando te pones a hacer la maqueta... ahí hay el accidente [...] todo está mal hecho y tal pero la idea está ahí.»





Hoy estoy optimista. Ánimo con el septiembre.

La escalera de Rocky


2 de agosto de 2013


Franka Potente, embalada por el Oberbaumbrücke de Berlin en ¡Corre, Lola, corre!

Quienes me conocen, quienes tienen un trato más o menos cotidiano conmigo, saben que desde hace ya un tiempo, cosa de unos 6 meses o así, me ha dado por ir a correr. Antes de esa fecha, si me preguntabas por aquello de qué haces en tu tiempo libre, para nada habría nombrado esa actvidad, es algo entonces relativamente nuevo para mí. En un principio, en mis primeras salidas, aguantaba bien poco, unos 10 minutos como máximo, no daba para más después de varios años sin hacer ejercicio continuado, pero pasadas unas semanas corriendo casi todos los días, fui pasando gradualmente a los 20, 25, después 30, hasta los 45-50 minutos que es lo que suelo correr en este momento.

Hablo de tiempo porque no sé exactamente cuánta distancia es la que corro; de hecho, he notado que en el mundillo de los corredores una pregunta muy típica que te lanzan cuando afirmas que a ti también te ha dado por ir a correr es la de ¿ah, sí, cuántos kilómetros corres? La verdad es que no corro para prepararme para algún tipo de competición, al menos no por ahora, así que no le presto atención a la distancia, aunque he estado corriendo hasta junio por la misma zona, la orilla del río en Sevilla, en un espacio que ya se me ha hecho conocido, incluso placentero, como un campo de juegos - ahora, con el verano, intento correr en lugares paralelos a la costa. Empecé a correr porque me apetecía retomar un cierto contacto con mi cuerpo, para sentir que ese cuerpo es parte de mí y lo cierto es que conforme más a diario corro, más voy conociendo cómo está, incluso en qué punto se encuentra. Todo esto fue casi sin darme cuenta. En este sentido, noté una mejoría en mi resistencia en esto del correr cuando ciertas frases que me martirizaban las primeras semanas del tipo te estás cansando, estás gordo, ya no puedes más, etc., frases que terminan por convertirse en un verdadero diálogo asfixiante y desmotivador, esas frases, esos ruidos en definitiva, en cierto momento dejan de sonar. A partir de ahí, más en relación con lo que uno es, sin ese estorbo mental que cansa más que la propia actividad física, empiezas realmente a correr.
 
Mi particular escalera de Rocky sevillana
No controlo por tanto ni la distancia ni a la velocidad a la que corro, pero sí que mido como ya he apuntado, aunque sólo de manera aproximada, el tiempo. Los minutos han sido el límite que he ido poco a poco intentando sobrepasar, no tanto para mejorar mi rendimiento como posible corredor de maratón, sino para dejar atrás a esas voces que con argumentos de lo más variado me decían que desistiera. Un poquito más, sí que puedes, y entonces un día que te encuetras pleno decides - ¡deciden! tus piernas, tu plexo solar que se adelanta a tu cabeza - esprintar y subir esa escalera que te ha estado retando, en realidad a tu ego, para lograr subirla en un abrir y cerrar de ojos, casi sin esfuerzo - y en mente, por supuesto, Rocky Balboa y su historia de superación personal.

 

Para medir el tiempo, en definitiva, oigo música mientras corro. Después, según las canciones que he escuchado, puedo calcular cuánto tiempo he corrido. Voy a nombrar algunas de las canciones que he estado escuchando estos meses mientras iba a correr. La lista, os podéis imaginar, es mucho más larga, pero me he dado cuenta que estas canciones las he escuchado más de una vez, vamos a a decir, porque me lo pedía el cuerpo... Eso y porque mi reproductor mp3 no tiene una memoria muy extensa...

Antes de irme a correr, y tras calentar un poco haciendo estiramientos, un momento clave para mí es precisamente encender el aparatito y decidir con qué canción empiezo el trote. Es importante, pienso muchos días, empezar con un ritmo nítido, evidente, que permita bien tomarle el pulso al pavimento. Necesito entonces música rock - el flamenco, que me encanta, definitivamente no es para correr, lo he intentado alguna vez pero me pongo a prestarle atención y no me sale. Si tengo que pensar en ritmo puro, básico, definición casi primaria de eso que llaman rock recurro a Creedence Clearwater Revival. El grupo de John Fogerty fue una de las bandas que realmente despertaron ya en mi infancia una pasión por la musica rock que todavía sigue viva, y esa pasión prendió mecha para no apagarse en parte cuando mi padre me permitió descubrir su colección de singles que guardaba en un mueble bajo el tocadiscos. Desde entonces, es una música a la que acudo cuando no sé qué quiero escuchar, pero sí que me toca una vuelta a las raíces: el hecho de hacer sonar a la Creedence me transporta a veces a ese momento de escucha inicial en el que mi mundo era reducido, no había internet y tenía que investigar a fondo los que había en mi casa. Siempre le estaré infinitamente agradecido por ello a mi padre, por mostrarme esos tesoros.

De entre las muchas canciones, Fortunate Son. Auriculares puestos, le doy al play, primeras zancadas por la calle... Pum pum pam, pum pum pam, pum pum pam...




Hay días en los que ir a correr supone para mí una descarga extra de agresividad, un poco sudar toxinas. Esos días conviene apretar un poco el acelerador del rock´n´roll, para lo cual me alío con AC/DC, concretamente mediante otro disco al que desde que lo escuché por primera vez no he dejado realmente de volver una y otra vez. Me refiero al Back in Black, el primero con el segundo cantante oficial de la banda australiana, Brian Johnson -sí, sí, el de la gorrita-, y uno de los discos más vendidos de toda la historia del rock, por supuesto de los más exitosos del grupo de los hermanos Young y compañía. Con él los AC/DC encontraron finalmente la fórmula mágica, ese estilo siempre reconocible en sus canciones que hacen que todas se parezcan entre sí, pero que no por ello las desprecias, al contrario, haces al final que te digas haciendo los cuernos con la mano "bueno, es AC/DC, ¡rock´n´roll!". Ese éxito, que llega hasta hoy en día, con conciertos a reventar de un público compuesto por al menos tres generaciones diferentes, se consiguió posiblemente, se dice, no soy yo el que lo asegura, a través de un pacto con el demonio, ya que pagaron el altísimo precio de la vida de su anterior cantante, Bon Scott, a quien dedican casi de manera morbosa este disco por lo demás bailongo, sexy, divertido... genial.

Álbum que me he escuchado entero alguna vez corriendo, a mí me pierde de todos modos Shoot to Thrill. Recomendable acelerón final a partir del minuto 4:05 y escupitajo para terminar la carrera.




Desde Rocky y su banda sonora, la música pop-rock de finales de los 70 y especialmente de principios de los 80 se ha mostrado muy apropiada para poner sintonía a eventos deportivos y actividades físicas de todo tipo, quizá por el carácter despreocupado y facilón, nada reivindiactiva a nivel temático ni compleja en cuanto a estructura musical que caracteriza a la música comercial de la época, como para demostrar que el mundo, es decir, la sociedad frenética, autocomplaciente y consumista del momento, marchaba bien. En este sentido alguna vez me he visto tentado de escuchar músicas de este tipo cuando me he ido a correr. Nunca me ha dado por escuchar corriendo el Eye of the Tiger, pero sí grupos de ese periodo musical tan festivo, aunque de más riqueza musical como los canadienses Rush. Escucharlos me produce alegría, de hecho cuando lo hago mientras corro son de esos días en los que miro a la gente y sonrío durante la carrera. El mundo puede ser un lugar feliz en algunos temas en los que canta la voz aguda y amistosa de Geddy Lee.

En homenaje a esa época de la radiofórmula, The Spirit Of The Radio.





Los Sigur Rós, corriendo
Si hay días de rabia, de mucho calor o viento de levante, los hay también de calma, de cielos nublados, de suave llovizna en los que te apetece más correr a medio tiempo. En esos días pongo con gusto el disco más pop, además de uno de mis favoritos, de la original banda islandesa Sigur Rós, el llamado Með suð í eyrum við spilum endalaust, traducido algo así como "con un zumbido en nuestros oídos tocamos eternamente", verano en el norte. Los pellizcos al bajo, al unísono con el bombo de la batería del inicio de Við spilum endalaust ("tocamos eternamente") hacen que vuele a cada paso que doy en mi carrera esas mañanas y tardes de nubes serenas.






De hecho, sobre todo si es por la mañana o al final de un día de muchas idas y venidas mentales, en esos días me apetece empezar la carrera de manera un tanto pausada, quizá para ir subiendo gradualmente, quizá, por otro lado, para quedarme ahí: en esos días algunas veces no escucho nada de música y estoy a gusto con sólo mis pasos y mi respiración. Si de todos modos estoy en ese estado y quiero escuchar algo, mi tema estos 6 meses ha sido el Marathon de Heatless Bastards. Amigos de para mí uno de los grupos más divertidos de la escena americana actual, los también de Ohio The Black Keys, la banda de Erika Wennerstrom me emociona muchas veces también por sus letras, sencillas pero que tocan esos temas nucleares como la búsqueda de un hogar, el volver a empezar, que te plantean un poco precisamente el porqué corremos.

Me encanta de todos modos cuando Erika, al final del Marathon, afirma con decisión:

I´m on my way, I´m on my way, 
I´m on my way... HOME.




La lista, como dije, no está completa. Se admiten sugerencias.

El mínimo equipaje posible



Conil, 7 de julio de 2013


Muchas veces, cuando voy a mudarme, pienso que por el simple hecho de cambiar de residencia todo va a ir a mejor. Todo lo incómodo, pesado, difícil, va a quedar atrás, en mi anterior casa, y nada de eso me va a acompañar a mi próximo destino. En realidad, y esto creo que lo saben todas las personas que hayan hecho una mudanza, las mismas preocupaciones, miedos o inseguridades que teníamos ya al empezar el viaje, desde nuestro punto de partida, pueden estar esperándonos nada más abramos la puerta del nuevo hogar. Vamos, que viajan con nosotros y nosotras. Esto pasa siempre y cuando hayamos puesto en ese cambio de casa el deseo de solucionar, si no todos, al menos la mayoría de nuestros problemas. Al fin y al cabo, es una huida de un presente insatisfactorio a un futuro prometedor. Ahí está la verdadera gran evasión, un futuro que siempre se vuelve inalcanzable y una mirada al pasado que en muchas ocasiones, desde esa perspectiva, se carga de la melancolía de lo que pudo ser.


Si hablamos de un cambio de residencia a otro país, estas ilusiones, expectativas, incertidumbres, como se quieran llamar, sobre el ir a mejor se ponen aún más en evidencia. Y si se produce un ir y venir, un dejar personas y motivaciones en una orilla y empezar proyectos en la otra, la intensidad de las vivencias puede tomar la forma de conflicto. La sensación de separación, de no pertenencia, lleva a veces a entristecernos, a enfadarnos, a proyectar nuestras frustraciones personales en el país "de acogida", al ver que ese nuevo destino no ha cumplido nuestros deseos. Amin Maalouf, libanés que vive en Francia, autor de populares novelas históricas como Samarcanda o León el Africano, cuenta desde su propia experiencia en un librito llamado Identidades asesinas ese extrañamiento de la persona migrante que vive a caballo entre dos aguas. Cuenta también cómo esas insatisfacciones personales pueden generar insatisfacciones entre colectivos, entre naciones. 


En la medida en que somos el mundo, el conflicto interno se hace externo, y esta confrontación, apunta Maalouf, está en el origen de la guerra. Por contra, en la medida a su vez en que no hacemos separaciones e integramos en lo posible lo que nos pasa, participamos más, es decir, somos parte, pertenecemos al planeta y a la realidad. Usted es el mundo.  


«La cordura es una estrecha senda que discurre por la cresta de una montaña, entre dos precipicios, entre dos concepciones extremas. En el caso de la inmigración, la primera de esas dos concepciones extremas es la que ve el país de acogida como una página en blanco en la que cada cual puede escribir lo que quiera, o, peor aún, como un solar desocupado en el que cada cual puede instalarse con armas y bagajes, sin cambiar lo más mínimo sus gestos y sus costumbres. En la otra concepción extrema, el país de acogida es una página ya escrita e impresa, una tierra cuyas leyes, valores, creencias y características culturales y humanas ya se habrán fijado para siempre, de manera que los inmigrantes no tienen más remedio que ajustarse a ellas.

A mi juicio, estas dos concepciones son por igual carentes de realismo, estériles y nocivas. Podría decírseme que las he presentado como una caricatura. No lo creo, por desgracia. Además, aun suponiendo que efectivamente así fuera, las caricaturas no son inútiles, pues nos permiten calibrar lo absurdo de nuestras posiciones si las lleváramos hasta sus últimas consecuencias; habrá quienes seguirán obstinándose, pero los que tienen sentido común darán un paso adelante hacia el evidente terreno del punto medio, es decir, que el país de acogida no es ni una página en blanco ni una página acabada, sino una página que se está escribiendo.»



Dedicado a mi amigo Carlos P., que hará un año, por esta zona del sur de Europa cerquita de África, me habló de este libro.

Falsas experiencias


19 de junio de 2013



Inauguro con esta entrada una nueva sección en el blog. La idea es dedicarla a unir dos temas que me gustan, los viajes y los libros. Ambas cuestiones se encuentran pienso que relacionadas con un par de preguntas que, últimamente lo estoy viendo, son las que las más de las veces me hacen tanto leer como viajar: ¿qué es posible conocer del mundo? y, a su vez, ¿qué es posible, qué puedo, conocer de mí? Los fragmentos que me gustaría citar aquí pertenencen a obras que me han recomendado, libros entonces a los que les tengo especial cariño no sólo por el texto en sí, sino también por venir de quien vienen, por recordarme a ciertas personas y a lo que he vivido con ellas.


Corto Maltés, experto en eso de viajar por el mundo, historias, mapas de todo tipo y por no creerse nada.


No soy Stiller es un libro del suizo Max Frisch. Al protagonista, el tal Stiller -¿o no es él?-, lo encarcelan nada más llegar a Suiza desde Estados Unidos, acusándolo de estar implicado, entre otras cosas, en una importante operación de espionaje internacional. Stiller insiste una y otra vez, al contrario de lo que le dicen todas las personas que van a visitarle a la cárcel, en que él no es la persona que buscan, que ni siquiera se llama Stiller, que están cometiendo un terrible error. Lo que sigue es para mí una sentida reflexión sobre la construcción de lo que percibimos; sobre cómo la cultura, la educación, lo que hemos leído o visto, lo que nos han contado en definitiva, interfiere en nuestra visión del mundo. El exceso de ruido e información contamina nuestras vivencias, hasta el punto de dudar de no ya si son verdaderas sino incluso de si son nuestras. ¿Hemos vivido realmente eso que estamos relatando o es algo que nos viene de prestado, de algo que hemos leído o escuchado? La narración de esas experiencias por parte de Stiller, hombre viajado y de mundo, repleto de experiencias, a un tercero no hace sino aumentar su/la incertidumbre, hasta el punto de desconfiar de su propia identidad, de quién es. Frisch nos plantea lo difícil que es precisamente saber verse a uno mismo y al mundo más allá de versiones oficiales, de imágenes y descripciones prototípicas, de la red cultural en la que nos hallamos atrapados.

Os dejo con las notas del diario de Stiller.


El Sha de Persia
«El doctor Bohnenblust, mi defensor de oficio, tiene naturalmente razón: por más que le cuente cien veces cómo se desarrolla el incendio de una aserradora californiana, cómo se pintan las negras en América o cuál es el color de Nueva York cuando en un anochecer coinciden una nevada con un temporal (se da este caso) o cómo hay que componérselas para desembarcar sin papeles en el puerto de Brooklyn, no le demuestro que haya estado allí. Vivimos en la era de las reproducciones. La mayoría de las imágenes que tenemos del mundo no las hemos visto con nuestros propios ojos o, mejor dicho, las hemos visto con nuestros propios ojos, pero no en su propio lugar: somos auditores, espectadores y conocedores de lejos. Se puede no haber salido de nunca de esta pequeña ciudad y tener todavía intacta la voz de Hitler, ser capaz de reconocer al sha de Persia a tres metros de distancia, saber cómo brama el monzón en el Himalaya o qué aspecto tiene el mar a mil metros de profundidad. Hoy en día todo el mundo puede estar al corriente de todo, y, sin embargo, yo no he estado nunca en el fondo del mar ni me he acercado (como los suizos) a la cima del Everest. Con la vida interior del hombre ocurre lo mismo. Todo el mundo está enterado de todo. ¿Cómo diablos he de poder demostrar a mi abogado que no debo el conocimiento de mis instintos de asesino a C.G. Jung, el de los celos a Marcel Proust, el de España a Hemingway, el de París a Ernst Jünger, el de Suiza a Mark Twain, el de México a Graham Greene, el del terror a la muerte a George Bernanos, el de la imposibilidad de llegar a nada a Kafka y el de una cantidad de otras cosas a Thomas Mann? Y ni siquiera hay necesidad de haber leído a todos esos autores, los llevamos dentro a través de nuestros amigos, que, a su vez, viven perpetuamente de plagios. ¡Qué época esta! Ya no significa nada decir que uno ha visto peces espada o que ha amado a una mulata. Todo eso se puede haber visto en una buena mañana en una película documental. Tener ideas es algo imposible. Resulta ya muy raro encontrar en esta era un cerebro que se limite a un solo tipo de plagio, y ello es prueba de personalidad, ver el mundo a través de Heidegger y sólo a través de él; nosotros, los demás, flotamos en un cóctel que contiene un poco de todo, sabiamente mezclado por Eliot, y de todo sabemos un poco, pero muy poco, de manera que ni siquiera nuestros relatos del mundo tangible demuestran nada. Para nosotros ya no existe ninguna terra incognita (excepto Rusia). Por consiguiente, ¿a qué tanto hablar, si no demuestro que lo que digo lo he vivido efectivamente? Mi abogado tiene razón. Y sin embargo...»