El Jardín Nómada


30 de diciembre de 2014


Mis jardineros nómadas favoritos


Desde que llegué a Sevilla, los Reales Alcázares, sus palacios y sus jardines, han sido siempre para mí lugares de los más especiales de la ciudad. Recuerdo cuando descubrí, siendo estudiante, que podía entrar en el lugar y retirarme un poco en algunos rincones del jardín a leer, escribir, a veces dibujar, para vivir la ciudad a otro ritmo, a un tiempo más pausado y recogido. 

Este año, Sergio R., Salas M. y Fran P. me propusieron conocer más los jardines de este entorno a través del proyecto Nomad Garden; me mostraron una espectacular cartografía botánica de los jardines del Alcázar a diferentes niveles -mapas de aromas, de floración, de alturas de las plantas, etc.- que celebraban la complejidad del jardín como espacio cultural y que eran el puente para generar un catálogo botánico, por qué no una aplicación digital. Me pidieron que les ayudara a elaborar las noticias históricas de las diferentes especies que allí se encuentran. Las plantas se convertían así en una oportunidad para viajar por el tiempo y el espacio, me explico, para hablar de las diferentes culturas que las habían traído al Alcázar y a Sevilla y además para trasladarnos a los lugares de origen de esas plantas. En gran medida, tomar conciencia de la riqueza vegetal que nos rodea y ponerla en valor. Interactuar, y no solo consumir, con el entorno.

El pre-proyecto dejó de ser una pre-maqueta -cuando uso estas palabrejas me refiero a esto-, en definitiva, se concretó: puede verse más información en el siguiente enlace aquí. Recientemente además hemos creado una extensión del trabajo en el Alcázar, surgida en parte de la necesidad de que las entradas de cada planta no se quedaran solo en la aplicación digital prevista para el Alcázar, sino que esas entradas pudieran gozar de más espacio, permitir así, de forma paralela a la colaboración con la propia institución, que el proyecto fuera creciendo. Este proyecto, el Alcázar Vegetal, lo podéis ver en:

https://alcazarvegetal.wordpress.com

Estoy muy agradecido por este trabajo y no podía dejar terminar el año sin reflejarlo aquí. Os deseo lo mejor para el próximo año.

Un feliz saludo.






Grande Raccordo Anulare (I)


14 de  diciembre de 2014


Circular por la ciudad de Roma, ya sea al volante o como peatón, como cualquiera que haya estado allí sabrá, ha sido y sigue siendo una tarea digamos que no apta para principiantes. En mi reciente visita a esta ciudad -en la que, como ya comenté viví una buena temporada-, me llamó la atención que ciertos rituales viarios que conocí entonces continuaran a día de hoy, más de diez años después, aún vigentes: la rapidez con la que la luz para peatones de los semáforos del centro cambia de verde a naranja, o el que este último color sea la única opción posible para los coches a partir de cierta hora de la noche en la que ya no se detienen, en definitiva, el bautismo de fuego que supone cruzar sin paso de peatones la Piazza Venezia. Es el centro histórico, cargado de una densidad, física sí, pero también cultural y simbólica, energética y de memoria, que solo puede dar un espacio que viene siendo habitado, visitado, odiado y reverenciado desde hace cientos de años.

No solo por el centro, también volví a frecuentar partes de la periferia, llena igualmente de recuerdos muy presentes para mí: un parque de atracciones que montan a veces en una plazoleta de Ostia Lido tiene un nivel de evocación y viaje de sueños similar a veces a mis encuentros nocturnos con un lugar tan emblemático como el Panteón, en la Piazza della Rotonda. Así, una manera de recorrer esa periferia de la ciudad es tomar con el coche el Grande Raccordo Anulare, GRA en la señalización de carreteras italiana. Imagino que construido para aligerar el tráfico casi imposible por el centro romano, el GRA es la autopista urbana más extensa de Italia, una autopista que, como decía el director Federico Fellini, circunda la ciudad de Roma como un anillo de Saturno, frase esta última con la que empieza un documental como Sacro GRA (aquí un poco de información) por entero dedicado a este peculiar símbolo moderno de identidad romana, y en el que por lo demás puede verse un poco el día a día de algunas personas que viven en los márgenes -es decir, lo marginal- de una gran capital tan llena de clichés como Roma.

El GRA está -también, cómo no- cargado de historia; por un lado, a quienes nos apasiona la Historia, así con mayúsculas, resulta muy sugerente ver cómo a medida que conducimos por él vemos desfilar una serie de desvíos que nos conectan con el centro histórico, desvíos que tienen los nombres de las carreteras de la época clásica con las que efectivamente coinciden en gran parte en su trazado y que son atravesadas perpendicularmente por el GRA. Nos recuerdan además que no vamos por una autopista cualquiera, sino que de nuevo y todavía estamos en Roma. El contraste en definitiva de ver nombres como Via Aurelia, Casilina, la Appia... en señalización moderna y no en antiguas placas de mármol como podemos haber visto previamente en el centro me produjo esta vez un efecto sorprendente, surrealista. Es como estar fuera del tiempo o, si se quiere, al borde del tiempo.

Por otro lado, el GRA está lleno de microhistorias, como las que se relatan en el documental, también de leyendas urbanas, como esa que dice que existe gente que se ha quedado atrapada en el GRA sin poder encontrar la salida, dando vueltas en un tiovivo gigante. El GRA se me antoja así como un vórtice alrededor de un centro del mundo, onphalos u ombligo como es Roma.

Así, no me parece casualidad que Fellini hablara precisamente de los anillos de Saturno. El planeta toma su nombre de la divinidad romana asociada al Tiempo, un dios que fue llamado Cronos por los griegos. Una cuestión espacial, física, se hace pues temporal con este nombre. El GRA me recuerda la circularidad del tiempo o, más bien, que siempre damos vueltas en torno a lo mismo


Trevor (Christian Bale) y María (Aitana Sánchez Gijón) en la cafetería del aeropuerto en El Maquinista (2004)

Recuerdo un sueño... Se escucha By this river de Brian Eno. La oí con mucha atención en la carretera, en cierto viaje nocturno por ese Grande Raccordo Anulare de Roma que de nuevo se me aparece en el sueño. Compartiendo una melancolía placentera, agradable. En el sueño tengo que llevar a alguien al aeropuerto, es de noche, como aquella vez en el Grande Raccordo Anulare, no una sino varias veces, y ver cómo esa persona se aleja. Entre medio de esas repeticiones, hablamos y nos contamos cómo estamos, más o menos nos ponemos al día, al menos nos dejamos contarnos cosas, hasta qué punto hay ganas de hablar realmente o salir del paso, eso no lo sé decir, una manera muy parecida a cómo Trevor en la película El Maquinista acude puntualmente, día tras día, a hablar con la camarera del aeropuerto. En el GRA, una luz de farola, otra, otra, van pasando, el piano de Brian Eno da ritmo a ese dejar atrás de las luces de la carretera. Yo siento que efectivamente, como dice la letra de la canción, voy respondiendo con expresiones de otro tiempo...

You talk to me 
As it from a distance
And I reply
With impressions chosen from another time, time, time,
From another time. 

La sensación de que estamos dando vueltas a un único tema, una sola cuestión. Y de encontrar un pasaje, una zona intermedia que ayuda a poner un foco de atención, que da luz sobre cuál es ese tema en torno al cual nuestra vida parece girar. Ver pues que estamos en el anillo y no en el centro, en una suerte de periferia y no en la esencia. Por qué no, esto nos da una alegre lucidez de dónde estamos. 

Una y otra vez


19  de octubre de 2014


Los Visitantes, conectados

Entro en la sala, oscura, un poco cansado de haber visto -y recorrido- la fascinante obra de Richard Serra. Lo que quería visitar a toda costa del Guggenheim de Bilbao, el viaje que te proponen las esculturas de metal de Serra, ya ha pasado y no tengo expectativas y quizá por ello me sorprende lo que empiezo a no solo a ver, sino también a oír: una pegadiza melodía, cadenciosa, lánguida, me hace dejar el embotamiento y cerrazón con las que venía. El sonido está amortiguado, susurrado más bien, y noto que viene de distintos puntos de la sala. Hay unas pantallas por las que tengo que pasar una a una para intentar comprender lo que estoy oyendo. En las imágenes que se proyectan, una casa noble y vieja, que conoció tiempos mejores, con un porche lleno de gente de aspecto nórdico, me da la bienvenida. Aires de fin de fiesta. A la izquierda creo recordar hay un hombre tocando la batería, veo después un joven que toca una guitarra eléctrica mientras una mujer duerme de espaldas a él, otro que toca un piano, en diferentes habitaciones de gusto decimonónico que, entiendo, son de la propia casa del porche... la melodía sube de volumen y noto que se hace más intensa en alguna de las pantallas: todos están tocando la misma canción. Aquí podéis ver en cualquier caso un fragmento.

La situación me recuerda un poco a la escena de la película Magnolia de Paul Thomas Anderson en la que los diferentes protagonistas entonan una misma canción, el Wise up de Aimee Mann, un ratito de luz y compasión con uno mismo que experimentan mientras todos están pasando por sus horas más bajas. La diferencia es que en la videoinstalación esa unión momentánea entre los personajes es más real, ya que pueden oírse unos a otros: observo que todos tienen auriculares, están de algún modo más conectados. Todo está así transcurriendo de manera simultánea, están tocando en soledad y juntos a la vez. El tema es repetitivo y muy sencillo, de pocos acordes, lo cual permite que la canción sea adornada con arreglos y variaciones por parte de cada uno de los instrumentos, enriqueciéndose a cada momento. Al poco, ya estoy tarareando la canción: una y otra vez caigo en mis maneras femeninas. Recorro la sala y compruebo que si me acerco a algunas de las pantallas puedo escuchar en detalle la voz y/o instrumento de la persona que allí se proyecta, es como recorrer la casa y acercarte a la habitación donde interpreta la canción esa persona. La canción es larga, me dicen después que 64 minutos que fueron grabados de un tirón. Es bonito ver cómo en todo ese tiempo a momentos cada persona entra o sale del tema, se relaja o se emociona. Me viene en ese momento que esta obra de video arte, al igual que la escultura de Serra, necesita del movimiento del cuerpo del visitante para acceder a ella, un movimiento que en ambas obras se hace de manera  espontánea, en la escultura guiado por las propias curvas del metal, en esta por la misma música. Es bonito así, y también, sentir que estás dentro.

Es triste y sedante, como los mejores temas de Bon Iver. Bon Iver, quien por cierto reparte letras de sus canciones en los directos para que todo el mundo las pueda cantar con él. Se dice que así el dolor es más soportable. La tristeza compartida.

No está Bon Iver pero sí que participan de todos modos aquí personas famosas del mundo de la música, islandesa en este caso. Algunos Sigur Rós o las gemelas de Múm acompañan en fin al artista que ha ideado la obra, Ragnar Kjartansson, que es por cierto el que está tocando la guitarra en la bañera. Escucho en la audioguía lo que motivó al artista islandés para realizar esta obra. La relación con la que entonces era su mujer estaba pasando por un proceso de alejamiento que finalmente terminaría con la ruptura. Para hacer más llevaderos estos momentos el artista decidió componer una canción. Lo hizo a partir precisamente de unos versos de su exmujer. Invita amigos músicos para grabar el tema, los Visitantes que vienen a la decadente mansión donde tiene lugar la grabación de como ya he dicho 64 minutos en una sola vez. Fue en el 2012, por cierto en otoño, como ahora.

Leo en declaraciones a la prensa que Ragnar pretendía retratar la melancolía con esta canción. Uno de los efectos de la melancolía es la dejadez, la inacción cercana a la depresión. El hecho de que Ragnar pase los 64 minutos en la bañera no me parece casual al respecto.



San Juan de Gaztelugatxe

La entrada al Guggenheim y el inesperado encuentro con Ragnar Kjartansson y sus visitantes fue solo una parada más en el viaje que he hecho con mi amigo David C. por la costa del País Vasco. Es parte de un proyecto del que todavía no quiero dar detalles, solo adelantar que tiene que ver con todo esto de lo que hasta ahora he escrito: la música, por supuesto, las olas del mar y el hecho de enfrentar la soledad.

La soledad existe, evidentemente, y da miedo. Mal entendida, aunque con frecuencia es como se entiende, la soledad parece sinónimo de desamparo, de pérdida de conexión con el mundo. Eso es más bien, creo, la tristeza melancólica, inoperante, de la que habla Ragnar en su obra. Cuando se experimenta esa sensación de soledad aparenta ser eterna, como que nada va cambiar. En realidad, salvo extremas excepciones, es al contrario, no estamos solos. En primer lugar, puedes tener personas justo delante de ti que están sintiendo exactamente lo mismo que tú, pero tu soledad, que es más importante, te hace no acercarte a ellas. En segundo lugar, tienes a todo el universo que es uno mismo. Un sí mismo que se hace por lo demás con las otras personas

La soledad en negativo, así vista, se me presenta como una ilusión puramente mental, una estrategia más del ego que, para sentirse diferente y especial, afirma que es algo separado de las personas y el mundo todo, en una ecuación que parece tomar la forma de soledad= tristeza: "yo soy tristeza", parece decirnos el ego, "y nada va a cambiar", añade, con tono rígido y absoluto. Esa locura egoica, citando libremente a Aimee Mann en Wise up, "no se va a parar hasta que madures". Traducido de otro modo... hasta que te rindas.

Es una emoción más, a veces más intensa, otras más sutil. Y como toda emoción, la tristeza no es eterna a no ser que queramos que lo sea. En cualquier caso las emociones no se pueden negar y conviene, eso sí, dejarlas manifestarse, no rechazarlas de primera, abrazarlas si es posible, porque sí tiene un punto de realidad: vendrán, por supuesto, una y otra vez, para recordarnos dónde estamos, a qué nos estamos enfrentando o qué estamos evitando en nuestras vidas. Por cierto que la tristeza no es exclusiva, convive con muchas otras emociones e historias. Lo loco, neurótico, egoico o llámese como quiera, es perpetuarlas al creer que son parte fija de nuestra personalidad, cuando solo son tendencias.

De hecho, Ragnar posiblemente salió de la bañera tras los 64 minutos de grabación.




Las ciudades y el nombre



Después de visitar de nuevo Roma,
30 de septiembre de 2014


«Poco sabría decirte de Aglaura aparte de las cosas que los mismos habitantes de la ciudad repiten desde siempre: una serie de virtudes proverbiales, otros tantos proverbiales defectos, alguna bizarría, algún puntilloso homenaje a las reglas. Antiguos observadores, que no hay razón para no suponer veraces, atribuyeron a Aglaura su durable surtido de cualidades, confrontándolas por cierto con aquellas de otras ciudades de su tiempo. Ni la Aglaura que se dice ni la Aglaura que se ve han cambiado quizá mucho desde entonces, pero lo que era excéntrico se ha vuelto usual, extrañeza lo que pasaba por norma, y las virtudes y los defectos han perdido excelencia o desdoro en un concierto de virtudes y defectos diversamente distribuidos. En este sentido no hay nada de cierto en cuanto se dice de Aglaura, y, sin embargo, de ello surge una imagen sólida y compacta de ciudad, mientras menor consistencia alcanzan los dispersos juicios que se pueden enunciar viviendo en ella. El resultado es: la ciudad que dicen tiene mucho de aquello que se necesita para existir, mientras la ciudad que existe en su lugar existe menos.

Si por lo tanto quisiera describirte Aglaura ateniéndome a cuanto he visto y probado en persona, debería decirte que es una ciudad desteñida, sin carácter, puesta allí a la buena de Dios. Pero tampoco ni siquiera esto sería verdadero: a ciertas horas, en ciertos escorzos de calles, ves abrírsete la sospecha de algo inconfundible, de raro, acaso de magnífico; quisieras decir qué es, pero todo lo que se ha dicho de Aglaura hasta ahora aprisiona las palabras y te obliga a redecir antes que a decir.

Por eso los habitantes creen siempre habitar una Aglaura que crece solo con el nombre de Aglaura y no se dan cuenta de la Aglaura que crece en tierra. Y aun yo, que quisiera tener distantes en la memoria las dos ciudades, no puedo sino hablarte de una, porque el recuerdo de la otra, por falta de palabras para fijarlo, se ha dispersado.»



                                                                                            - ITALO CALVINO, Las ciudades invisibles -  



Soñar la vida


17 de agosto de 2014


Dos amigos se miran frente a frente, en silencio. Un momento sagrado.

Hay veces en que te despiertas y notas que estás atrapado haciendo uno con la cama, el sueño de esa noche ha sido especialmente denso y pegajoso, pareces estar en una tela de araña de la que no se puede escapar, igualito que en el video clip de Lullaby de The Cure. Otras veces, te despiertas y te levantas sin ningún tipo de problemas con una agradable sensación que al mismo tiempo lleva un cierto matiz de melancolía, un poco como esta canción -por cierto en la banda sonora de El Cambio- porque lo que has soñado ha sido tremendamente claro, como se dice también, lúcido. Ese sueño, que es suave, dulce, blando, se te ha quedado con la intensidad de un recuerdo, como cuando percibes un olor y te transporta a una sensación o experiencia vivida. Son sueños en los que incluso parece que te enamoras de alguien, donde descubres que quizá sientes algo por otra persona.

Puede pasar, sin embargo, que no te despiertes. Irías vagando entonces de sueño en sueño, sin volver nunca más a volver a eso que se llama vigilia o realidad. ¿Cómo sería eso? ¿Y si estamos dormidos? Este es el planteamiento de una película que vi hace algunos años llamada Waking Life, en español, Despertando a la vida. Hace poco, hablando con Manolo T., intentaba recordar cómo llegué hasta ella y la verdad es que no consigo hacerlo. Es una película de Richard Linklater, el de A Scanner Darkly, y posiblemente fue a través de esa última peli como me enteré de la existencia de Waking Life. Las dos películas están realizadas con una peculiar técnica, entre lo digital y lo artesanal, llamada rotoscopia, consistente en reemplazar los fotogramas de la grabación con actores y escenarios reales por dibujos calcados de los mismos fotogramas. Es decir, primero hay que hacer la peli y después digamos que dibujar sobre ella. El efecto que produce es el de inestabilidad, una realidad siempre cambiante, que en Scanner Darkly venía a cuento para recrear el estado alucinatorio que pueden producir algunas drogas y que en Waking Life, bueno, se acerca a esa situación aparentemente real pero inconstante que es el sueño.


El anónimo protagonista rotoscopiado, viendo una peli en un sueño...


En la película mientras un personaje está hablando su rostro puede estar continuamente transformándose -se le agrandan los ojos, cambia el color de la ropa, etc.-, cuando no la propia habitación donde tiene lugar la escena, con las paredes moviéndose sutil pero constantemente, o los objetos o el propio personaje flotan de repente... A veces, directamente se cambia a los dibujos animados puros y duros. Esta técnica permite así una libertad que nos remiten a situaciones muy "de sueño".  

Moviéndose en estos irreales escenarios, con una música de tango a lo Piazzola también muy cambiante, el chico que protagoniza la película se da cuenta que va pasando de un sueño a otro sin lograr despertarse. Soñando que sueña, va encontrándose con personajes de todo tipo que reflexionan sobre grandes temas existenciales, conceptos filosóficos de alta cultura que el chico intenta asimilar, simplemente escuchando. Son temas como el libre albedrío, el poder de la elección, la voluntad de Dios, el papel de la revolución, la falta de vida contra la abundancia de vida -¿cuál es la característica más universal de los humanos? ¿El miedo... o la pereza?- el ataque al sistema, la teoría contra la práctica, la evolución en la Tierra... son todos monólogos muy intelectuales, muy enrevesados incluso, que se le ofrecen al chico para intentar entender su situación. Más bien, la situación general, a través de lo que él está viviendo, de qué puede significar eso de realidad y estar vivo.


La sala de espera [Fuente: weheartit.com]


De hecho, me gusta que el chico no hable: parece que intenta solo comprender, sin intervenir. Hay un momento de la peli, en el que ya empieza a escuchársele la voz, que es cuando visita a unos tipos que le indican un poco cómo controlar los sueños. Sabiendo que estás soñando, le dicen, ellos pueden de algún modo pilotar los sueños y elegir lo que quieren hacer. Le dan trucos como por ejemplo encender y apagar luces eléctricas ¡eso no falla!, le aseguran. Solo que él lo hace en esa misma habitación y no funciona y de nuevo empieza a volar, es decir, está aún soñando. Como el protagonista le dice después a una chica con la que se cruza en los momentos finales, ya consciente de que no puede hacer nada para cambiar su situación: ¿qué se siente al saber que eres un personaje de un sueño? El encuentro final es por cierto con el propio director de la peli, Richard Linklater, lo cual destroza todavía más los límites entre realidad y ficción, personaje de la película y actor de sueños, es muy bonito, y aunque la peli se puede ver perfectamente a fragmentos, al carecer básicamente de linealidad, sí que hay una evolución del personaje y prefiero no desvelar esa conversación final para quien no haya visto esta extraña película.


La chica que quiere ser más humana


En un deseo de una vida más vivida, más auténtica, los sueños nos enseñan que no podemos controlar la realidad. Podemos vivir con esa ilusión, perfectamente. Por supuesto solo es eso. Una ilusión. Un sueño.

Feliz verano y felices sueños.

Ulises en el mástil



17 de julio de 2014


Una buena mañana, un hombre sale al balcón, a la terraza, de su espléndida casa situada a orillas del mar. Siente cómo su cara es refrescada por la brisa mientras escucha reconfortado el sonido de las olas del mar. Otro día perfecto, con todas las comodidades, con todas las seguridades. Y sin embargo, algo falla, ya hace tiempo que está fallando... pero esta vez decide no rechazarlo, no opta por hacer algo, cualquier cosa, con tal de distraerse y evitar así esa extraña punzada en el estómago -unos días, otros es una presión en el pecho que le impide respirar- que últimamente, desde hace unos años, le impide aferrarse a esa sensación tan agradable que proporcionan las olas y la brisa. Lo ha intentado, claro que sí, ha intentado apegarse a esas sensaciones placenteras y evitar su malestar interno. Hoy no quiere dejarlo pasar y escucha lo que se está moviendo. Una especie de nostalgia, una tristeza suave, no agresiva ni represora, que no le roba la energía, le habla esta mañana con más fuerza que las imperecederas brisas y olas, quizá incluso le habla con nueva voz a través de ella. Es un buen día para navegar. Es hora de volver a casa.



Ulises atado al mástil voluntariamente para oír el canto de las sirenas. Todo un reto.



Esta es más o menos la situación de partida de un libro que tengo asociado a las olas y la brisa, de las que afortunadamente disfruto normalmente los meses de verano... me refiero a la Odisea. Y es que en verano, me parece que como a tantos otros a la vista del mar, me da por recordar a su protagonista Ulises y la idea de viajar. Creo además que en general es un libro muy divertido. Vamos, un libro en su forma de aventuras. Pero, ¿por qué es buena la Odisea? Rememoro aquí las palabras de mi amigo Carlos P., cuando dice que cree que cualquier novela valiosa lo es porque tiene, al menos, un personaje valioso, y que si éste personaje nos parece valioso es porque su búsqueda, busque lo que busque, es al final la búsqueda de sí mismo. La búsqueda de nosotros mismos.

El viaje de Ulises es de hecho tan antiguo como el mundo, todos y todas en mayor o menor medida -cambio de casa, le voy decir a ella que la quiero, dejar un trabajo... de ahí en adelante- lo hemos hecho alguna vez, ese viaje motivado por una fuerte sensación de que ya nada es cómo era que nos incita a probar el cambio. Por eso, al final de todo, nos gusta: es el viaje por el que salimos de nuestras aguas seguras y conocidas que supondrá dejar atrás creencias que teníamos por verdades absolutas, compañías que considerábamos eternas, mecanismos de defensa que pensábamos en nuestro orgullo que eran implacables. Es la gran aventura, independientemente la forma que tome, la del descubrimiento de sí.

Hay muchos ejemplos de esto en el libro, pero uno se me presentó especialmente claro a raíz de practicar una herramienta muy útil para conocernos un poquito mejor, la meditación. Aquí ves claramente el juego de la mente de intentar escapar de lo que es, de buscarse distracciones para no comprometerse con la realidad de lo que está pasando y de lo que está pasándote. Como dice una experta en esto de la meditación, porque precisamente se ha frustrado muchas veces con ella, la monja Pema Chödrönmeditar tiene que ver con abrirse y relajarse con lo que surja, sin escoger ni elegir. No está diseñada ni para reprimir nada ni para predisponerse al apego. 



Pema Chödrön


Se me ocurrió hace poco en fin que lo que hace Ulises en el mástil del barco escuchando a las tentadoras sirenas es como una meditación, donde te asaltan todos tus demonios. Las sirenas, como las voces de la mente, tramposa y comodona, nos dicen "sal de ahí", "huye a la búsqueda de placer", "escapa del sufrimiento" y todo eso que suele decir cuando meditas... además de "me duele el codo", "se me ha quedado dormida la pierna" o "me pica la nariz".

Explorar y explorarnos, porque somos el mundo: una transformación de nuestro mundo requiere previamente la propia transformación. No es casual que el autor de esta última frase, Antonio Pacheco, empiece su libro Ego, esencia y transformación con un capítulo titulado "El Viaje" en el que precisamente habla de Ulises:

La travesía es a menudo dolorosa, llena de obstáculos y dificultades, como las que tuvo que vivir Ulises, primero combatiendo en la guerra de Troya, que podemos tomar como un símil de la batalla de la vida, y después en su viaje de regreso a Ítaca, como metáfora del viaje interior, necesario para llegar a nuestro verdadero hogar y habitar nuestra vida en nuestro cuerpo. El viaje no está exento de dificultades: a nuestras batallas interiores se suman las que suponen afrontar la realidad  de las experiencias imprevisibles que la vida nos depara. El camino de la conciencia nos conduce a recuperar el contacto con nuestro ser esencial, necesario para encontrar un sentido a nuestra existencia. No en vano, se ha llamado el viaje del héroe.

Confieso que este primer capítulo, incluido su título, hicieron que el libro de Antonio Pacheco me gustara casi más que la Odisea. Es un libro de trabajo sobre sí a través de técnicas psicocorporales, donde también se habla de meditación, para leer despacio, confiando, explorándolo también, aunque de primera puede que no nos llegue todo lo que dice -a mí me pasó-, un libro vivencial del que me alegro poder hablar en este blog. Una invitación pues a sentarnos con él, estéis en el punto que estéis

Así, poco a poco, conociéndonos mejor, se hace más grácil el regreso a casa.








El descubrimiento de la lentitud


16 de junio de 2014


«John Franklin tenía diez años y seguía siendo tan lento que no era capaz de coger ni una pelota. Siempre le tocaba sujetar para los demás la cuerda, que desde la rama más baja del árbol se prolongaba hasta su mano levantada. La sujetaba tan bien como el propio árbol, sin bajar el brazo lo más mínimo hasta que terminaba el juego. No había en Spilsby ni en todo Lincolnshire otro chico más capacitado a la hora de sujetar la cuerda. Desde la ventana del ayuntamiento, el escribiente observaba con gesto de aprobación.
Quizá no hubiera en toda Inglaterra nadie que pudiera permanecer de pie una hora entera o más sujetando una cuerda.»

Con estas palabras comienza el libro que da título a esta entrada, El Descubrimiento de la Lentitud, del alemán Sten NadolnySu protagonista, John Franklin, es un personaje real que ha pasado a la historia por ser el gran explorador del Ártico. Este marinero británico que vivió entre el siglo XVIII y XIX, que recorrió el globo desde Australia hasta el Polo Norte, que estuvo en escenarios claves como Trafalgar y conoció a personajes no menos importantes como el capitán James Cooke, poseía no obstante, según la novela de Nadolny, la particularidad, para la percepción del tiempo de las personas digamos normales, la particularidad decía de ser un hombre demasiado lento. John Franklin necesita tiempo para entender lo que le está diciendo la gente, responder adecuadamente a la diversidad de estímulos del ente social, al tiempo que puede quedarse contemplando una hoja de un árbol hasta que ésta caiga, sin importarle el tiempo que se necesita para observar este fenómeno. Necesita tiempo para captar el instante, para ver lo que realmente está pasando.


La cosa estriba en que los hábiles intentan constantemente cambiar lo poco que conocen del mundo. Un día descubrirán el mundo, en vez de mejorarlo, y ya no olvidarán lo que descubran. Efectivamente, John no es lo que socialmente se entiende como alguien hábil, o perspicaz, incluso ni siquiera parece inteligente. En sus viajes, aprendiendo a conocerse, John va a su vez reconociendo cómo su lentitud  -que equivalía a una instrucción espiritual- contiene en sí la rara virtud de la paciencia, una paciencia que gradualmente le irá acercando a la paz de espíritu. Sus conversaciones con el pintor expedicionario William Westall, una especie de discípulo no reconocido de Turner y precursor de los impresionistas que no desea representar en sus cuadros lo que se entiende por realidad, le van a hacer definitivamente dudar de los fenómenos aparentes y le van a confirmar que lo que él verdaderamente busca es lo permanente, lo esencial del mundo cambiante de los sentidos y las charlas del ego humano.



La lentitud, la paciencia, el pararse... puesto en negativo, el no acelerarse, no precipitarse, no exagerar en la interacción, no adelantar acontecimientos pensando que ya todo lo sabemos... el conocimiento de un nuevo lenguaje, el sensorial, más lento que el de la máquina hablada, que compartirá John con una mujer... son todo ello procesos vitales para poder con realismo disfrutar con cada una de las experiencias que vivimos. En sus viajes por Tasmania, John se reencuentra con un compañero de juventud, Sherard Lound, que a los ojos de los médicos ha perdido la razón, no reconoce ni habla a nadie y se hace llamar John Franklin. Curiosamente, muestra más vitalidad que muchas de las personas cuerdas. A estas observaciones, John responde que su viejo amigo quizá haya encontrado el presente.

John vive el cambio que supone para la cultura europea la llegada del positivista -que no positivo- siglo XIX, una época en la que relojes y personas se habían vuelto más exactos: John lo habría dado por bueno si ello hubiera significado también calma y mesura. Pero notaba en todas partes que faltaba tiempo y se iba con prisas; un periodo, dice él, en el que se había puesto de moda la frase ¡no tengo tiempo! Esta situación de excesiva rapidez moverán a John a embarcarse en la búsqueda de para él la última frontera, el Polo Norte: mar abierto y un tiempo sin horas ni días.

Comparto de manera vivencial la idea que Nadolny pone en boca de John Franklin de que los descubrimientos -todos, no solo los geográficos, sino sobre todo los personales- tienen en común el hecho de observar las cosas muy despacio: esto es el descubrimiento pacífico y paulatino del mundo y de los hombres. A mí, que tradicionalmente me considero una persona más bien rapidita, como en general lo es nuestra cultura -no soy tan especial-, el recuerdo constante de la experiencia de la lentitud me libera.

La persona que me recomendó y regaló este libro vive ahora en otras latitudes, otros mares, una región que se corresponde con lo que antiguamente se conocía en los mapas como los mares del Sur. A ella le dedico especialmente esta entrada: le doy unas gracias que llevan el gusto de la eternidad. Y a todos y todas, la invitación a descubrir, con John si queréis, la lentitud.

De vez en cuando, hace falta navegar.