Cuestión de escala


29 de octubre de 2016

«Proyectos, resopló Gauss. Chismorreos, planes, intrigas. Chácharas con diez príncipes y cien academias hasta que permitían instalar un barómetro en cualquier lugar. Eso no es ciencia.
¡Ah!, exclamó Humboldt, ¿y qué era ciencia entonces?
Gauss dio una chupada a la pipa. Un hombre solo sentado ante su escritorio. Con una hoja de papel delante de los ojos, acaso también con un telescopio, ante la ventana el cielo claro. Si ese hombre no se daba por vencido hasta que comprendía, eso quizá fuera ciencia.
¿Y si ese hombre emprendía viajes?
Gauss se encogió de hombros. Lo que se escondía lejos, en agujeros, volcanes o minas era azaroso y banal. Así no se aumentaba la comprensión del mundo.
Ese hombre del escritorio, dijo Humboldt, necesitaba por supuesto una mujer cuidadosa que le calentase los pies y le preparase la comida, hijos obedientes que limpiasen sus instrumentos, y padres que lo atendieran como a un niño. Y una casa segura con un buen tejado para protegerse de la lluvia. Y un gorro para que nunca le dolieran las orejas.
Gauss preguntó a quién se refería.
Hablaba en general.»


El Chimborazo, según Alexander von Humboldt


Este diálogo ficticio entre el matemático y astrónomo Gauss y el geógrafo y naturalista Alexander von Humboldt está extraído de La medición del mundo, libro de Daniel Kehlmann que novela la trayectoria vital de estos dos científicos de finales del XVIII y comienzos del XIX que, en un momento histórico justamente previo a la sociedad industrial y tecnológica, se acercaron quizá por ello de forma creativa a ese problema de cómo describir la realidad, el mundo. Se recoge además aquí una confrontación, la existente entre el saber teórico, basada en el cálculo, abstracto, sin necesidad de salir de los límites del estudio como hace Gauss, y el saber basado en la experiencia, la investigación a través del contacto directo con la multiplicidad de fenómenos de la realidad en el caso de Humboldt, el aventurero que atraviesa el Orinoco entre nubes de mosquitos o asciende el imponente volcán del Chimborazo.

Dos modelos paralelos, como las vidas de estos dos alemanes, pero que en algunos momentos se entrecruzan y se relacionan, como ocurre en la conversación con la que se abre esta entrada, sin que por ello pueda decirse que se comprendan. Los modelos aparentemente irreconciliables que cada uno de ellos representan en la novela parecen sentirse lástima cuando, más adelante en el texto y al estar los protagonistas ya en edades más avanzadas -y aunque encuentran un punto en común a la hora de entrar ambos en el estudio del magnetismo- piensen en lo equivocado que está el otro en su forma de aproximares al estudio de la realidad. Se reafirman cada uno en sus respectivos modelos. Nada los pone en duda en esta novela.

Hay, eso sí, un momento en el que Humboldt, en una expedición que realiza por Rusia -en la que por lo demás no puede moverse tan libremente como le hubiera gustado por el país por orden del zar, quien le ha encargado este trabajo-, visita a un lama en algún remoto lugar en la frontera con China. El encuentro no puede ser más absurdo. Con malos traductores de por medio, el lama le sugiere a Humboldt que sus investigaciones recorriendo el mundo, su búsqueda, no hacen sino perturbarlo todo sin producir nada. Le toca el pecho, y le dice que no hay nada. Después le pide el monje a Humboldt si puede resucitar a su perro. El científico le dice que por supuesto que no y, tras rechazar una invitación a tomar el té, se despide y prosigue su camino sin que aparentemente le haya afectado esta conversación.

Que quede claro que soy un fan total de Humboldt -Gauss lo conozco mucho menos, la verdad-. Pero creo que en el libro con esta historia marginal se plantea un buen tema; si en la novela Humboldt y Gauss son dos arquetipos casi de la ciencia europea, el lama aparece en estas páginas pues también como un arquetipo, en este caso de Oriente enfrentado a Occidente. Y si para cada uno de los protagonistas alemanes es a veces incomprensible el modelo del otro, más ajeno le es aún el saber que parece representar el lama oriental. El diálogo es aquí simplemente imposible. El intento de recordar que la curiosidad ansiosa, el afán por registrar y hacer taxonomías del cosmos que caracteriza a veces a la ciencia occidental puede ser su límite, se queda en eso, en un intento. Humboldt ni siquiera se va a acercar a ver qué tiene el perro, al igual que hace caso omiso a cuando el monje le ha tocado a la altura del pecho, es decir, el corazón. Tampoco Gauss, en Alemania, va pararse a mirar qué le está pasando en esa parte de sus ser. Ni el libro ni sus personajes van a cruzar esa puerta, la que va hacia el interior. En definitiva, todavía queda mucho por medir en el exterior. En estos casos, siempre me viene esa frase de que todo lo que hagas, lo hagas con corazón.

También aquello de pero, usted, ¿no es también el mundo?









Devolver la unidad del mundo


25 de julio de 2016



En un tiempo previo a la historia, milenios antes de la existencia del ser humano, Pangea suponía la única superficie de tierra que sobresalía de los mares. El hecho de que muchas plantas son endémicas de zonas del planeta hoy muy distantes se puede explicar por el hecho de que, precisamente esas regiones que actualmente se encuentran separadas por océanos, originalmente se encontraban unidas. Así ocurre con especies como los Podocarpus, un genero de coníferas ampliamente extendido por zonas templadas del hemisferio sur del globo; estos árboles son un auténtico fósil viviente que parece que existió ya hace unos 200 millones de años en Gondwana, uno de los dos súper continentes -el otro fue llamado Laurasia por los científicos- en los que se dividió Pangea y del que posteriormente surgirían Sudamérica, África, el Indostán o la misma Antártida. Ahí comenzó una separación que todavía hoy continúa.

Esa división tan artificiosa que los seres humanos hemos hecho de las cosas es negada constantemente por la propia naturaleza, con ejemplos como el de las plantas que acabo de nombrar. El mismo hecho de que hablemos de separación de continentes por la existencia de los océanos, nos hace olvidar que la vida continúan en la misma agua de los mares, agua de la que por lo demás surgió la propia vida. Que todo es una extensión, que todo está unido, es una idea que saben las plantas por experiencia pero que de todos modos a los humanos nos cuesta entender. 


Detalle de la tabla central de El Jardín de las Delicias de El Bosco. Según el historiador Hans Belting, este grupo de personas de diferentes colores, que están mirando hacia la tabla lateral del Paraíso Original donde aparecen Adán y Eva, se encuentran señalando su común origen. 

De esta manera de ver el mundo como un todo unificado se habló en la II edición que de los Diálogos en los jardines del Alcázar de Sevilla organizó Nomad GardenEl mundo es un jardín infinito, solo que nuestras mentes ya no lo ven así. Un paisajista y jardinero que en Nomad Garden gusta mucho, Gilles Clément, habla de cómo en algunos lugares elaborados por el trabajo humano, como puede ser un jardín histórico como el del Alcázar, podemos encontrar especies vegetales procedentes de rincones del planeta muy lejanos entre sí conviviendo; él habla en ese sentido de un Jardín Planetario, espacios pequeños donde reunir la mayor diversidad de especies posibles con el mínimo esfuerzo, al ser agrupadas por ser especies de condiciones climáticas similares. Así preservadas, como si de un Arca Vegetal, en lugar de la de animales de Noé, se tratase. Previamente, eso sí, ha sido necesaria una identificación de esas especies, un Índice Planetario, lo llama Gilles Clément.

La cuestión es precisamente esa, que muchas veces necesitamos un índice, una catalogación, un sistema, para recomponer un poco una realidad que a nuestras mentes humanas parece fragmentaria. Es entonces cuando comprendo que en el Paraíso existía la armonía porque todo se mezclaba sin límites, en un continuo: lo vegetal con lo animal, lo humano con lo natural, como en el Edén que describió El Bosco en la pintura de la que reproduzco aquí un detalle. Con el objetivo de recuperar algo de aquel equilibrio que percibimos como perdido, nos esforzamos en rescatar trocitos de ese orden, ensayando pequeños paraísos, recordando a veces lo que nos une. En un noble y esforzado intento de devolver la unidad del mundo.

Texto inspirado por un amigo, Heye J., del que hablaré en otra entrada.



Bajar la montaña. Recuerdo vivo de Antonio Pacheco



27 de abril de 2016



Ha cruzado la orilla. Se ha ido hacia la luz, al cielo. Ha vuelto a casa. Hoy ha dejado de estar en este mundo Antonio Pacheco Fuentes. He hablado de él, de sus textos, en otra entrada del blog, por lo que de alguna manera quería dejar aquí constancia de su paso a la otra vida. 

A Antonio lo conocí más allá de los libros y de toda abstracción, como guía y maestro, como compañero y como amigo. Nunca dejó de sorprenderme porque nunca estuvo en un pedestal. Lo he visto literalmente hacerse grande para entregarse a los demás y, de este modo, a sí mismo. Lo he visto también hacerse muy pequeñito, sintiéndose triste, enfadado y solo. En definitiva, lo he visto mostrarse, en todas las formas posibles, siguiendo esa frase de Terencio que a él muchas veces le gustaba citar, "nada humano me es ajeno". Esa fue la gran enseñanza que creo hizo como maestro, la de hacerte recordar, con todo el amor, que todos y todas al mostrarnos con honestidad, sin exhibicionismos ni engaños, somos maestros y maestras para los demás, que todos y todas somos despertadores, que si observamos con la conciencia y aceptación adecuadas podemos ver que somos, al fin y al cabo, uno. Que viene a ser, lo mismo. Más allá de nuestras pequeñas diferencias egoicas y de nuestros esforzados intentos por querer tener la razón.

Pema Chödrön, budista a la que también cité en esa otra entrada, cuenta un tanto simpática, de una manera que me recuerda a un Antonio para el que el humor siempre fue importante, cómo se ha mitificado esto de los maestros y del propio proceso de conocimiento. Ella habla de esa imagen típica del "despertar espiritual" como un viaje a la cima de una montaña, una ascensión durante la cual vamos dejando atrás nuestros apegos y nuestra mundaneidad para trascender. El problema de esta metáfora, dice Pema, es que vamos dejando atrás a todos los demás. El sufrimiento continúa igual, es una huida personal que no alivia nada. Más bien, concluye, el viaje se dirige hacia abajo en lugar de hacia arriba, como si la montaña apuntara hacia el centro de la tierra en lugar de elevarse al cielo. Por esos lugares se movía Antonio. No fue un sabio en las alturas. 

Por eso no se fue, y no está, Antonio solo. 

Es verdad eso que se suele decir en estas circunstancias, lo vivo ahora, de que siempre queda la sensación de haberlo tratado menos de lo que debía o de haberlo conocido un poco más. Pero en el fondo, si me paro a sentirlo, sé que esto es solo egoísmo por mi parte porque sé que cuando estuve con él lo doy todo y no es necesario pedir más. Es, basta. Solo hay gratitud. 

Se fue tranquilo, se despidió con amor, con conciencia. Como el escribió en sus últimos días:

 al final de mis días encontré la paz y la unidad, me reafirmé en el sentido de la vida en el que ya creía

Buen viaje, Antonio.

Gracias, gracias, gracias.



La casa del árbol


30 de marzo de 2016


Eva A. en su casa del árbol. Foto: Cristo Ramírez


Hace ya varios años, estando en la que por entonces era que su casa, ella sacó un libro de la estantería. Lo abrió, la observé cómo lo miraba con cariño para poco después levantar la cara de las páginas sonriendo y con los ojos llenos de luz. Con esa expresión, me invitó a leerlo juntos, era el Libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges. Recuerdo que estuvimos riendo y comentando los extraños personajes que allí aparecían, pasando de lo tierno a lo macabro tan rápidamente como se pasaba de una página a otra del libro, pero sobre todo recuerdo la sorpresa constante, esa sorpresa que solo niños y niños tienen cuando se acercan sin apenas juicio ni etiquetas a cosas, objetos, personas... Un fugaz momento de libertad compartida.

Eva A. es una persona que me hace conectar muchas veces con esa mirada de niño. No me refiero a un niño interior ideal, estoy hablando de esa capacidad de detenerse a contemplar las cosas como si fueran nuevas. Esto lo hace con una particular atención a lo minúsculo -me vienen a la memoria ahora muchas conversaciones con ella sobre detalles de pájaros que son casi puntos en un cuadro, sobre las flores más pequeñas o sobre cómo la luz incide en determinado edificio y crea expresivas sombras- que te lleva a descubrir las múltiples posibilidades del mundo. Todo se debe a esa sorpresa que he mencionado antes y que no hace sino despertar la imaginación.

Por todo ello, me alegro de que se haya atrevido ahora a dedicar gran parte de su tiempo/energía a trabajar con niñas y niños. La Casa del Árbol es el nombre que le ha dado a esta iniciativa, podéis ver algunas fotos de los talleres si pincháis aquí. Descontenta con el trato que recibe la educación artística en la escuela reglada, Eva propone a través de diferentes talleres un espacio en el que sus participantes no olviden algo que es fundamental en el mundo actual pero que paradójicamente el sistema educativo en más de una ocasión tiende a desprestigiar: la creatividad. Acercando a niños y niñas diversas técnicas que van del grabado a la pintura, pasando por el cine o la fotografía, usando buenos ejemplos de la historia del arte y con influencias como Paul Klee, los dibujos-objeto de Isidro Ferrer o los poemas visuales de Chema Madoz, Eva ayuda a estos niños y niñas con estos talleres a darle un espacio a la creatividad en su rutina. A que el pensamiento mágico, la imaginación, la creatividad, en fin, que nos permiten ser flexibles y fluir con la realidad en lugar de ser tan autómatas y esclavos de nuestras expectativas, formen parte de nuestra vida. 




Por cosas como esta Casa del Árbol, este blog subsiste y cumple ya tres años de vida.

Gracias Eva y mucha suerte.

Tú creces, yo crezco.



La posición donde estoy



22 de febrero de 2016


Piero Manzoni, Base mágica, 1961

Hoy he hecho un STOP. No es solo que me haya parado físicamente, también lo he hecho acompañando a ese detenerme en el espacio con una pausa en mi cadena de pensamientos. Me refiero a parar a esa charla, más bien monólogo, que hay en la cabeza que se ocupa de ir relatando -y juzgando- todo lo que estás haciendo, justificar o criticar -juzgar de nuevo en fin- lo que has hecho, e ir pensando en los siguientes pasos de que ocuparte en el futuro: cuando termine esto tengo que llamar a esta o al otro, y ahora a empezar con aquello que tenía pendiente, responder a ese correo, ir a comprar, en medio quizá retomar...

STOP.

Y me hago las preguntas. ¿Qué piensas? ¿De qué te (pre)ocupas? ¿Cómo te sientes, qué emoción hay,? ¿Qué te duele, qué zonas están más tensas y qué otras más relajadas? Cómo estás respirando? Mientras me hago estas preguntas, me doy cuenta cómo la cabeza intenta interferir proponiendo respuestas que se adecuen al relato que te estabas contando antes del STOP, procurando en definitiva darle al play otra vez y seguir con esos pensamientos, evitar precisamente el pararse. Descubro entonces con esos STOP muchas cosas, como que esas cadenas de pensamiento lo único que hacen es alimentar una emoción; por ejemplo, si estoy enfadado cualquier mínimo detalle de la calle, la gente, los horarios o el tráfico me molesta, y aunque puede que corporalmente ya no esté enfadado la queja constante de la charla de mi cabeza hace que siga enfadado; igualmente, si he tenido una idea brillante, me regodeo en las fantásticas aplicaciones futuras que tiene y en cómo todo mejorará desde entonces... mientras sin darme cuenta por ese cuento feliz que me hago desde la cabeza he ido caminando hasta llegar casi al borde de un precipicio... Así que sigo preguntando para responder con lo que tiende a salir de manera natural, sin filtrar, sin meter mente. ¿Cómo estás? En definitiva, estoy preguntando por la posición: ¿dónde estás?

El visitante Oscar Melano, convertido en escultura viviente al posar sobre una base mágica de Manzoni, 1968 [fuente: http://maxxisearch.fondazionemaxxi.it]




























Lo curioso es que esas respuestas que daba la mente, la que intentaba evitar el parar y confrontar lo que realmente estaba sintiendo, son siempre las mismas: son pensamientos que confirman la imagen que muestras ante ti y ante el mundo. Es tu forma habitual de pensar, tu tendencia, que no es natural sino robotizada, automática, porque intentas usarla independientemente de la situación  real y concreta que en ese momento estás viviendo.

Creo que eso ocurre porque has tomado una posición desde la cual interpretas el mundo y te dices: si el mundo es así, yo seré de esta manera -métase donde dice "así" lo que se quiera, por ejemplo "si el mundo es malo yo seré un niño bueno para que me dejen en paz y no me hagan daño"-, la cuestión es que esa posición es rígida, a no ser que tengas una crisis importante nada te lo hará cambiar. Eso genera un pensamiento igual de rígido, por mucho que en nuestra mente lo disfracemos de que somos una persona "flexible" o "espontánea", es parte de la imagen, del cuento que contamos y nos contamos. 


David Foster Wallace, 2005

David Foster Wallace, en una charla que dio a los graduados de artes liberales de Kenyon en el 2005, habla de que esta forma de pensar es una configuración por defecto -default setting- que cada uno de nosotros llevamos. Una selección de esa charla la podéis ver aquí, en un video que aunque edulcorado lo recomiendo para conocer lo esencial de su speech. El autor hace en este discurso un análisis sarcástico a la vez que sincero, muy desde su vivencia personal, de cómo funciona esa mente tramposa que no nos permite vivir la realidad si no es interpretándola desde la posición que haya elegido. El principal problema es que esa mente piensa que es el centro del mundo, y que todo lo que ocurre gira en torno a ella, pasa por ella, incluso ella es responsable de que todo tenga que funcionar. Habla también Wallace de cómo parándonos y poniendo conciencia -awareness- podemos elegir cambiar esa forma de pensar. Porque la mente en sí no es mala, ni buena, no va por ahí el tema. Solo es automática y cuando está en modo automático, eso sí, genera mucho sufrimiento. Por eso, se trata más bien de poner la mente a nuestro favor: la mente es un empleado excelente pero un amo terrible, dice Wallace, apelando al sentido común.

No es fácil, nadie dice que lo sea; lamentablemente, Foster Wallace de hecho perdió finalmente la partida con la mente y acabó suicidándose. En esta charla aún nos recuerda, aunque le cueste admitirlo -"no quiero hablar de la compasión ni de las virtudes", viene a decir- que la verdadera libertad pasa por salir de uno mismo, de la charla del ego, de la posición de la mente. Y ver a los demás viviendo en la misma realidad que el YO, más allá de sus juicios, comparaciones y de sus automatismos o configuraciones por defecto. Ser así más humano y menos máquina, más pendiente a lo que compartimos en lugar de si cumplimos o no los dictados o funciones de la mente. Es, lo decía también Wallace, el trabajo de toda una vida.

y todo con la simple conciencia; consciencia de lo que es tan real y esencial, tan oculto y a la vista de todos nosotros



La ciudad. Otras luces


30 de diciembre


Lámparas de aceite en los Huertos de Miraflores. Fotografía: Cristo Ramirez

No quería dejar terminar el año sin al menos recoger en el blog la última colaboración con Nomad Garden. Esta vez, fuera del Alcázar, implicando a más personas y en espacios alejados del centro turístico de la ciudad de Sevilla. Se ha trabajado con sus habitantes, personas que se han ocupado y se ocupan desde sus barrios de que la ciudad sea un espacio más amable para vivir.

Algunas personas y lugares lo hacen desde hace ya unos 30 años. Por ejemplo, en Miraflores y sus Huertas. Sergio R. y Salas M. lo explican, junto con otros participantes de la iniciativa, en este video:




Un total de 6 lugares diferentes de la ciudad, para muchas personas de la propia Sevilla realmente desconocidos, con la intención de elaborar 6 proyectos también diferentes de iluminación, participativa y creativa, han conformado Lucesdebarrio. Lo mejor es que la propia población de los barrios pudo implicarse activamente en los proyectos, que las personas se llenaron de ilusión; "no veía el barrio así de alegre desde que era pequeño"; "esto hacía falta", son frases que oyó comentar Fran P., de Nomad Garden, en una emocionada barrida de La Oliva, un proyecto por lo demás que funcionó genial por su continuidad: alguien más allá de Despeñaperros recogió las semillas nómadas que lanzaron al vuelo con globos desde este barrio -ver la historia en detalle aquí- que es un ejemplo de conservación del medioambiente a nivel vecinal, con un fantástico vivero que reúne una diversidad de especies botánicas mayor que el céntrico Parque de María Luisa.

Los barrios se configuran así como lugares que durante todo el año dan luz con sus actividades a la ciudad, por qué no entonces, ponerlos en valor, darles luz a ellos. La Oliva y Miraflores, sí, pero también las redes de Amate, las nubes de San Julián, las puertas abiertas de San Jerónimo y las telas iluminadas de las costureras de El Carmen han dado a la ciudad no solo un aspecto original sino que esto ha sido posible gracias a la colaboración ciudadana. Os invito a explorar la web. Las fiestas han transcurrido aquí de manera gratificante con la gente creando en lugar de solo consumiendo. Eso que se habla a veces de interactuar con el espacio...

Lucesdebarrio ha sido pues un reconocimiento a la labor de colectivos ciudadanos y barrios tradicionalmente desatendidos por la administración central. Por ello el proyecto debe ser también una invitación, a que la iniciativa no se quede en la foto oficial, que siga de alguna manera esa luz. Viene al caso decir, que sea como una semilla, como las que salieron flotando de La Oliva para llegar a otros lugares y ser recogidas para que la historia continúe.

Reconocimiento e invitación, agradecimiento y deseo. Las luces tenues, la música, la sorpresa de ver convertirse lo cotidiano en algo mágico al atardecer, el disfrute, mejor, el gozo a veces, de crear y estar con gente creando contigo... gracias. A Nomad Garden, también a los amigos Eva A., Manolo T., Pablo P., Cristo R. Que nos podamos ver en otra como esta.

Y que tengáis una luminosa entrada y salida de año.
Feliz 2016.


Percepciones de lo real


25 de noviembre de 2015


Buscando hoy la imagen que ilustra la entrada, me vuelvo a encontrar con la historia clásica, recogida por Plinio el Viejo en su Historia Natural, de la competición por decidir quién era el mejor pintor de Grecia. En ella participaron, en el siglo IV a.C., Zeuxis y Parrasio, dos pintores que han pasado por sus hazañas a formar parte del mito del genio de artista, pero de los que no se han conservado obras. 

Pájaro con cerezas, fresco en Pozzuoli, Italia, 200 d.C.
Los legendarios pintores tuvieron en fin la ocasión de enfrentarse para ver quién era el mejor de los dos. Zeuxis pintó entonces unas uvas con tanto realismo que unos pájaros se acercaron a ellas para intentar picotearlas. Por su parte, Parrasio había cubierto con una cortina su obra. Zeuxis acudió entonces a descorrer la cortina con objeto de conocer la pintura de su rival para darse inmediatamente cuenta de que esto era imposible por ser cortina la obra en sí: la pintura de Parrasio representaba una cortina. Zeuxis, confundido por el arte de su contrincante, tuvo que reconocer a Parrasio como el mejor de los dos, como el mejor pintor de Grecia.


Esta anécdota será relatada muchas veces a lo largo de la historia de la pintura occidental cuando se quiera hablar bien del naturalismo de un artista, es decir, de su capacidad de representar la realidad tal y como es y en sus obras. La cuestión es que esa representación veraz no es sino un engaño; el cuadro, diría un pintor ya moderno a finales del XIX, Maurice Denis, no es esencialmente más que una superficie plana cubierta de colores reunidos en un cierto orden.

La imagen del pájaro y la historia de Zeuxis y Parrasio me vinieron en mente al leer otra historia que recoge Michel Baridon en su libro sobre Los Jardines: Islam, Edad Media, Renacimiento y Barroco. Casi a modo de cuento, con este relato de una competición entre pintores chinos y griegos decorando el palacio de un sultán, concluye Baridon su bello capítulo dedicado al jardín islámico:


«Un día un sultán llamó a su palacio a pintores que vinieron unos de China y otros de Bizancio. Los chinos pretendían ser los mejores artistas; los griegos, por su parte, reivindicaban también la preeminencia. El sultán les encargó decorar al fresco dos muros enfrentados. Una cortina separaba a los dos grupos de competidores, que pintaron cada uno una pared sin saber lo que hacían sus rivales. Pero, mientras que los chinos empleaban toda clase de pinturas y desplegaban grandes esfuerzos, los griegos se contentaban con pulir sin cesar su muro. Cuando se retiró la cortina se pudieron admirar los magníficos frescos de los pintores chinos reflejados en el muro opuesto, que brillaba como un espejo. Y todo lo que el sultán había visto sobre el muro de los chinos parecía más bello en el de los griegos.»


La leyenda vive un poco del recuerdo de la anécdota que relata Plinio; quizá más sabia en esta versión, muestra en general esa recuperación del saber clásico que la cultura islámica realizó durante gran parte de la Edad Media. En cualquier caso, ambas historias hablan de los límites de la percepción y de lo convencional que puede ser  eso que llamamos lo real.