Armaduras


25 de septiembre de 2013


De niño me dio por leer muchos cómics de superhéroes, que son más que humanos, más que héroes. Iron Man no era de mis favoritos, pero lo leí también -al fin y al cabo era miembro de Los Vengadores, ¡ese cómic sí que me gustaba!-. Recuerdo cómo algún episodio me marcó. Quiero decir, me parecía que hablaban de otra cosa que no veía frecuentemente en este tipo de historietas. Cosas que iban más allá de una aventura y que me creaban cierto malestar.

Hay un número de Iron Man en el que James Rhodes, el segundo Hombre de Hierro después de Tony Stark, decide enfrentarse a un problema que lo trae por la calle de la amargura y que le está afectando a la salud, y por tanto a su rendimiento como Iron Man, problema que se resume en unas terribles jaquecas. Tras haber probado con la medicina tradicional y no encontrar solución a su mal, decide tomar un camino alternativo para reparar su migraña. Para ello le hace una visita a Michael Twoyoungmen, un descendiente de indios nativos norteamericanos con fuertes conexiones con lo espiritual y la naturaleza -es prácticamente lo mismo-, también conocido no por casualidad como Shaman. Curiosamente, James Rhodes le hace la visita como Iron Man, es decir, vestido con la armadura que le da sus poderes. Al más puro estilo de Las Enseñanzas de Don Juan de Carlos Castaneda, que deduzco que algún guionista new age de la Marvel se habría leído en algún momento, la propuesta de Shaman para la sanación de James Rhodes es en definitiva un viaje iniciático: con la ayuda de unos "polvos mágicos", James y Michael se dan un paseo por un mundo en el que las habituales leyes de la lógica y la razón que parecen servirnos para existir en éste no tienen ninguna validez. Todo cambia a cada instante de manera vertiginosa, todo se cuestiona, y sin embargo, James no parece tener miedo. Os pongo la página clave donde la historia toma un giro vital para James-Iron Man:




James va a tener entonces un verdadero insight, una toma de conciencia brutal que le hará gritar, llorar y temblar en todo su ser: es esa armadura que le ha dado seguridad en multitud de ocasiones, tan molona (pensaba él), con la que puede volar, tener poderes y salvar al mundo una y otra vez, la que le está precisamente provocando las jaquecas. La que le está matando. Mientras tanto, Shaman simplemente espera, acompañando que no guiando, a que sea el propio James el que entre en una nueva etapa en su viaje de autoconocimiento. Lo hace; se da cuenta de que la armadura, la coraza, le ha protegido del exterior pero también de su propio interior, ocultándole partes de su ser, de su historia, que preferiría no conocer porque quebrarían la imagen de perfección que la armadura le ha ayudado a construir. James se había identificado hasta tal punto con su armadura que notaba que no iba a ser nada sin ella; creía incluso que no hay nada detrás. El cuerpo le estaba avisando de que esto no era así, que era un ficción de su mente acomodada en la cobertura que le daba la coraza, y lo estaba haciendo en forma de fuertes dolores de cabeza. Le estaba avisando de que la armadura, que si bien durante un tiempo le ha sido útil para sobrevivir en el mundo, ha terminado por convertirse en una carga que ya no le permite ser él mismo. El episodio termina con James abandonando la armadura de Iron Man en esa otra dimensión ilógica. Liberado, respira tranquilo mientras se pregunta si todo aquello ha sido un sueño, si Shaman realmente ha estado allí con él. Un suave viento hace desaparecer estos cuestionamientos. Las jaquecas no están y puede pensar con claridad.

Noto que la armadura, con su correspondiente máscara, no es algo exclusivo de Iron Man. No siempre es tan evidente su existencia, porque pienso en armadura y me viene la imagen de una coraza firme, rocosa y pesada. Muchas veces sin embargo presenta una forma flexible, como una cota de malla. Es, de todos modos, igualmente rígida, en el sentido que siempre hace el mismo tipo de movimientos, las mismas estructuras de pensamiento, los mismos patrones de comportamiento. Como nos da seguridad, y ese es al fin y al cabo su papel, no vemos la necesidad de deshacernos de ella -de hecho, no creemos ni que exista, efectivamente pensamos por el contrario que somos esa armadura, que ésta es parte de nuestro carácter. Hasta que viene una crisis que nos desborda, una sensación profunda de que algo no va bien, que nos hace comprender que el viejo traje -y con él, las viejas ideas, las viejas creencias, las viejas reacciones- si bien nos ha servido en cierto momento del pasado para protegernos, no nos va a funcionar ahora, al contrario, es más bien una prisión a la hora de reaccionar con libertad en un mundo que es cambio constante.

Claro, no podemos abandonar la armadura como hace James en la historieta. Al menos no físicamente, pero sí de manera simbólica. Viéndola, comprendiendo porqué nos la pusimos y sobre todo llevando a cabo una desidentificación con la armadura. Al fin y al cabo, somo mucho más que un disfraz, ¿no?

Pre-proyectos y pre-maquetas



5 de septiembre de 2013


Antes que el cambio de los meses de diciembre a enero, el verdadero comienzo de año es para mí, y supongo que para muchos que organizan su tiempo en base al calendario escolar, el mes de septiembre. Sí, sí, ya sé, la vuelta al cole, despedirnos lentamente de la playa, coleccionables de punto de cruz entre otras montañas de basura potencial atiborrando los quioscos, todo eso y más ligado por un lado a un deseo de cierta rutina y, por otro, al de empezar nuevos proyectos para sacudirnos el letargo. En este sentido, un vago entusiasmo cubre cada una mis acciones. Es una sensación algo vacilante, ya que parece que una vez que me instale en la ciudad, que haya hecho la habitual ronda de saludos, quedadas y encuentros con todas las personas que me interesa volver a ver tras las vacaciones, que en fin se efectúe la puesta a punto, la fuerza con la que aparentaban querer nacer esos proyectos gestados en el veraneo rápidamente va a desinflarse y, más que proyectos, van a confirmarse simplemente como pre-proyectos, castillos en el aire. Total, era muy difícil, para qué lo vamos a intentar, todo un clásico. El calor y la parcial apatía del verano parecen extenderse sin solución de continuidad. 


¿Qué impide que las ideas bajen de la cabeza y se concreten en algo físico, terreno? Básicamente creo que existen dos obstáculos que además se entremezclan y apoyan entre sí. Uno sería la dispersión, que puede tener forma de duda continua y replanteo mental constante o bien la necesidad de preparar planes B alternativos, constantes, por si la primera opción falla -los planes entonces pueden ser B, C, D y así hasta el final del abecedario-. El otro obstáculo, que comienza muchas veces una vez concretado un tanto el pre-proyecto, aunque otras veces sólo existen en nuestra imaginación, son las propias trabas del sistema, la exasperante burocracia, el secretismo de una administración que realmente en ocasiones no facilita las cosas y alimenta una frustración, incluso pereza, que te hace desaparecer del proyecto. Un poco como... la secuencia de la propia desaparición física de Tuttle, el personaje de Robert De Niro en la película Brazil de Terry Gilliam. Devorado por el papeleo...

Otra película: hace poco volví a ver Little Miss Sunshine, a verla y a emocionarme con ella de nuevo. En esa visión del mundo comercial de cierta clase socioeconómica norteamericana, una visión por lo demás que tendemos a imitar también a este lado del Atlántico, donde el ente social y las propias relaciones se estructuran rígidamente en base al binomio vencedores y vencidos, éxito y fracaso, la pequeña Olive, viendo lo que le rodea en su ambiente familiar -su padre un motivador profesional desmotivado y casi arruinado, un tío con tendencias suicidas, un hermano adolescente depresivo e inadaptado- le pregunta tiernamente y muerta de miedo a su abuelo, expulsado del asilo por traficar heroína, si ella es (también) una fracasada. El abuelo le responde que el fracasado no es el que no consigue logros, sino el que no lo intenta. Olive, la más grande de todos, puede entonces dormir tranquila. El abuelo... también, no digo más para quien no haya visto este precioso cuento moderno.



Olive y su familia (se incluye la furgoneta) en Little Miss Sunshine, mis perdedores favoritos.


«Lo que sigue importando para mí es hacer las cosas». Esta frase es de sentido común, la dice mucha gente, por ejemplo, una de las artistas españolas que mejor me cae, Esther Ferrer. Me gusta de todos modos desde dónde lo dice: no desde la dispersión, lanzando anzuelitos a diferentes aguas a ver dónde pican; tampoco por el mero hecho de romper la desidia. No, no habla del hecho maquinal de hacer, de producir febril-fabrilmente, sino de atreverse a hacer. Y atreverse a fluir en el proceso de hacer, a dejarse sorprender por el misterio de lo que pueda venir. Pero empezar y no quedarse en las ideas; creo que el quedarnos bloqueados fabricando ideas sin intentar materializarlas genera un efecto similar de insatisfacción en nuestra persona que la propia actividad de hacer cosas por hacer, por llenar un vacío. Al pre-poyecto propongo entonces siguiendo a la Ferrer las pre-maquetas. Al menos estas implican una fisicidad, además de una primera visualización, como ella comenta en el video que adjunto:

«... en el pensamiento los inconvenites no son más que teóricos y los accidentes, no existen; y cuando te pones a hacer la maqueta... ahí hay el accidente [...] todo está mal hecho y tal pero la idea está ahí.»





Hoy estoy optimista. Ánimo con el septiembre.

La escalera de Rocky


2 de agosto de 2013


Franka Potente, embalada por el Oberbaumbrücke de Berlin en ¡Corre, Lola, corre!

Quienes me conocen, quienes tienen un trato más o menos cotidiano conmigo, saben que desde hace ya un tiempo, cosa de unos 6 meses o así, me ha dado por ir a correr. Antes de esa fecha, si me preguntabas por aquello de qué haces en tu tiempo libre, para nada habría nombrado esa actvidad, es algo entonces relativamente nuevo para mí. En un principio, en mis primeras salidas, aguantaba bien poco, unos 10 minutos como máximo, no daba para más después de varios años sin hacer ejercicio continuado, pero pasadas unas semanas corriendo casi todos los días, fui pasando gradualmente a los 20, 25, después 30, hasta los 45-50 minutos que es lo que suelo correr en este momento.

Hablo de tiempo porque no sé exactamente cuánta distancia es la que corro; de hecho, he notado que en el mundillo de los corredores una pregunta muy típica que te lanzan cuando afirmas que a ti también te ha dado por ir a correr es la de ¿ah, sí, cuántos kilómetros corres? La verdad es que no corro para prepararme para algún tipo de competición, al menos no por ahora, así que no le presto atención a la distancia, aunque he estado corriendo hasta junio por la misma zona, la orilla del río en Sevilla, en un espacio que ya se me ha hecho conocido, incluso placentero, como un campo de juegos - ahora, con el verano, intento correr en lugares paralelos a la costa. Empecé a correr porque me apetecía retomar un cierto contacto con mi cuerpo, para sentir que ese cuerpo es parte de mí y lo cierto es que conforme más a diario corro, más voy conociendo cómo está, incluso en qué punto se encuentra. Todo esto fue casi sin darme cuenta. En este sentido, noté una mejoría en mi resistencia en esto del correr cuando ciertas frases que me martirizaban las primeras semanas del tipo te estás cansando, estás gordo, ya no puedes más, etc., frases que terminan por convertirse en un verdadero diálogo asfixiante y desmotivador, esas frases, esos ruidos en definitiva, en cierto momento dejan de sonar. A partir de ahí, más en relación con lo que uno es, sin ese estorbo mental que cansa más que la propia actividad física, empiezas realmente a correr.
 
Mi particular escalera de Rocky sevillana
No controlo por tanto ni la distancia ni a la velocidad a la que corro, pero sí que mido como ya he apuntado, aunque sólo de manera aproximada, el tiempo. Los minutos han sido el límite que he ido poco a poco intentando sobrepasar, no tanto para mejorar mi rendimiento como posible corredor de maratón, sino para dejar atrás a esas voces que con argumentos de lo más variado me decían que desistiera. Un poquito más, sí que puedes, y entonces un día que te encuetras pleno decides - ¡deciden! tus piernas, tu plexo solar que se adelanta a tu cabeza - esprintar y subir esa escalera que te ha estado retando, en realidad a tu ego, para lograr subirla en un abrir y cerrar de ojos, casi sin esfuerzo - y en mente, por supuesto, Rocky Balboa y su historia de superación personal.

 

Para medir el tiempo, en definitiva, oigo música mientras corro. Después, según las canciones que he escuchado, puedo calcular cuánto tiempo he corrido. Voy a nombrar algunas de las canciones que he estado escuchando estos meses mientras iba a correr. La lista, os podéis imaginar, es mucho más larga, pero me he dado cuenta que estas canciones las he escuchado más de una vez, vamos a a decir, porque me lo pedía el cuerpo... Eso y porque mi reproductor mp3 no tiene una memoria muy extensa...

Antes de irme a correr, y tras calentar un poco haciendo estiramientos, un momento clave para mí es precisamente encender el aparatito y decidir con qué canción empiezo el trote. Es importante, pienso muchos días, empezar con un ritmo nítido, evidente, que permita bien tomarle el pulso al pavimento. Necesito entonces música rock - el flamenco, que me encanta, definitivamente no es para correr, lo he intentado alguna vez pero me pongo a prestarle atención y no me sale. Si tengo que pensar en ritmo puro, básico, definición casi primaria de eso que llaman rock recurro a Creedence Clearwater Revival. El grupo de John Fogerty fue una de las bandas que realmente despertaron ya en mi infancia una pasión por la musica rock que todavía sigue viva, y esa pasión prendió mecha para no apagarse en parte cuando mi padre me permitió descubrir su colección de singles que guardaba en un mueble bajo el tocadiscos. Desde entonces, es una música a la que acudo cuando no sé qué quiero escuchar, pero sí que me toca una vuelta a las raíces: el hecho de hacer sonar a la Creedence me transporta a veces a ese momento de escucha inicial en el que mi mundo era reducido, no había internet y tenía que investigar a fondo los que había en mi casa. Siempre le estaré infinitamente agradecido por ello a mi padre, por mostrarme esos tesoros.

De entre las muchas canciones, Fortunate Son. Auriculares puestos, le doy al play, primeras zancadas por la calle... Pum pum pam, pum pum pam, pum pum pam...




Hay días en los que ir a correr supone para mí una descarga extra de agresividad, un poco sudar toxinas. Esos días conviene apretar un poco el acelerador del rock´n´roll, para lo cual me alío con AC/DC, concretamente mediante otro disco al que desde que lo escuché por primera vez no he dejado realmente de volver una y otra vez. Me refiero al Back in Black, el primero con el segundo cantante oficial de la banda australiana, Brian Johnson -sí, sí, el de la gorrita-, y uno de los discos más vendidos de toda la historia del rock, por supuesto de los más exitosos del grupo de los hermanos Young y compañía. Con él los AC/DC encontraron finalmente la fórmula mágica, ese estilo siempre reconocible en sus canciones que hacen que todas se parezcan entre sí, pero que no por ello las desprecias, al contrario, haces al final que te digas haciendo los cuernos con la mano "bueno, es AC/DC, ¡rock´n´roll!". Ese éxito, que llega hasta hoy en día, con conciertos a reventar de un público compuesto por al menos tres generaciones diferentes, se consiguió posiblemente, se dice, no soy yo el que lo asegura, a través de un pacto con el demonio, ya que pagaron el altísimo precio de la vida de su anterior cantante, Bon Scott, a quien dedican casi de manera morbosa este disco por lo demás bailongo, sexy, divertido... genial.

Álbum que me he escuchado entero alguna vez corriendo, a mí me pierde de todos modos Shoot to Thrill. Recomendable acelerón final a partir del minuto 4:05 y escupitajo para terminar la carrera.




Desde Rocky y su banda sonora, la música pop-rock de finales de los 70 y especialmente de principios de los 80 se ha mostrado muy apropiada para poner sintonía a eventos deportivos y actividades físicas de todo tipo, quizá por el carácter despreocupado y facilón, nada reivindiactiva a nivel temático ni compleja en cuanto a estructura musical que caracteriza a la música comercial de la época, como para demostrar que el mundo, es decir, la sociedad frenética, autocomplaciente y consumista del momento, marchaba bien. En este sentido alguna vez me he visto tentado de escuchar músicas de este tipo cuando me he ido a correr. Nunca me ha dado por escuchar corriendo el Eye of the Tiger, pero sí grupos de ese periodo musical tan festivo, aunque de más riqueza musical como los canadienses Rush. Escucharlos me produce alegría, de hecho cuando lo hago mientras corro son de esos días en los que miro a la gente y sonrío durante la carrera. El mundo puede ser un lugar feliz en algunos temas en los que canta la voz aguda y amistosa de Geddy Lee.

En homenaje a esa época de la radiofórmula, The Spirit Of The Radio.





Los Sigur Rós, corriendo
Si hay días de rabia, de mucho calor o viento de levante, los hay también de calma, de cielos nublados, de suave llovizna en los que te apetece más correr a medio tiempo. En esos días pongo con gusto el disco más pop, además de uno de mis favoritos, de la original banda islandesa Sigur Rós, el llamado Með suð í eyrum við spilum endalaust, traducido algo así como "con un zumbido en nuestros oídos tocamos eternamente", verano en el norte. Los pellizcos al bajo, al unísono con el bombo de la batería del inicio de Við spilum endalaust ("tocamos eternamente") hacen que vuele a cada paso que doy en mi carrera esas mañanas y tardes de nubes serenas.






De hecho, sobre todo si es por la mañana o al final de un día de muchas idas y venidas mentales, en esos días me apetece empezar la carrera de manera un tanto pausada, quizá para ir subiendo gradualmente, quizá, por otro lado, para quedarme ahí: en esos días algunas veces no escucho nada de música y estoy a gusto con sólo mis pasos y mi respiración. Si de todos modos estoy en ese estado y quiero escuchar algo, mi tema estos 6 meses ha sido el Marathon de Heatless Bastards. Amigos de para mí uno de los grupos más divertidos de la escena americana actual, los también de Ohio The Black Keys, la banda de Erika Wennerstrom me emociona muchas veces también por sus letras, sencillas pero que tocan esos temas nucleares como la búsqueda de un hogar, el volver a empezar, que te plantean un poco precisamente el porqué corremos.

Me encanta de todos modos cuando Erika, al final del Marathon, afirma con decisión:

I´m on my way, I´m on my way, 
I´m on my way... HOME.




La lista, como dije, no está completa. Se admiten sugerencias.

El mínimo equipaje posible



Conil, 7 de julio de 2013


Muchas veces, cuando voy a mudarme, pienso que por el simple hecho de cambiar de residencia todo va a ir a mejor. Todo lo incómodo, pesado, difícil, va a quedar atrás, en mi anterior casa, y nada de eso me va a acompañar a mi próximo destino. En realidad, y esto creo que lo saben todas las personas que hayan hecho una mudanza, las mismas preocupaciones, miedos o inseguridades que teníamos ya al empezar el viaje, desde nuestro punto de partida, pueden estar esperándonos nada más abramos la puerta del nuevo hogar. Vamos, que viajan con nosotros y nosotras. Esto pasa siempre y cuando hayamos puesto en ese cambio de casa el deseo de solucionar, si no todos, al menos la mayoría de nuestros problemas. Al fin y al cabo, es una huida de un presente insatisfactorio a un futuro prometedor. Ahí está la verdadera gran evasión, un futuro que siempre se vuelve inalcanzable y una mirada al pasado que en muchas ocasiones, desde esa perspectiva, se carga de la melancolía de lo que pudo ser.


Si hablamos de un cambio de residencia a otro país, estas ilusiones, expectativas, incertidumbres, como se quieran llamar, sobre el ir a mejor se ponen aún más en evidencia. Y si se produce un ir y venir, un dejar personas y motivaciones en una orilla y empezar proyectos en la otra, la intensidad de las vivencias puede tomar la forma de conflicto. La sensación de separación, de no pertenencia, lleva a veces a entristecernos, a enfadarnos, a proyectar nuestras frustraciones personales en el país "de acogida", al ver que ese nuevo destino no ha cumplido nuestros deseos. Amin Maalouf, libanés que vive en Francia, autor de populares novelas históricas como Samarcanda o León el Africano, cuenta desde su propia experiencia en un librito llamado Identidades asesinas ese extrañamiento de la persona migrante que vive a caballo entre dos aguas. Cuenta también cómo esas insatisfacciones personales pueden generar insatisfacciones entre colectivos, entre naciones. 


En la medida en que somos el mundo, el conflicto interno se hace externo, y esta confrontación, apunta Maalouf, está en el origen de la guerra. Por contra, en la medida a su vez en que no hacemos separaciones e integramos en lo posible lo que nos pasa, participamos más, es decir, somos parte, pertenecemos al planeta y a la realidad. Usted es el mundo.  


«La cordura es una estrecha senda que discurre por la cresta de una montaña, entre dos precipicios, entre dos concepciones extremas. En el caso de la inmigración, la primera de esas dos concepciones extremas es la que ve el país de acogida como una página en blanco en la que cada cual puede escribir lo que quiera, o, peor aún, como un solar desocupado en el que cada cual puede instalarse con armas y bagajes, sin cambiar lo más mínimo sus gestos y sus costumbres. En la otra concepción extrema, el país de acogida es una página ya escrita e impresa, una tierra cuyas leyes, valores, creencias y características culturales y humanas ya se habrán fijado para siempre, de manera que los inmigrantes no tienen más remedio que ajustarse a ellas.

A mi juicio, estas dos concepciones son por igual carentes de realismo, estériles y nocivas. Podría decírseme que las he presentado como una caricatura. No lo creo, por desgracia. Además, aun suponiendo que efectivamente así fuera, las caricaturas no son inútiles, pues nos permiten calibrar lo absurdo de nuestras posiciones si las lleváramos hasta sus últimas consecuencias; habrá quienes seguirán obstinándose, pero los que tienen sentido común darán un paso adelante hacia el evidente terreno del punto medio, es decir, que el país de acogida no es ni una página en blanco ni una página acabada, sino una página que se está escribiendo.»



Dedicado a mi amigo Carlos P., que hará un año, por esta zona del sur de Europa cerquita de África, me habló de este libro.

Falsas experiencias


19 de junio de 2013



Inauguro con esta entrada una nueva sección en el blog. La idea es dedicarla a unir dos temas que me gustan, los viajes y los libros. Ambas cuestiones se encuentran pienso que relacionadas con un par de preguntas que, últimamente lo estoy viendo, son las que las más de las veces me hacen tanto leer como viajar: ¿qué es posible conocer del mundo? y, a su vez, ¿qué es posible, qué puedo, conocer de mí? Los fragmentos que me gustaría citar aquí pertenencen a obras que me han recomendado, libros entonces a los que les tengo especial cariño no sólo por el texto en sí, sino también por venir de quien vienen, por recordarme a ciertas personas y a lo que he vivido con ellas.


Corto Maltés, experto en eso de viajar por el mundo, historias, mapas de todo tipo y por no creerse nada.


No soy Stiller es un libro del suizo Max Frisch. Al protagonista, el tal Stiller -¿o no es él?-, lo encarcelan nada más llegar a Suiza desde Estados Unidos, acusándolo de estar implicado, entre otras cosas, en una importante operación de espionaje internacional. Stiller insiste una y otra vez, al contrario de lo que le dicen todas las personas que van a visitarle a la cárcel, en que él no es la persona que buscan, que ni siquiera se llama Stiller, que están cometiendo un terrible error. Lo que sigue es para mí una sentida reflexión sobre la construcción de lo que percibimos; sobre cómo la cultura, la educación, lo que hemos leído o visto, lo que nos han contado en definitiva, interfiere en nuestra visión del mundo. El exceso de ruido e información contamina nuestras vivencias, hasta el punto de dudar de no ya si son verdaderas sino incluso de si son nuestras. ¿Hemos vivido realmente eso que estamos relatando o es algo que nos viene de prestado, de algo que hemos leído o escuchado? La narración de esas experiencias por parte de Stiller, hombre viajado y de mundo, repleto de experiencias, a un tercero no hace sino aumentar su/la incertidumbre, hasta el punto de desconfiar de su propia identidad, de quién es. Frisch nos plantea lo difícil que es precisamente saber verse a uno mismo y al mundo más allá de versiones oficiales, de imágenes y descripciones prototípicas, de la red cultural en la que nos hallamos atrapados.

Os dejo con las notas del diario de Stiller.


El Sha de Persia
«El doctor Bohnenblust, mi defensor de oficio, tiene naturalmente razón: por más que le cuente cien veces cómo se desarrolla el incendio de una aserradora californiana, cómo se pintan las negras en América o cuál es el color de Nueva York cuando en un anochecer coinciden una nevada con un temporal (se da este caso) o cómo hay que componérselas para desembarcar sin papeles en el puerto de Brooklyn, no le demuestro que haya estado allí. Vivimos en la era de las reproducciones. La mayoría de las imágenes que tenemos del mundo no las hemos visto con nuestros propios ojos o, mejor dicho, las hemos visto con nuestros propios ojos, pero no en su propio lugar: somos auditores, espectadores y conocedores de lejos. Se puede no haber salido de nunca de esta pequeña ciudad y tener todavía intacta la voz de Hitler, ser capaz de reconocer al sha de Persia a tres metros de distancia, saber cómo brama el monzón en el Himalaya o qué aspecto tiene el mar a mil metros de profundidad. Hoy en día todo el mundo puede estar al corriente de todo, y, sin embargo, yo no he estado nunca en el fondo del mar ni me he acercado (como los suizos) a la cima del Everest. Con la vida interior del hombre ocurre lo mismo. Todo el mundo está enterado de todo. ¿Cómo diablos he de poder demostrar a mi abogado que no debo el conocimiento de mis instintos de asesino a C.G. Jung, el de los celos a Marcel Proust, el de España a Hemingway, el de París a Ernst Jünger, el de Suiza a Mark Twain, el de México a Graham Greene, el del terror a la muerte a George Bernanos, el de la imposibilidad de llegar a nada a Kafka y el de una cantidad de otras cosas a Thomas Mann? Y ni siquiera hay necesidad de haber leído a todos esos autores, los llevamos dentro a través de nuestros amigos, que, a su vez, viven perpetuamente de plagios. ¡Qué época esta! Ya no significa nada decir que uno ha visto peces espada o que ha amado a una mulata. Todo eso se puede haber visto en una buena mañana en una película documental. Tener ideas es algo imposible. Resulta ya muy raro encontrar en esta era un cerebro que se limite a un solo tipo de plagio, y ello es prueba de personalidad, ver el mundo a través de Heidegger y sólo a través de él; nosotros, los demás, flotamos en un cóctel que contiene un poco de todo, sabiamente mezclado por Eliot, y de todo sabemos un poco, pero muy poco, de manera que ni siquiera nuestros relatos del mundo tangible demuestran nada. Para nosotros ya no existe ninguna terra incognita (excepto Rusia). Por consiguiente, ¿a qué tanto hablar, si no demuestro que lo que digo lo he vivido efectivamente? Mi abogado tiene razón. Y sin embargo...»








¿Por qué no lo muevo yo?


27 de mayo de 2013


Quiero hablar hoy un poco de música. No pretendo de todos modos redactar aquí una entrada sobre la escena musical, sevillana, alternativa o de lo que sea. Por muy aficionado que sea a la música, considero que hay personas preparadas y al día que se dedican a eso que lo cuentan mejor que yo y os van a dar información más certera. Sí que quiero de todos modos hablar precisamente de los proyectos recientes de una persona con la que he compartido escuchas, discos, conversaciones y sobre todo la pasión precisamente por esa forma de conexión que parece que, se ha dicho en alguna ocasión, puede salvar al mundo que es la música.



Un domingo cualquiera, La Isla, hace ya más de diez años. Bastante más. Por aquella época, tras el almuerzo, la perspectiva de una tarde de domingo solía ser nefasta: casi todo cerrado, el "modo lunes" prácticamente activado, con algunos amigos que ya se habían vuelto a la ciudad donde estaban currando o estudiando, las calles más solas que de costumbre. Una posibilidad ante el tedio era pasarte por casa de David Cordero. Para mí poco a poco se fue convirtiendo en algo más que echar el rato por no estar en casa de mis padres. Allí pude -pudimos- descubrir bandas, canciones, grabaciones, géneros musicales, que en mi vida pensé que existían y que me fueran a gustar. Siempre presente en mi recuerdo de esas horas un póster, que no me cansaba de mirar y que se convierte en mi memoria en un compañero de viaje más de aquellas tardes. Era un póster con la portada de un disco de Bonnie "Prince" Billy titulado I see a darkness. Estuviera o no ese póster después de las primeras veces que fui a esa casa, lo visualizo inmediatamente cuando pienso en ese tiempo. Del mismo modo, me viene con la fuerza de una escena de película el recuerdo de estar con David y un par de amigos o amigas más tumbados, en el suelo o el sofá de la habitación, mientras escuchábamos lo último o lo primero de Lambchop o Tom Waits y el humo de los cigarros iba desapareciendo conforme llegaba al techo. Arrullados casi por la música. En pleno descanso.


Domingos y más días: de repente se formó allí un proyecto musical, una banda que los aficionados a la música alternativa nacional más melancólica conocerán y que se llamó Úrsula. A David, me consta, lo ha dicho en algunas entrevistas, ya le pilla lejos; también sabe que a muchas personas nos marcó. Junto al gusto de escuchar una música que siempre me pareció de calidad y honesta, estuvo siempre la ilusión de ver cómo un proyecto se materializaba y hacía posible. También, la alegría de ver crecer a un amigo.




La historia de Úrsula, las idas y venidas de integrantes del grupo, algunos de ellos muy implicados en ciertos momentos con el proyecto musical, es compleja y terminó hará unos dos o tres años, cuando David ya no le vio sentido seguir firmando como Úrsula producciones que eran ya mucho más personales. Se cerraba así una etapa y empezaba otra.

Quiero volver un momento a ese póster del I see a darkness. Entre las canciones que figuraban en ese álbum, había una llamada Knockturne, una especie de nana siniestra que en realidad escondía una bonita canción de amor. Pues bien, esta canción ha dado nombre a una de las últimas aventuras musicales de David Cordero, un sello discográfico. Knockturne Records surge así como una apuesta por parte de David y sus socios fundadores de difundir un tipo de música que les mueve, les gusta. Intentar que algo que les parece interesante, en este caso cierto tipo de bandas metaleras y oscuras de Sevilla, lo pueda conocer cuanta más gente mejor. Reproduzco una frase de David que aparece en la entrevista que le hicieron en el Diario de Sevilla en relación al origen del nuevo sello:

Fui a ver un concierto de Blooming Látigo con su nueva formación, con la que grabaron el álbum, y me quedé sorprendido. Hacía bastante tiempo que un grupo de por aquí no me dejaba en directo con la boca abierta. Los conocía y les dije que me había gustado mucho su disco. Me pidieron que les hiciera alguna remezcla y les remezclé el disco entero. Cuando conseguimos terminar las tres canciones que van en el primer epé comenzamos a moverlo, pero nadie se interesó. Así que llegas a la conclusión: ¿por qué no lo muevo yo? Ya era hora. Siempre había tenido la idea de montar mi pequeño sello, pero no tenía claro qué sacar. Ahora sí.

Creo que este párrafo recoge muy bien una idea que he defendido en otras entradas del blog relativa a repensar hasta qué punto necesitamos del marco concreto de una institución, el apoyo de un oficialismo, el censo de un ente al que no le interesamos para sacar adelante nuestros proyectos. Todo esto me gusta también porque es un ejemplo cercano, parte de mi historia personal, de otra de las intenciones con las que surgió este blog de dar cabida y desarrollo a esas iniciativas de personas que aprecio. Y David es precisamente una de esas personas a las que admiro. Por hacerme descubrir música, por aprender con él, por compartir tanto.


Por muchos años, haga lo que haga.



P.S.: me parece importante despedirme con música, os dejo con la versión que de I see a darkness hizo uno de los grandes de la música americana, Johnny Cash, luz en la oscuridad:









P.S. 2: La última foto de David que aquí aparece es por cierto de Cristo Ramírez, ya os hablaré de él.

«Esto no es para mí»: educación y museos (y II)



En 1968, el mismo año que Philip H. Coombs publicaba su informe-libro sobre la crisis mundial de la educación, aparece otro texto clave para la revisión de la enseñanza, La vida en las aulas, de Phillip Jackson -por cierto, no confundir con el antiguo entrenador de basket de los Bulls o Lakers-. En este libro se menciona por primera vez un concepto actualmente bastante familiar para las personas que se dedican a la enseñanza. Aunque rechazado, ignorado, minimizado las más de las veces, al menos hoy en día este concepto está siempre planeando, directa o indirectamente, sobre las cabezas de la mayoría del personal de educación. En definitiva, se le reconoce su existencia. Me refiero a lo que se conoce como curriculum oculto. Os dejo con la descripción e interpretación del asunto que hace una profesora universitaria de la que quiero hablar hoy, María Acaso:

El principal objetivo del curriculum oculto es perpetuar de forma implícita un conjunto de conocimientos que no resultaría correcto tratar de forma explícita a través del discurso educativo, por ejemplo, el posicionamiento del centro en cuanto a los sistemas de reparto de poder, el alineamiento con una clase social determinada o el privilegio de una raza, de un género, de una cultura, de una religión (además de muchas otras nociones, como un determinado tipo de arte, o un determinado enfoque sobre la historia o un sistema específico de entender las matemáticas, entre otras) sobre las demás. Pero sobre todos sus requerimientos, su principal objetivo es perpetuar las bases del sistema capitalista, es decir, perpetuar el actual reparto asimétrico del poder.


María Acaso se dedica a estudiar cómo funciona esto de la educación en los museos, de si es posible o no. Su propuesta es trasladar esa noción del curriculum oculto de las escuelas y universidades, es decir, de la realidad propia de la educación formal -ver post anterior- al ámbito de los museos. Existe así, según ella, un curriculum oculto visual. Muy en resumen, no es otra cosa que el antiguo tema de la imagen y su intencionalidad. Nuestra forma de hablar, movernos, vestirnos, la decoración de nuestra casa, los libros, pelis, series etc. que vemos y de las que (y cómo) hablamos, transmiten al fin y al cabo una serie de creencias y sistemas de valores que esperamos sea bien recibida por interlocutores ideales a los que queremos satisfacer. Seamos conscientes de ellos o no, nos movemos en una sociedad mercantilista que provoca el que nuestras relaciones se establezcan en base al escaparate que presentamos. El que nos dirijamos a los demás mostrando sólo aquello que consideramos digno de vender, perdón, de ver. Como dice la propia María Acaso, «básicamente todo lo que hacemos está organizado desde la direccionalidad porque cuando decido poner o no cebolla en la tortilla de patatas estoy (inconscientemente) pensando en la reacción de deseo de quien se la comerá».

Al igual que las personas, el museo, siguiendo en definitiva una estrategia cercana a la mercadotecnia, también habla, se decora, se viste, de una forma precisa con el fin de satisfacer a un espectador ideal, ese que se amolda perfectamente a los intereses y expectativas del propio museo. Margaret Lindauer, otra investigadora de los museos, explica muy bien qué es esto del espectador ideal mediante su clasificación de los tipos de visitantes de museos. Así, distingue Lindauer entre un "visitante tipo" que representa el promedio de todos los usuarios del museo en términos de educación, estatus socioeconómico, identidad étnica o racial, y un "visitante ideal", aquel que ideológica y culturalmente se siente cómodo con la información presentada en la exposición. Y aquí pienso que falla algo: si el museo está al servicio de la sociedad y su desarrollo, entendida esta sociedad en su conjunto, sin distinciones, ¿por qué entonces prefiere un tipo de visitantes concreto, excluyendo a otros? ¿No se abren las puertas de las colecciones de los antiguos estamentos privilegiados para que todo el espectro social pueda disfrutar de algo, recordémoslo, que es suyo? ¿No existía en el museo la misión de educar? Atención, no me parece mal que el museo adopte técnias del mundo del marketing para atraer a más visitantes, lo que no me parece bien es que se aproveche esta circunstancia para desarrollar un curriculum oculto en definitiva excluyente.

Acaso y Ellsworth, a dúo.
María Acaso ha colaborado con la experta en comunicación Elizabeth Ellsworth con el fin de intentar aclarar cómo los museos escogen a sus visitantes, mediante por ejemlo el curriculum oculto visual. Ellsworth constata que es muy difícil escapar de esa intencionalidad, direccionalidad dice ella, con que se construyen los museos, la enseñanza y toda nuestra industria cultural. Nada es desinteresado, ni siquiera el típico espacio del "cubo blanco", que muchos museos han incorporado como sistema de decoración aparentemente neutral, ya que éste se nos presenta como un espacio apropiado para cierto público aséptico y snob; se asocia así a un concepto de clase vinculado a la alta cultura.


Ante la inevitabilidad de escapatoria, la propuesta de Ellsworth, a la que se suma Acaso, es la de trabajar con modelos no resueltos. Un ejemplo de modelo resuelto, y cito de estas autoras, en el caso del cine, sería Pretty Woman. Es una película que plantea un modelo de direccionalidad excesivamente resuelto: o eres una princesa o eres una prostitua, no un poquito de cada según el día, todo muy blanco o negro. Otro ejemplo es un curso de formación de profesorado: o eres autoritario o eres "blando". Y ya en el ámbito del museo, María Acaso, junto con su equipo de investigadoras, y partiendo de la pregunta ¿quién piensa este museo que eres tú?, ha analizado de manera muy divertida una serie de museos muy populares con el fin de esclarecer sus respectivos curricula -perdón por el latinajo- ocultos visuales, haciendo ver además cómo éstos condicionan no sólo su visita, sino que incluso determinan un visitante ideal muy concreto. Así se enumeran los siguientes casos: la señora con abrigo de visón en los museos tradicionales como el Thyssen de Madrid; el freaky blanquecino en los museos supratecnológicos del tipo cubo blanco ya comentado como el LABoral; la madre de familia de 40 años en el museo como centro comercial que supone la Tate Modern de Londres; o la okupa de un museo como (falso) centro autogestionado ejemplificado en el Matadero de Madrid. Todos son buenos ejemplos de esa intencionalidad / direccionalidad cerrada, que acepta a un tipo de visitantes y margina a otros, manifestada en un curriculum oculto visual que se hace evidente y que enmascaran una visión a su modo ideal de la sociedad, en unas pedagogías «que el tiempo y la repetición vuelven invisibles». 


María Acaso en el Thyssen: ¿voy lo suficientemente bien vestida para entrar aquí?


Del mismo modo que resulta más que díficil derribar todo el sistema educativo y empezar de cero, es igualmente complicadísimo luchar contra estas imágenes de los museos, menos aún cambiar sus espacios, ya que como se ve una parte muy importante de la imagen de los museos es la propia envoltura física, su arquitecura. Lo que sí es posible es cambiar la manera de comunicarse, y esto es posible si no se busca un espectador-visitante (o estudiante en el caso de la enseñanza reglada) ideal que cumpla con ciertas expectativas. Fuera de moldes y patrones preestablecidos: de nuevo si la educación es para todo el espectro social, el museo también lo debe ser, y si bien su arquitecutra puede de primeras excluir a a algunos, al menos que sus prácticas educativas favorezcan la apertura. De lo contrario pueden darse situaciones como ésta que narra María Acaso, y que seguro que más de uno o una ha vivido, si no en sus carnes, al menos en las de un hijo, prima o estudiante y que se dan en los casos de modelos resueltos:

... la sensación de pequeñez que generan la mayoría de las entradas a los grandes museos [los llamados museos-templo], constituyen un sistema de comunicación que te obliga a situarte en una posición determinada, la mayoría de las veces estas entradas te están diciendo "eres un ignorante" y esta direccionalidad modifica por completo tu capacidad de aprendizaje porque, si quieres aprender algo, ¡¡te tienes que rebelar!! Tienes que decirle al museo: paso de ti.

Por contra, Ellsworth habla de que los modelos no resueltos te plantean muchas opciones y «dejan que el espectador decida». ¿Qué espectador? El espectador ideal, que sólo se siente cómodo según qué museo no, desde luego. De la clasificación de visitantes de museos que enumera Margaret Lindauer, hay un tercer tipo del que hasta ahora no se ha hablado aquí, que es el visitante crítico, un espectador que no se contenta con lo que le imponen desde fuera y que analiza, cuestiona, sospecha, siguiendo su criterio personal. Yo añadiría que, además de crítico -porque me parece una palabra a veces incluso arrogante-, un espectador abierto a recibir las opiniones de los demás: en este sentido espontáneo, no mecanizado tampoco por sus propios prejuicios. Esté en lo cierto o no, es el tipo de espectador que pienso cuadra bien con ese aprendizaje de la educación informal del que hablé en la primera parte de este post. Mediante acciones educativas no elitistas y en conexión con las historias reales de cada uno, los museos, pero también la escuela, la universidad, toda institución "encargada" de la educación en fin, podrán jugar un papel en la educación de ciudadanos abiertos al aprendizaje de experiencias y conocimientos no sólo formales. El diálogo entre todos los profesionales de estas instituciones, más allá de cumplir objetivos del curriculum (oculto u oficial), pienso que sería una condición indispensable para favorecer una transformación de la sociedad basada en el encuentro y la inclusión de cuantos más elementos mejor.

¿Que es difícil? Sí, del mismo modo que lo es cambiar como ya he dicho la enseñanza formal básica. Pero que es posible integrar, compartir e intercambiar modelos y estrategias, pues también. En los museos y en la enseñanza. En definitiva, en la educación.




P.S.: queda pendiente dedicarle una entrada al "otro" Phil Jackson. Os dejo con él a modo de despedida:


Un coach de los de verdad. ¡Gracias Phil por tanto buen basket!